El clis de sol - Manuel González Zeledón (Magón)


Manuel González Zeledón (Magón), Costa Rica 1866-1936.
Comenzó su carrera en el periódico La Patria. Fundó con otros escritores el periódico El País.
Fue embajador de Costa Rica en Washington desde 1932 hasta 1936, ano de su fallecimento.
En 1953 la Asamblea Legislativa de Costa Rica lo designó como Benemérito de las Letra Patrias.
El cuento "El clis del sol" —que se puede leer más abajo— muestra característica que tuvo el pueblo costarricense campesino.


El clis del sol

No es cuento, es una historia que sale de mi pluma como ha ido brotando de los labios de ñor Cornelio Cacheda, que es un buen amigo de tantos como tengo por esos campos de Dios. Me la refirió hará cinco meses, y tanto me sorprendió la maravilla el no comunicarla para que los sabios y los observadores estudien el caso con el detenimiento que se merece.
Podría tal vez entrar en un análisis serio del asunto, pero me reservo para cuando haya oído las opiniones de mis lectores. Va, pues, monda y lironda, la consabida maravilla.
Nor Cornelio vino a verme y trajo consigo un par de niñas de dos años y medio de edad, como nacidas de una sola "camada" como él dice, llamadas María de los Dolores y María del Pilar, ambas rubias como una espiga, blancas y rosadas como durazno maduro y lindas como si fueran "imágenes", según la expresión de ñor Cornelio. Contrastaban la belleza infantil de las gemelas con la sincera incorrección de los rasgos fisionómicos de ñor Cornelio, feo si los hay, moreno subido y tosco hasta lo sucio de las uñas y lo rajado de los talones. Naturalmente se me ocurrió en el acto preguntarle por el progenitor feliz de aquel par de boquirrubias. El viejo se chilló de orgullo, retorció la jetaza de pejibaye rayado, se limpió las babas con el revés de la peluda mano y contestó:
—¡Pos yo soy el tata, más que sea feo el decilo! No se parecen a yo, pero es que la mama no es tan pior, y pal gran poder de mi Dios no hay nada imposible.
—Pero dígame, ñor Cornelio, ¿su mujer es rubia, o alguno de los abuelos era así como las chiquitas?
—No, señor; en toda la familia no ha habido ninguno gato ni canelo; todos hemos sido acholaos.
—Y entonces, ¿cómo se explica usted que las niñas hayan nacido con ese pelo y esos colores?
El viejo soltó una estrepitosa carcajada, se enjarró y me lanzó una mirada de soberano desdén.
—¿De qué se ríe, ñor Cornelio?
—¿Pos no había de rirme, don Magón, cuando veo que un probe inorante como yo, un campiruso pion, sabe más que un hombre como usté que todos dicen qu'es tan sabido, tan leído y que hasta hace leyes onde el Presidente con los menistros?
—A ver, explíqueme eso.
—Hora verá lo que jue.
Nor Cornelio sacó de las alforjas un buen pedazo de sobado, dio un trozo a cada chiquilla, arrimó un taburete, en el que se dejó caer satisfecho de su próximo triunfo, se sonó estrepitosamente las narices, tapando cada una de las ventanas con el índice respectivo, restregó con la planta de la pataza derecha limpiando el piso, se enjugó con el revés de la chaqueta y principió su explicación en estos términos:
—Usté sabe que hora en marzo hizo tres años que hubo un clis de sol en que se oscureció el sol en todo el medio; bueno, pues, como unos veinte días antes Lina, mi mujer, salió habelitada de esas chiquillas. Dende ese entonces le cogió un desasosiego tan grande que aquello era cajeta: no había cómo atajala, se salía de la casa de día y de noche, siempre ispiando pal cielo; se iba al solar, a la quebrada, al charralillo del cerco, y siempre con aquel capricho y aquel mal que no había descanso ni más remedio que dejala a gusto. Ella había sido siempre muy antojada en todos los partos. Vea, cuando nació el mayor jue lo mesmo; con que una noche me dispertó tarde de la noche y m'hizo ir a buscarle cojoyos de cirgüelo macho. Pior era que juera a nacer la criatura con la boca abierta. Le truje los cojoyos; endespués otros antojos, pero nunca la llegué a ver tan desasosegada como con estas chiquitas. Pos hora verá, como l'iba diciendo, le cogió por ver pal cielo día y noche, y el día del clis de sol, qu'estaba yo en la montaña apiando un palo pa un eleje, es qu'estuvo ispiando el sol en el breñalillo del cerco dende buena mañana.
Pa no cansalo con el cuento, así siguió hasta que nacieron las muchachitas estas. No le niego que a yo se m'hizo cuesta arriba el velas tan canelas y tan gatas, pero dende entonces parece que hubieran traído la bendición de Dios. La mestra me las quiere y les cuece la ropa, el Político les da sus cincos, el Cura me las pide pa paralas con naguas de puros linoses y antejuelas en el altar pal Corpus y, pa los días de la Semana Santa, las sacan en la procesión arrimadas al Nazareno y al Santo Sepulcro; pa la Nochebuena las mudan con muy bonitos vestidos y las ponen en el portal junto a las Tres Divinas. Y todos los costos son de bolsa de los mantenedores, y siempre les dan su medio escudo, gu bien su papel de a peso gu otra buena regalía. ¡Bendito sea mi Dios que las jue a sacar pa su servicio de un tata tan feo como yo...! Lina hasta que está culeca con sus chiquillas, y dionde que aguanta que no se las alabancén. Ya ha tenido sus buenos pleitos con curtidas del vecindario por las malvadas gatas.
Interrumpí a ñor Cornelio temeroso de que el panegírico no tuviera fin, y lo hice volver al carril abandonado.
—Bien, ¿pero idiái?
—¿Idiái qué? ¿Pos no ve que jue por haber ispiao la mama el clis de sol por lo que son canelas? ¿Usté no sabía eso?
—No lo sabía, y me sorprende que usted lo hubiera adivinado sin tener ninguna instrucción.
—Pa qué engañalo, don Magón. Yo no juí el que adevinó el busiles. ¿Usté conoce a un mestro italiano que hizo la torre de la iglesia de la villa: un hombre gato, pelo colorao, muy blanco y muy macizo que come en casa dende hace cuatro años?
—No, ñor Cornelio.
—Pos él jue el que m'explicó la cosa del clis de sol.

La pelota - Felisberto Hernández


Felisberto Hernández nació en Montevideo, Uruguay, en 1902. Falleció en la misma ciudad en el año 1964.
Fue músico y compositor. Dio conciertos de piano en Argentina, Brasil y Uruguay. Pero también fue un notable escritor de literatura fantástica.
Su obra: Fulano de Tal, Libro sin tapas, La cara de Ana, La envenenada, Por los tiempos de Clemente Colling, El Caballo perdido, Nadie encendía las lámparas, Las hortensias, Explicación falsa de mis cuentos, La casa inundada, El cocodrilo, Tierras de la memoria, Diario de un sinvergüenza.

La pelota

Cuando yo tenía ocho años pasé una larga temporada con mi abuela en una casita pobre. Una tarde le pedí muchas veces una pelota de varios colores que yo veía a cada momento en el almacén. Al principio mi abuela me dijo que no podía comprármela, y que no la cargoseara; después amenazó con pegarme; pero al rato y desde la puerta de la casita – pronto para correr – yo le volví a pedir que me comprara la pelota. Pasaron unos instantes y cuando ella se levantó de la máquina de donde cocía, yo salí corriendo. Sin embargo ella no me persiguió: empezó a revolver un baúl y a sacar trapos. Cuando me di cuenta que quería hacer una pelota de trapo, me vino mucho fastidio. Jamás esa pelota sería como la del almacén. Mientras ella la forraba y le daba puntadas, me decía que no podía comprar la otra y que no había más remedio que conformarse con ésta. Lo malo era que ella me decía que la de trapo sería más linda; era eso lo que me hacía rabiar. Cuando la estaba terminando, vi cómo ella la redondeaba, tuve un instante de sorpresa y sin querer hice una sonrisa; pero enseguida me volví a encaprichar. Al tirarla contra el patio el trapo blanco del forro se ensució de tierra; yo la sacudía y la pelota perdía la forma: me daba angustia de verla tan fea; aquello no era una pelota; yo tenía la ilusión de la otra y empecé a rabiar de nuevo. Después de haberle dado las más furiosas patadas me encontré con que la pelota hacía movimientos por su cuenta: tomaba direcciones e iba a lugares que no eran los que yo imaginaba; tenía un poco de voluntad propia y parecía un animalito; le venían caprichos que me hacían pensar que ella tampoco tendría ganas de que yo jugara con ella. A veces se achataba y corría con una dificultad ridícula; de pronto parecía que iba a parar, pero después resolvía dar dos o tres vueltas más. En una de las veces que le pegué con todas mis fuerzas, no tomó dirección ninguna y quedó dando vueltas a una velocidad vertiginosa. Quise que eso se repitiera pero no lo conseguí. Cuando me cansé, se me ocurrió que aquel era un juego muy bobo; casi todo el trabajo lo tenía que hacer yo; pegarle a la pelota era lindo; pero después uno se cansaba de ir a buscarla a cada momento. Entonces la abandoné en la mitad del patio. Después volví a pensar en la del almacén y a pedirle a mi abuela que me la comprara. Ella volvió a negármela pero me mandó a comprar dulce de membrillo (cuando era día de fiesta o estábamos tristes, comíamos dulce de membrillo). En el momento de cruzar el patio para ir al almacén, vi la pelota tan tranquila que me tentó y quise pegarle una patada bien en el medio y bien fuerte; para conseguirlo tuve que ensayarlo varias veces. Como yo iba al almacén, mi abuela me la quitó y me dijo que me la daría cuando volviera. En el almacén no quise mirar la otra, aunque sentía que ella me miraba a mi con sus colores fuertes. Después que nos comimos el dulce yo empecé de nuevo a desear la pelota que mi abuela me había quitado; pero cuando me la dio y jugué de nuevo me aburrí muy pronto. Entonces decidí ponerla en el portón y cuando pasara uno por la calle tirarle un pelotazo. Esperé sentado encima de ella. No pasó nadie. Al rato me paré para seguir jugando y al mirarla la encontré más ridícula que nunca: había quedado chata como una torta. Al principio me hizo gracia y me la ponía en la cabeza, la tiraba al suelo para sentir el ruido sordo que hacía al caer contra el piso de tierra y por último la hacía correr de costado como si fuera una rueda.
Cuando me volvió el cansancio y la angustia le fui a decir a mi abuela que aquello no era una pelota, que era una torta y que si ella no me compraba la del almacén yo me moriría de tristeza. Ella se empezó a reír y a hacer saltar su gran barriga. Entonces yo puse mi cabeza en su abdomen y sin sacarla de allí me senté en una silla que mi abuela me arrimó. La barriga era como una gran pelota caliente que subía y bajaba con la respiración. Y después yo me fui quedando dormido.

El Cholo que se vengó - Demetrio Aguilera Malta


Demetrio Aguilera Malta
nació en Guayaquil, Ecuador, en 1909.
Fue e
scritor, dramaturgo, cineasta, periodista y pintor.
Murió en México en 1981.
Obra: Los que se van, cuentos del cholo y del montuvio, Canal Zone, ¡Madrid!,Don Goyo, La isla virgen, Siete lunas y siete serpientes, La caballeresa del sol, El Quijote de El Dorado, Un nuevo mar para el rey, Una cruz en Sierra Maestra, El secuestro del general.
En teatro: Lázaro, Muerte S.A. o Infierno negro, El tigre.


El Cholo que se vengó

—Tei amao como naide ¿sabés vos? Por ti mei hecho marinero y hei viajao por otras tierras… Por ti hei estao a punto a ser criminal y hasta hei abandonao a mi pobrev vieja: por ti que me habís engañao y te habís burlao e mí… Pero mei vengao: todo lo que te pasó ya lo sabía yo dende antes. ¡Por eso te dejé ir con ese borracho que hoi te alimenta con golpes a vos y a tus hijos!
La playa se cubría de espuma. Allí el mar azotaba con furor. Y las olas enormes caían, como peces multicolores sobre las piedras. Andrea la escuchaba en silencio.
—Si hubiera sío otro… ¡Ah! … Lo hubiera desafiado ar machete a Andrés y lo hubiera matao … Pero no. Er no tenía la curpa. La única curpable eras vos que me habías engañao. Y tú eras la única que debía sufrir así como hei sufrío yo…
Una ola como raya inmensa y transparente cayó a sus pies interrumpiéndole. El mar lanzaba gritos ensordecedores. Para oír a Melquiades ella había tenido que acercársele mucho. Por otra parte el frío…
—¿Te acordás de cómo pasó? Yo, lo mesmo quesi juera ayer. Tábamos chicos; nos habíamos criao juntitos. Tenía que ser lo que jué. ¿Te acordás? Nos palabriamos, nos íbamos a casar … De repente me llaman pa trabajá en la barsa e don Guayamabe. Y yo, que quería plata, me juí. Tú hasta lloraste creo.
Pasó un mes. Yo andaba por er Guayas, con una madera, contento de regresar pronto… Y entonce me lo dijo er Badulaque: vos te habías largao con Andrés. No se sabía e ti. ¿Te acordás?
El frío era más fuerte. La tarde más oscura. El mar empezaba calmarse. Las olas llegaban a desmayar suavemente en la orilla. A lo lejos asomaba una vela de balandra.
—Sentí pena y coraje. Hubiera querido matarlo a ér. Pero después vi que lo mejor era vengarme: yo conocía a Andrés. Sabía que con ér solo te esperaban er palo y la miseria. Así que er sería mejor quien me vengaría… ¿Después? Hei trabajao mucho, muchisísimo. Nuei querido saber más de vos. Hei visitao muchas ciudades: hei conocío muchas mujeres. Sólo hace un mes me ije: ¡andá a ver tu obra!
El sol se oculta tras los manglares verdinegros. Sus rayos fantásticos danzaban sobre el cuerpo de la chola dándole colores raros. Las piedras parecían coger vida. El mar se dijera una llanura de flores policromas.
—Tei hallao cambiada ¿sabés vos? Estás fea; estás flaca, andás sucia. Ya no vales pa nada. Sólo tienes que sufrir viendo cómo te hubiera ido conmigo y cómo estás ahora ¿sabés vos? Y andavete que ya tu marido ha destar esperando la merienda, andavete que sinó tendrás hoi una paliza…
La vela de la balandra crecía. Unos alcatraces cruzaban lentamente por el cielo. El mar estaba tranquilo y callado y una sonrisa extraña plegaba los labios del cholo que se vengó.

La mejor Limosna - Froilán Turcios


Froilán Turcios. Escritor hondureño (1875-1943).
Fue ministro de Estado y diplomático.
Dirigió revistas literarias como Ariel y Esfinge. Inscrito en la huella del modernismo, publicó libros en verso y prosa.
Obras: Mariposas, Renglones, Tierra materna, Annabel Lee, El vampiro, El fantasma blanco, Hojas de otoño, Cuentos del amor y de la muerte, Prosas nuevas y Páginas de ayer.

La mejor limosna
I
Horrendo espanto produjo en la región el mísero leproso. Apareció súbitamente, calcinado y carcomido, envuelto en sus harapos húmedos de sangre, con su ácido olor a podredumbre. Rechazado a latigazos de las aldeas y viviendas campesinas; perseguido brutalmente como perro hidrófobo por jaurías de crueles muchachos; arrastrábase moribundo de hambre y de sed, bajo los soles de fuego, sobre los ardientes arenales, con los podridos pies llenos de gusanos. Así anduvo meses y meses, vil carroña humana, hartándose de estiércoles y abrevando en los fangales de los cerdos; cada día más horrible, más execrable, más ignominioso.


II
El siniestro manco Mena, recién salido de la cárcel donde purgó su vigésimo asesinato, constituía otro motivo de terror en la comarca, azotada de pronto por furiosos temporales. Llovía sin cesar a torrentes; frenéticos huracanes barrían los platanares y las olas atlánticas reventaban sobre la playa con frenéticos estruendos. En una de aquellas pavorosas noches el temible criminal leía en su cuarto, a la luz de la lámpara, un viejo libro de trágicas aventuras, cuando sonaron en su puerta tres violentos golpes. De un puntapié zafó la gruesa tranca, apareciendo en el umbral con el pesado revólver a la diestra. En la faja de claridad que se alargó hacia afuera vio al leproso destilando cieno, con los ojos como ascuas en las cuencas áridas, el mentón en carne viva, las manos implorantes. —¡Una limosna! —gritó—. ¡Tengo hambre! ¡Me muero de hambre! Sobrehumana piedad asaltó el corazón del bandolero. —¡Tengo hambre! ¡Me muero de hambre! El manco lo tendió muerto de un tiro exclamando: —Esta es la mejor limosna que puedo darte.

La batalla - Lobodón Garra


Liborio Justo
, escritor y teórico argentino, conocido con los seudónimos Quebracho y Lobodón Garra.
Nacido en 1902 y fallecido en 2003.
Hijo de Agustín P. Justo, presidente de la Argentina entre 1932 y 1938.
Su obra: Prontuario, Río Abajo —fuente de inspiración del film El sueño del perro (2007)—, del cineasta argentino Paulo Pécora. Nuestra patria vasalla, Bolivia: La revolución derrotada, Pampas y lanzas, Estrategia revolucionaria y La tierra maldita, colección de cuentos con ambiente patagónico.

La batalla

Serían las diez de la mañana, de uno de los últimos días de octubre, cuando una goleta soltó amarras del muelle fiscal de Punta Arenas, alejándose bien pronto entre el balanceo de las olas. Fácilmente podía distinguirse la silueta de cuatro hombres que se movían sobre la cubierta. Los dos que habían ido a despedirlos, regresaron sin volver la cabeza hasta desaparecer entre las primeras casas de las calles bajas. Sobre el horizonte del Estrecho la goleta se perdió, al rato, en el fondo montañoso y obscuro. Eran loberos que salían a dar una "paliza" en las roquerías del Sur, sobre el Pacífico, cerca del Cabo de Hornos, último refugio, casi inaccesible, de los lobos de dos pelos.
Toda la tarde; acompañada del monótono golpeteo de las explosiones del motor, la goleta fue surcando las aguas obscuras, frías y, ese día, relativamente tranquilas del Estrecho. A lo lejos se divisaban las costas que cerraban el círculo del horizonte. Al frente el Monte Sarmiento vigilaba la marcha tras una corona de nubes negras. Sobre cubierta los cuatro hombres permanecían mudos y hoscos como el ambiente. Casi todos eran marinos desertados de los buques que hacían la travesía para el Pacífico. Se habían conocido en un cafetín de Punta Arenas, cerca del puerto, y, entre copa y copa, habían resuelto salir a lobear en cuanto el tiempo lo permitiera. Reunieron una bolsa común para costear los gastos y comprar los víveres, como hacían todos, y se lanzaron. Más que el deseo de ganancias, los impulsaba la misma e irresistible ansia de aventuras, que había hecho y haría de ellos eternos vagabundos. Sabían todo el riesgo que significaba una "paliza" en las roquerías del Cabo, de donde tantos no habían vuelto, pero para ellos ese era, tal vez, el mayor acicate que los impulsaba a partir en busca del peligro. Y allí iban todos juntos, compañeros momentáneos, que mañana se separarían con la misma indiferencia con que el destino los había reunido.
Al atardecer dejaron el Estrecho, penetrando en el Magdalena Sound, que separa las grandes islas Dawson y Clarence. Iban internándose en la impresionante soledad de los canales. hacía mucho frío y empezaba a soplar el viento del Oeste. Las costas montañosas se estrechaban mostrando los tupidos montes de hayas y robles en sus flancos que caían a plomo sobre el agua. Todo se iba llenando de sombras. De tanto en tanto, como bocas abiertas a los desconocido, cruzaban frente a la entrada de caletas profundas y obscuras. En el fondo de una ensenada alcanzaron a divisar la escotadura del canal Gabriel, que conduce al Seno del Almirantazgo. Todo estaba impregnado de silencio y tristeza. Ya era tarde cuando fondearon en un resguardo de la costa para pasar la noche.
Al día siguiente, bien temprano, siguieron la marcha. Estaba nublado y soplaba fuerte viento del Oeste que los sacudió, mojándolos con la espuma de las olas, apenas dejaron su refugio nocturno. Siguieron hacia el Sur cruzando frente a los grandes ventisqueros que se deslizan por las faldas del Monte Sarmiento. Las costas inhospitalarias, revestidas por la selva verde obscura, iban cada vez más estrechándolos en su abrazo. Petreles y albatros surcaban el espacio dominando las rachas con la majestuosa serenidad de su vuelo. Algunas toninas seguían saltando sobre el agua a ambos costados y a proa.
Doblaron el cabo Turn entrando en el canal de Cockburn. A medida que avanzaban, los montes de hayas eran más escasos y achaparrados sobre las costas acantiladas que ya mostraban, de trecho en trecho, la negra superficie de las rocas peladas y musgosas que destilaban la humedad de las brumas y las lluvias permanentes.
A medio día una espesa neblina invadió los canales impidiéndoles ver a corta distancia. Una nieve fina, en ligeros copos que se derretían al caer, empezó su silencioso e interminable descenso. Tiritando y a tientas tuvieron que refugiarse en la costa.
Volvieron a partir al día siguiente en que amaneció nublado, aunque con visibilidad clara. Avanzaban recostándose sobre la orilla donde el cachiyuyo afloraba en grandes manchas verdosas, señalándoles los malos pasos y las rocas ocultas. Las olas hacíanse cada vez más grandes y má profundas anunciando la proximidad del océano. Rachas de viento del Oeste, que ya soplaba casi sin obstáculos, los azotaban violentamente. las costas abruptas y desoladas apenas mostraban una vegetación raquítica, que sólo podía crecer en las grietas y hendiduras resguardadas del viento.
Estaban realmente en medio de las salvajes soledades de Tierra del Fuego, las más desoladas y agrestes de la tierra. por allí entraron, viniendo desde el Pacífico, los navegantes que las han pintado con tan tétricos colores; y por ahí también pasó Darwin, a bordo de la "Beagle", y les dio el nombre que se extendió luego a toda la Patagonia: "Tierra maldita". ¡La tierra maldita!
A medio día alcanzaron a divisar el horizonte del océano por un abra entre dos acantilados. Las rocas negras de las costas escarpadas chorreaban agua sobre su superficie lustrosa. Nubes obscuras y bajas, que cubrían a cien metros sobre el mar la cúspide de las cadenas de montañas, parecían querer aplastarlos, bajo su peso. El viento soplaba cada vez con más fuerza.
Así entraron en el paso del Breaknock siguiendo el balanceo de las inmensas olas del Pacífico. Afuera, sobre el horizonte del mar, los islotes Furias les daban el espectáculo de sus salvajes rompientes, donde llegan a deshacerse las olas que han marchado desde Australia sin encontrar ningún obstáculo en su camino.
Después de varias horas de navegación entre las aguas amenazantes, la goleta entró al resguardo de la isla Camden siguiendo por el canal Darwin, apenas alcanzado nuevamente en Bahía Desolación por el oleaje del océano. Un verdadero semillero de islotes abruptos y sin vegetación los rodeaba. Todo parecía indicarles que iban entrando en los umbrales sombríos de un fantástico mundo destrozado y en ruinas.
Enfilaron al canal de Beagle; unos tras otros iban dejando los hermosos ventisqueros de reflejos celestes que desde las altas cimas extendían su blancura hasta el agua profunda y negra.
Recién dos días después, dando vuelta a la isla Pasteur, en medio de fuertes chubascos, divisaron otra vez las aguas del Pacífico. Allí se arrimaron a la costa y, al abrigo del viento, fondearon a la espera de buen tiempo. Una continua nevada, que emblanqueció los montes de hayas raquíticas y retorcidas por los vendavales, los detuvo varios días.
Un domingo de madrugada resolvieron continuar. Alistaron sus míseros elementos y zarparon. había mar de fondo y las inmensas olas levantaban la goleta sobre sus crestas para dejarla caer en seguida entre verdaderas paredes de agua. Soplaba viento del Sudoeste con cielo siempre nublado.
Fueron alejándose de la costa hacia el horizonte del mar abierto. A lo lejos surgía el perfil, apenas perceptible de los peñascos sombríos donde el océano se estrellaba con fragor salvaje. Eran las roquerías de los lobos de dos pelos.
Serían las diez de la mañana cuando avistaron una meseta, casi plana, de rocas peladas, negras y musgosas que el mar cubría en la alta marea, la gigantesca marea patagónica, que allí alcanzaba a más de quince metros. En medio de la desolación del océano, su aspecto era realmente fúnebre e impresionante.
Se acercaron a sotavento esquivando las rompientes. En una estrecha hendidura pudieron desembarcar, no sin dificultad. A la distancia, entre el ruido del agua, empezaron a oir el bramido de los lobos, que semejaba un trueno lejano. El viento traía el penetrante olor de los animales, que llega a veces a grandes distancias. Amarraron la goleta, cargaron los elementos y, siguiendo por la orilla, marcharon rapidamente para tener tiempo de terminar antes que volviera a subir la marea.
El mugido era cada vez más cercano. Seguían avanzando con precaución. Al rato avistaron una enorme manada como de mil cabezas, que destacaba su color pardo obscuro sobre las rocas negras. Sería una espléndida cacería. Marcharon agazapándose para evitar que los lobos notaran su presencia.
Cuando estuvieron cerca examinaron el terreno cuidadosamente. Después de demorar un rato en observaciones, los hombres se reunieron para combinar el plan de ataque. El ruido del agua y el silbido del viento en las aristas de las piedras los obligaban a hablar casi a los gritos. Había dos despeñaderos, por donde los lobos habían subido, separados por algunos peñascos a bastante distancia. Se dividieron en dos bandas para cubrirlos.
Un último trago de aguardiente y sin decir una palabra, dos de ellos cargaron los palos y se alejaron.
Cuando los que quedaron calcularon que los otros habían llegado a su destino, empezaron a avanzar hacia los lobos que se hacían oir ruidosamente, cubriendo una inmensa extensión de las rocas. A medida que se acercaban, levantando en alto sus cabezas, los animales los observaban con desconfianza. Los gruñidos se acentuaron en un momento de indecisión. Hasta que, por fin, comenzaron a lanzarse hacia el agua por los despeñaderos donde los cuatro hombres los esperaban cortándoles la retirada.
Estaba nublado, pero fácilmente podía notarse que aun no era mediodía. Hacía frío y las nubes, acumulándose en el Sur, amenazaban tormenta. A centenares de kilómetros de todo punto habitado, sobre unos peñascos abruptos perdidos en el océano en un extremo del mundo, sin testigos ni posible socorro, cuatro hombres, cuatro puntos en el salvaje paisaje de la Tierra del Fuego., iban a luchar con centenares de animales ariscos, embravecidos, que tratarían de ganar su elemento, atropellando ciega y brutalmente contra todo. La gran batalla comenzaba.
Fue un alucha furiosa, sangrienta, entre el gruñir de las bestias y el jadear de los hombres. Los loberos, sin mirarse, repartían golpes, sobre los animales que se apretujaban deslizándose hacia abajo, como un torrente, sobre la superficie lisa de las rocas musgosas. La sangre corría por las resquebrajaduras en hilos que se engrosaban hacia el mar, que rompía atrás entre penachos de espuma. Los golpes sonaban secamente sobre las cabezas erguidas y amenazantes. Apoyándose torpemente en sus aletas, los lobos se empujaban como una tropa de vacas perseguidas. Los hombres se destacaban entre ellos como islotes, tratando de contener la avalancha. Cuando algún lobo caía, los otros le pasaban por encima aplastándolo y, muchas veces, lo arrastraban hasta las rompientes.
En el despeñadero más cercano sonó un grito, un salvaje grito de angustia. El hombre que lo oyó comprendió sin darse vuelta. Siguió sus tarea mientras la manada continuaba pasando. Pero más libre ya el camino, los lobos pudieron avanzar con mayor rapidez. Hasta el último momento el hombre no pudo abandonar la lucha a riesgo de su propia vida.
Todo apenas había durado menos de un cuarto de hora. Sobre la negra superficie de las rocas quedaba un tendal de animales caídos, muchos de los cuales se agitaban en la agonía. Jadeante aún, el hombre observó a su alrededor sin dejar de echar una mirada a las rompientes que de cuando en cuando lo salpicaban. Luego, sin contar los cadáveres, marchó en busca de los compañeros que habían ido a cortar el paso en el despeñadero más lejano.
En seguida llegó. Había algunos animales muertos y , aunque al principio no vio a nadie, pronto descubrió a uno caído en una grieta inmóvil y cubierto de sangre. Se veía que la manada le había pasado por encima. Se acercó y comprobó que aún respiraba.
En busca del otro se encaminó hacia el lugar donde había dejado la goleta. Aceleró su marcha todo lo que le fue posible. Tampoco estaba allí. Vio, sin embargo, que la barca había roto las amarras y alcanzó a distinguirla más lejos, destrozada entre las rocas, dejando en descubierto solo una parte de la proa entre el balanceo del mar.
Volvió sobre sus pasos. Llegó otra vez al despeñadero donde quedaba el tendal de lobos muertos, que miró indiferente. Siguió su camino entre las piedras. Llamó. Gritó. Se acercó nuevamente al caído. Había cesado de respirar. Dejó caer su cabeza que hizo un ruido seco contra el suelo. Hincado aún junto al cadáver se quedó absorto con la mirada clavada en el horizonte. Comprendió que estaba solo.
Se puso de pie nuevamente y contempló los animales inánimes cuyos cueros representaban una fortuna. Después trepó trabajosamente a lo alto de un peñasco prominente.
Desde allí tendió la vista al círculo del horizonte que era su mundo. Al Norte, cubierto de nubes bajas y plomizas, aparecía el perfil espantable de la costa montañosa, que terminaba al Este en una punta acantilada, casi perdida entre la bruma. Al sur se extendía la inmensidad del mar, el salvaje mar tempestuoso que rodea el cabo de Hornos. En medio de la grandiosidad del paisaje sombrío el hombre se sintió impregnado de su soledad.
Se dejó caer exhausto sobre la roca húmeda.
Y se quedó mirando cómo, a cada embate de las olas, el océano iba avanzando, lenta pero continuamente, sobre la negra superficie de la roquería....

El profesor suplente - Julio Ramón Ribeyro



Julio Ramón Ribeyro Zúñiga, escritor peruano (Lima, 1929 - 1994).
Considerado uno de los mejores cuentistas de Latinoamérica. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán, italiano, holandés y polaco.
Transitó los géneros: novela, ensayo, teatro, diario y aforismo.
El año de su muerte ganó Premio de Literatura Lainoamerican y del Caribe Juan Rulfo.

El profesor suplente
Hacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de la ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.
—¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás profesor. No me digas que no... ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país, he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de un gran puesto y los emolumentos no son grandiosos pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clase, se te abrirán las puertas de otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la Universidad... eso depende de ti. Yo siempre te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un hombre ilustrado, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador... No señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio... No lo pienses dos veces. En el acto llamo al director para decirle que ya he encontrado un reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la puerta... ¡Y abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!
Antes de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia había llamado al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta vez a su amigo y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.
Durante unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía las delicias de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico, impidió que su mujer intercalara un comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió del oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado contra luz de la farola.
—Todo esto no me sorprende —dijo al fin—. Un hombre de mi calidad no podía quedar sepultado en el olvido.
Después de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó sus viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas del trabajo, con quienes acostumbraba reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra sus patrones de la oficina.
A las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer, quien lo seguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas de su terno de ceremonia.
—No te olvides de poner la tarjeta en la puerta —recomendó Matías antes de partir—. Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.
En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección. Durante la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando, para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso pero Matías, por su porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce años, cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someterse una sola cogitación al apetito un poco lánguido de su espíritu.
Él siempre achacó sus fracasos académicos a la malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido optar al título de abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia, al menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.
Cuando llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos. Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la pena caminar hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un portero de semblante hosco, que vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la espalda.
En la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía un poco de calor. Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar —el reloj del Municipio acababa de dar las once— cuando detrás de la vidriera de una tienda de discos distinguió a un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa constató que ese hombre no era otra cosa que su propio reflejo. Obsevándose con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa expresión un poco lóbrega que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus facciones. Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías comprobó que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su bigote caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.
Un poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una sofocación de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante la fachada del colegio, sin que en apariencia nada lo provocara, una duda tremenda le asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un animal marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien empleaba figuras semejantes, para demoler sus enemigos del Parlamento.
Confundido, abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató de que el portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada, viniendo de un hombre uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina opuesta.
Allí se detuvo resollando. Ya el problema de Hidra no le interesaba: esta duda había arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía.
Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y, por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba.
Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio residencial sólo se encontraban salones de peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera.
Esta vez Matías lo examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que describían sutilmente un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror.
Desconcertado, se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban girando, Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las letras de un aviso comercial perdido en el follaje.
Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una convicción y, ofuscado por tanto tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el movimiento aumentó el coraje.
Al divisar la verja asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando, al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición —que le recordó a los jurados de su infancia— fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.
A los veinte pasos se dio cuenta de que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas. Era el portero.
—Por favor —decía—. ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia? Los hermanos lo están esperando. Matías se volvió, rojo de ira.
—¡Yo soy cobrador! —contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.
El portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la avenida, torció al parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.
Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio a que su mujer lo esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a su cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos abiertos.
—¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?
—¡Magnífico!... ¡Todo ha sido magnífico! —balbuceó Matías—. ¡Me aplaudieron! —pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desconsoladamente a llorar.