Historia de un peso falso - Manuel Gutiérrez Nájera

Manuel Gutiérrez Nájera nació en México en 1859, murió en 1895.
Vivo observador y cronista de su época, fue uno de los fundadores de la Revista Azul, donde se difundía el modernismo de su país. Una parte importante se su obra se publicó en periódicos mexicanos. Muchos de sus trabajos parecieron bajo distintos seudónimos: El cura de Jalatlaco, El duque Job, Puck, Junius, Recamier, Mr. Can-Can, Nemo, Omega, entre otros.



Historia de un peso falso


¡Parecía bueno! ¡Limpio, muy cepilladito, con su águila, a guisa de alfiler de corbata, y caminando siem­pre por el lado de la sombra, para dejar al sol la otra acera! No tenía mala cara el muy bellaco y el que sólo de vista lo hubiera conocido no habría vacilado en fiarle cuatro pesetas. Pero... ¡crean ustedes en las ca­nas blancas y en la plata que brilla! Aquel peso era un peso teñido: su cabello era castaño, de cobre, y él por coquetería, porque le dijeran: "es usted muy Luis XVI", se lo había empolvado.
Por supuesto era de padres desconocidos. ¡Estos pobrecitos pesos siempre son expósitos! A mí me ins­piran mucha lástima, y de buen grado los recogería; pero mi casa, es decir, la casa de ellos, el bolsillo de mi chaleco, está vacío, desamueblado, lleno de aire, y por eso no puedo recibirlos. Cuando alguno me cae, procuro colocarlo en una cantina, en una tienda, en la contaduría del teatro; pero hoy están las coloca­ciones por las nubes y casi siempre se queda en la ca­lle el pobre peso.
No pasó lo mismo, sin embargo, con aquel de la buena facha, c ° la sonrisa bonachona y del águila que parecía de verdad. Yo no sé en dónde me lo dieron, pero sí estoy cierto de cuál es la casa de comercio en donde tuve la fortuna de colocarlo, gracias al buen co­razón y a la mala vista del respetable comerciante cuyo nombre callo por no ofender la cristiana moles­tia de tan excelente sujeto y por aquello de que has­ta la mano izquierda debe ignorar el bien que hizo la derecha.
Ello es que, como un beneficio no se pierde nun­ca, y como Dios recompensa a los caritativos, el ge­neroso padre putativo de mi peso falso no tardó mu­cho en hallar a otro caballero que consintiera en hacerse cargo de la criatura. Cuentan las malas len­guas que este rasgo filantrópico no fue del todo puro; parece que el nuevo protector (le mi peso (y téngase entendido que el comerciante a quien yo encomen­dé la crianza y educación del pobre expósito era un cantinero) no se dio cuenta exacta de que iba a ha­cer una obra de misericordia, en razón de que repe­tidas libaciones habían oscurecido un tanto cuanto su vista y entorpecido su tacto. Pero, sea porque aquel hombre poseía un noble corazón, sea porque el co­ñac predispone a la benevolencia, el caso es que mi hombre recibió el peso falso no con los brazos abier­tos, pero sí tendiéndole la diestra. Dio un billete de a cinco duros, devolvióle cuatro el cantinero, y entre esos cuatro, como amigo pobre en compañía de ricos iba mi peso.
Pero ¡vean ustedes cómo los pobres somos bue­nos y cómo Dios nos ha adornado con la virtud de los perros: la fidelidad! Los cuatro capitalistas, los cua­tro pesos de plata, los aristócratas, siguieron de pa­rranda. ¡Es indudable que la aristocracia está muy co­rrompida! Éste se quedó en una cantina; ése, en la Concordia; aquél, en la contaduría del teatro... ¡Sólo el peso falso, el pobretón, el de la clase media, el que no era centavo ni tampoco persona decente, siguió acompañando a su generoso protector como Corde­lia acompañó al rey Lear! En la Concordia fue don­de lo conocieron; allí le echaron en cara su pobreza y no le quisieron fiar ni servir nada. La última mone­da buena se escapó entonces con el mozo (no es nue­vo que una señorita bien nacida se fugue con algún pinche de cocina), ¡y allí quedó el pobre peso, el que no tenía ni un real, pero sí un corazón que no estaba todavía metalizado, acompañando al amparador en su orfandad, en la tristeza, en el abandono, en la mise­ria!... ¡Lo mismo que Cordelia al lado del rey Lear!
¡De veras enternecen estos pesos falsos! Mientras los llamados buenos, los de alta alcurnia, los nacidos en la opulenta casa de Moneda, llevan mala vida y van pasando de mano en mano como los periodistas ve­nales, como los políticos tránsfugas, como las muje­res coquetas; mientras estos viciosos impenitentes tras­nochan en las fondas, compran la virtud de las doncellas y desdeñan al menesteroso para irse con los ricos; el peso falso busca al pobre, y no lo abandona, a pesar del mal trato que éste le da siempre; no sale; se está en su casa encerradito; no compra nada, y es­pera, como solo premio de virtudes tan excelsas, el martirio; la ingratitud del hombre; ser aprehendido, en fin de cuentas, por el gendarme sin entrañas o morir clavado en la madera de un mostrador, como murió San Dimas en la cruz. ¡Pobres pesos falsos! A mí me parten el alma cuando los veo en manos de otros.
El de mi cuento, sin embargo, había empezado bien su vida. Dios lo protegía por guapo, sí, por bue­no, a pesar de que no creyera el escéptico mesero de la Concordia en tal bondad, por sencillo, por inocen­te, por honrado. A mí no me robó nada; al cantinero tampoco; y al caballero que le sacó de la cantina, en donde no estaba a gusto, porque los pesos falsos son muy sobrios, le recompensó la buena obra dándole una hermosa ilusión: la ilusión de que contaba con un peso todavía.
Y no sólo hizo eso... ¡ya verán ustedes todo lo que hizo!
El caballero se quedó en la fonda meditabundo y triste, ante la taza de té, la copa de Burdeos, ya sin Burdeos, y el mesero que estaba parado enfrente de él como un signo de interrogación. Aquella situación no podía prolongarse. Cuando está alguien a solas con una inocente moneda falsa, se avergüenza como si es­tuviera con una mujer perdida; quiere que no lo vean, pasar de incógnito, que ningún amigo lo sorprenda... Porque serán muy buenas las monedas falsas... ¡pero la gente no lo quiere creer!
Yo mismo, en las primeras líneas de este cuento, cuando aún no había encontrado un padre putativo para el peso falso, lo llamé bellaco. ¡Tan imperioso es el poder del vulgo!
Todavía el caballero, en un momento de mal hu­mor que no disculpo en él, pero que en mí habría dis­culpado, desde luego que quitaron los manteles de la mesa, golpeó el peso contra el mármol, como di­ciéndole: "¡A ver, malvado, si de veras no tienes co­razón!" ¡Y vaya si tenía corazón! Lo que no tenía el in­feliz era dinero.
El caballero quedó meditabundo por largo rato. ¿Quién le había dado aquel peso? Los recuerdos an­daban todavía por su memoria, como indecisos, como distraídos, como soñolientos. Pero no cabía duda: ¡el peso era falso! Y lo que es peor, ¡era el último!
Su dueño entonces se puso a hacer, no para uso propio, todo un tratado de moral.
"La verdad es", se decía, "que yo soy un badula­que. Esta tarde recibí en la oficina un billete de a veinte. Me parece estarlo viendo... Londres–México... el águila... Don Benito Juárez... y... una cara de perro. ¿Adónde está el billete?
En los zarzales de la vida deja Alguna cosa cada cual: la oveja
Su blanca lana; ¡el hombre su virtud!
"Y lo malo es que mi mujer esperaba esos veinte. Yo iba a darle quince... pero, ¿de dónde cojo ahora esos quince?"
El caballero volvió a arrojar con ira el peso falso sobre el mármol de E. mesa. ¡Por poco no se le rom­pió al infortunado el águila, el alfiler de la corbata! La única ventaja con que cuentan los pesos falsos es la de que no podemos estrellarlos contra una es­quina.
¡A la calle! La Esmeralda, que ya no baila sobre el tapiz oriental ni toca donairosamente su pandero; la pobre Esmeralda, que está ahora empleada en la es­quina de Plateros y que, como los antiguos serenos, da las horas, mostró a nuestro héroe su reloj ilumi­nado: eran las doce de la noche.
A tal hora, no hay dinero en la calle. ¡Y era preci­so volver a casa!
"Le daré a mi mujer el peso falso para el desayu­no, y mañana... veremos. ¡Pero no! Ella los suena en el buró y así es seguro que no me escapo de una riña. ¡Maldita suerte...!"
El pobre peso sufría en silencio los insultos y araños de su padre putativo, escondido en lo más oscu­ro del bolsillo. ¡Solo, tristemente solo!
El caballero pasó frente a un garito. ¿Entraría? Pue­de ser que estuviera en él algún amigo. Además, allí lo conocían... hasta le cobraban de cuando en cuan­do sus quincenas... Cuando menos, podían abrirle cré­dito por cinco duros... Volvió la vista atrás y entró de prisa como quien se arroja a la alberca.
El amigo cajero no estaba de guardia aquella no­che; pero probablemente volvería a la una. El caba­llero se paró junto a la mesa de la ruleta. No sé qué encanto tiene esa bolita de marfil que corre, brinca, ríe y da o quita dinero; pero ¡es tan chiquitina!, ¡es tan mona! ¡Se parece a Luisa Théo"! Los pesos en co­lumnas se apercibían a la batalla formada en los ca­silleros del tapete verde. ¡Y estaba cierto nuestro hombre de que iba a salir el 32! ¡Lo había visto! ¿Pon­dría el peso falso...? La verdad es que aquello no era muy correcto... Pero, al cabo, en esa casa lo conocí­an... y... ¡cómo habían de sospechar!
Con la mano algo trémula, abrió la cartera como buscando algún billete de banco (que, por supuesto, no estaba en casa), volvió a cerrarla, sacó el peso, y resueltamente, con ademán de gran señor, lo puso al 32. El corazón le saltaba más que la bola de marfil en la ruleta. Pero, ¡vean ustedes lo que son las cosas! Los buenos mozos tienen mucho adelantado... Hay hom­bres que llegan a ministros extranjeros, a ricos, a po­etas, a sabios, nada más porque son buenos mozos. Y el peso aquel –ya lo había dicho– era todo un buen mozo... un buen mozo bien vestido.
–¡Treinta y dos colorado!
La bola de marfil y el corazón del jugador se pa­raron, como el reloj cuya rueda se rompe. ¡Había ga­nado! Pero... ¿y si lo conocían...? ¡No a él... al otro... al falso!
Nuestro amigo (porque ya debe de ser amigo nuestro este hijo mimado de la dicha) tuvo un rasgo de genio. Recogió su peso desdeñosamente y dijo al que regentaba la ruleta:
–Quiero en papel los otros treinta y cinco.
¡No lo habían tocado!... ¡No lo habían conocido...! Pagó el monte. Uno de veinte... uno de diez... y otro color de chocolate, con la figura de una mujer en ca­misón y que está descansando de leer, separada por estas dos palabras Cinco pesos, del retrato de una mu­chacha muy linda, a quien el mal gusto del grabador puso un águila y una víbora en el pecho. El de a diez y el color de chocolate eran para la señora que sue­na los pesos en la tapa del buró. El de a veinte, el de Juárez, el patriótico, era para nuestro amigo... era el que al día siguiente se convertiría en copas, en costi­lla a la milanesa y, por remate, en un triste y descon­solado peso falso.
¡Qué afortunados son los pesos falsos y los hom­bres pícaros!
Los que estaban alrededor del tapete verde hací­an lado al dichoso punto para que entrase en el rue­do y se sentara. Pero, dicho sea en honra de nuestro buen amigo, él fue prudente, tuvo fuerza de ánimo, y volvió la espalda a la traidora mesa. Volvería, sí, vol­vería a dejar en ella su futura quincena, o, propia­mente hablando, el futuro imperfecto de su quince­na; pero lo que es en aquella noche se entregaba a las delicias y los pellizcos del hogar.
Cuando se sintió en la calle con su honrado, su ge­neroso peso falso, que había sido tan bueno; y con el retrato de Juárez, con el busto de un perro, y con el gra­bado que representa a una señora en camisón, rebosa­ba alegría nuestro querido amigo. Ya era tan bueno como el peso falso aquel honrado e inteligente caba­llero. Habría prestado un duro a cualquier amigo po­bre; habría repartido algunos reales entre los pordiose­ros; caminando aprisa, aprisa por las calles, pensaba en su pobrecita mujer, que es tan buena persona y que lo estaría esperando... para que le diera el gasto.
Puis, l'époul volage
Rentrant au logis
Pour paraitre sage
Prend des airs contris,
Il pense á sa femme
–Seule dans son lit–Et de cbez madame
Un galan s'enfuit...f
Voici l'aube vermeille,
Etc.
Eso cantan en una opereta que se estrenó en Pa­rís a fines del mes pasado y que se llama El huevo rojo; pero no la tarareaba siquiera nuestro predilecto ami­go, porque no lo sabía.
Al torcer una esquina, tropezó con cierto mucha­chito que voceaba periódicos y a quien llamaban el inglés. Y parecía inglés, en verdad, porque era muy blanco, muy rubio y hasta habría sido bonito con no ser tan pobre. Por supuesto, no conocía a su padre..., era uno de tantos pesos falsos humanos, de ésos que circulan subrepticiamente por el mundo y que nin­guno sabe en dónde fueron acuñados. Pero a la ma­dre, ¡sí la conocía! Los demás decían que era mala. Él creía que era buena. Le pegaba. ¡Ése sería su modo de acariciar! También, cuando no se come, es im­posible estar de buen humor. Y muchas veces aque­lla desgraciada no comía. Sobre todo era la madre; lo que no se tiene más que una vez; lo que siempre vive poco; la madre que, aunque sea mala, es bue­na a ratos, aquélla en cuya boca no suena el tú como un insulto... La madre, en suma... ¡nada más la ma­dre! Y como aquel niño tenía en las venas sangre buena –sangre colorida con vino, sangre empobre­cida en las noches de orgía, pero sangre, al fin, de hombres que pensaron y sintieron hace muchos años– amaba mucho a la mamá... y a la hermanita,
a la que vendía billetes... a esa que llamaban fran­cesa.
La madre, para él, era muy buena; pero le pega­ba, cuando no podía llevarle el pobre una peseta. Y aquella noche –¡la del peso falso!– estaba el chi­quitín con El Nacional, con El Tiempo de Mañana, pero sin un centavo en el bolsillo de su desgarrado pantalón. ¡No compraba periódicos la gente! Y no se atrevía a volver a su accesoria, no por miedo a los gol­pes sino por no afligir a la mamá.
Tan pálido, tan triste lo vio el afortunado jugador, que quiso, realmente quiso, darle una limosna. Tal vez le habría comprado todos los periódicos, porque así son los jugadores cuando ganan. Pero dar cinco pe­sos a un perillán de esa ralea era demasiado. Y el ju­gador había recibido los treinta y cinco en billetes. No le quedaba más que el peso falso.
Ocurriósele entonces una travesura: hacer bobo al muchacho.
–¡Toma, inglés, para tus hojas con Catalán, anda! ¡Emborráchate!
¡Y allá fue el peso falso!
Y no, el muchacho no creyó que lo habían enga­ñado. Tenía aquel señor tan buena cara como el peso falso. ¡Qué bueno era! Si hubiera recibido esa mone­da para devolver siete reales y medio, cobrando El Na­cional o El Tiempo de Mañana, la habría sonado en las losas del zaguán, cuyo umbral le servía casi de le­cho, habría preguntado si era bueno o no al abarro­tero que aún tenía abierta su tienda. Pero ¡de limos­na! ¡Brillaba tanto en la noche! ¡Brillaba tanto para su alma hambrienta de dar algo a la mamá y a la her­manita! ¡Qué buen señor...! ¡Habría ganado un premio en la lotería!... ¡Sería muy rico! Quién sabe... ¡Qué buen señor era el del peso falso!
Le había dicho: "¡Anda, ve y emborráchate!"... ¡Pero así dicen todos!
Recogió el arrapiezo los periódicos, y, corriendo como si hubiera comido, como si tuviera fuerzas, fue hasta muy lejos, hasta la puerta de su casa. No le abrie­ron. La viejecita (la llamo viejecita, aunque aporreara a ese muchacho, porque, al cabo, era infeliz, era pa­dre, era madre) se había dormido cansada de aguar­dar al inglés. Pero ¿.qué le importaba a él dormir en la calle? ¡Si lo mismo pasaba muchas noches! ¡Y al día siguiente no lo azotarían...! ¡Llegaba rico... con un peso!
¡Ay, cuántas, cuántas cosas tiene adentro un peso para el pobre!
Allí, en el zaguán, encogido como un gatito blan­co, se quedó el muchacho dormido. ¡Dormido, sí; pero apretando con los dedos de la mano derecha, que es la Más segura, aquel sol, aquella águila, aquel sueño! Durmió mal, no por la dureza del colchón de piedra, no por el frío, no por el aire, porque a eso es­taba acostumbrado, pero sí porque estaba muy ale­gre y tenía mucho miedo de que aquel pájaro de pla­ta se volara.
¿Creen ustedes que ese muchacho jamás había te­nido un peso suyo? Pues así hay muchísimos. Además, el inglesito quería soñar despierto, hablar en voz alta con sus ilusiones.
Primero, el desayuno... ¡Bueno, uno real para los tres! Pero los pesos tienen muchos centavos, y hacía tiempo el inglesito tenía ganas de tomar un tamal con su champurrado. Bueno: real y tlaco. Quedaba mucho dinero... Aunque le daban tentaciones muy fuertes de enseñarlo, de lucirlo, de pasarlo, de sonárselo, como si fuera una sonaja, a la hermanita, de que lo viera la mamá y pensara: "Ya puedo descansar, porque mi hijo
me mantiene." Pero en viéndolo, en tomándolo, la mamá compraría un real de tequila. Y el muchacho te­nía un proyecto atrevido: gastar un real, que iba a ser de tequila, en un billete. Y, sobre todo, recordaba el granuja que debían unos tlacos en la panadería, otros en la tienda.:. y no era imposible que la mamá los pa­gara si él le diera el peso. ¡Reales menos!
¡No! Era más urgente comprar manta para que la hermanita se hiciera una camisa. ¡La pobrecilla se que­jaba tantísimo del frío...! Decididamente, a la mamá cuatro reales, un tostón... y los otros cuatro reales para él, es decir, para el tamal, para el billete, para la man­ta... ¡y quién sabe para cuántas cosas más! ¡Puede ser que alcanzara hasta para ir al circo!
¿Y si ganaba $300 en la lotería con ese real? ¡Tres­cientos pesos! ¡No se han de acabar nunca! Esos ten­dría el señor que le dio el peso.
Vino la luz, es decir, ya estaba para llegar, cuando el muchacho se puso en pie. Barrían la calle... Pasa­ron unas burras con los botes de hojalata, en que de las haciendas próximas viene la leche. Luego pasaron las vacas... En Santa Teresa llamaban a misa... "Jale­tinas!", gritó una voz áspera.
El rapazuelo no quiso todavía entrar a su casa. Ne­cesitaba cambiar el peso. Llegaría tarde, a las seis, a las siete; pero con un tostón para la madre, con manta, con un bizcocho para la francesita y con un tamal en el es­tómago. Iba a esperar a que abriera cierto tendajo, en el que vendían todo lo más hermoso, todo lo más útil, todo lo más apetecible para él: velas, indianas, santos de barro, madejas de seda, cohetes, soldaditos de plo­mo, caramelos, pan, estampas, títeres... Cuanto se ne­cesitaba para vivir. Y precisamente en la puerta se sen­taba una mujer detrás de la olla de tamales.
Fue paso a paso, porque todavía era muy tempra­no. Ya había aclarado. Pasó por Sán Juan de Letrán. De la pensión de caballos salía una hermosa yegua con albardón de cuero amarillo y llevada de la brida por el mozo de su dueño, alemán probablemente. Frente a la imprenta del Monitory casi echados en las baldosas de la acera, hombres y chicuelos doblaban los periódicos todavía húmedos. Muchos de esos chi­cos eran amigos de él, y el primer impulso que sintió fue el de ir a hablarles, enseñarles el peso... Pero ¿y si se lo quitaban? El cojo, sobre todo, el cojo era algo malo.
De modo que el pillín se siguió de largo.
Ya el tendajo estaba abierto. Y lo primero, por de contado, fue el tamal... y no fue uno, fueron dos: ¡al fin estaba rico! Y tras los tamales, un bizcocho de ha­rina y huevo, un rico bollo que sabía a gloria. Querí­an cobrarle adelantado; pero él enseñó el peso con majestuosa dignidad.
–Ahora que compre manta, cambiaré.
Y pidió dos varas de manta; compró un granade­ro de barro que valía cuartilla y al que tuvo la desdi­cha de perder en su más temprana edad, porque, al cogerlo, con la mano convulsa de emoción, se le cayó al suelo; le envolvieron la manta en un papel de es­traza, y él, con orgullo, con el ademán de un sobera­no, arrojó por el aire el limpio peso, que, al caer en el zinc del mostrador, dio un grito de franqueza, uno de esos gritos que se escapan en los melodramas al traidor, al asesino, al verdadero delincuente. El espa­ñol había oído, y atrapó al chiquitín por el pescuezo. –¡Ladroncillo! ¡Ladrón! ¡Vas a pagármelas!
¿Qué pasó? El muñeco roto, hecho pedazos, en el suelo... la india que gritaba... el gachupín estrujando al pobre chico... la madre, la hermanita, la francesita allá muy lejos... más lejos todavía las ilusiones... ¡y el gendarme muy cerca!
Una comisaría... un herido... un borracho.... gen­tes que le vieron mala cara... hombres que le acusa­ron de haber robado pañuelos; ¡a él, que se secaba las lágrimas con la camisa! Y luego la Correccional... el jorobadito que le enseñó a hacer malas cosas... y afuera la madre, que murió en el hospital, de diarrea alcohólica... y la hermanita, la francesa, a quien, por­que no vendía muchos billetes, la compraron, y, a poco, la pobrecilla se murió.
¡Señor! Tú que trocaste el agua en vino, tú que hi­ciste santo al ladrón Dimas, ¿por qué no te dignaste convertir en bueno el peso falso de ese niño? ¿Por qué en manos del jugador fue un peso bueno, y en ma­nos del desvalido fue un delito? Tú no eres como la esperanza, como el amor, como la vida, peso falso. Tú eres bueno. Te llamas caridad. Tú que cegaste a Saulo en el camino de Damasco, ¿por qué no cegas­te al español de aquella tienda?


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