El leve Pedro - Enrique Anderson Imbert



Enrique Anderson Imbert nació en Córdoba, Argentina en 1910. Falleció en el año 2000.

Fue escritor, ensayista y profesor universitario.

Su obra:

Crítica literaria: La flecha en el aire, Tres novelas de Payró con pícaros en tres miras, Ibsen y su tiempo, Ensayos, El arte de la prosa en Juan Montalvo, Estudios sobre escritores de América, Historia de la literatura hispanoamericana, La crítica literaria contemporánea, Los grandes libros de Occidente y otros ensayos, Los domingos del profesor, La originalidad de Rubén Darío, Genio y figura de Sarmiento, Una aventura amorosa de Sarmiento, Estudios sobre letras hispánicas, El realismo mágico y otros ensayos, Las comedias de Bernard Shaw, Los primeros cuentos del mundo, Teoría y técnica del cuento, La prosa: modalidades y usos, Nuevos estudios sobre letras hispanas, Mentiras y mentirosos en el mundo de las letras, Modernidad y posmodernidad, Escritor, texto, lector.

Narrativa (novelas y cuentos): Vigilia, El mentir de las estrellas, Las pruebas del caos, Fuga, El grimorio, El gato de Cheshire, El estafador se jubila, La locura juega al ajedrez, La botella de Klein, Dos mujeres y un Julián, El tamaño de las brujas, Evocación de sombras en la ciudad geométrica, El anillo de Mozart, ¡Y pensar que hace diez años!, Reloj de arena, Amorío (y un retrato de dos genios), La buena forma de un crimen, Historia de una Rosa y Génesis de una luna, Consenso de dos, El libro de los casos.


El leve Pedro

Durante dos meses se asomó a la muerte. El médico refunfuñaba que la enfermedad de Pedro era nueva, que no había modo de tratarse y que él no sabía qué hacer... Por suerte el enfermo, solito, se fue curando. No había perdido su buen humor, su oronda calma provinciana. Demasiado flaco y eso era todo. Pero al levantarse después de varias semanas de convalecencia se sintió sin peso.
—Oye —dijo a su mujer— me siento bien pero ¡no sé!, el cuerpo me parece... ausente. Estoy como si mis envolturas fueran a desprenderse dejándome el alma desnuda
—Languideces —le respondió su mujer.
—Tal vez.
Siguió recobrándose. Ya paseaba por el caserón, atendía el hambre de las gallinas y de los cerdos, dio una mano de pintura verde a la pajarera bulliciosa y aun se animó a hachar la leña y llevarla en carretilla hasta el galpón.
Según pasaban los días las carnes de Pedro perdían densidad. Algo muy raro le iba minando, socavando, vaciando el cuerpo. Se sentía con una ingravidez portentosa. Era la ingravidez de la chispa, de la burbuja y del globo. Le costaba muy poco saltar limpiamente la verja, trepar las escaleras de cinco en cinco, coger de un brinco la manzana alta.
—Te has mejorado tanto —observaba su mujer— que pareces un chiquillo acróbata.
Una mañana Pedro se asustó. Hasta entonces su agilidad le había preocupado, pero todo ocurría como Dios manda. Era extraordinario que, sin proponérselo, convirtiera la marcha de los humanos en una triunfal carrera en volandas sobre la quinta. Era extraordinario pero no milagroso. Lo milagroso apareció esa mañana.
Muy temprano fue al potrero. Caminaba con pasos contenidos porque ya sabía que en cuanto taconeara iría dando botes por el corral. Arremangó la camisa, acomodó un tronco, tomó el hacha y asestó el primer golpe. Entonces, rechazado por el impulso de su propio hachazo, Pedro levantó vuelo.
Prendido todavía del hacha, quedó un instante en suspensión levitando allá, a la altura de los techos; y luego bajó lentamente, bajó como un tenue vilano de cardo.
Acudió su mujer cuando Pedro ya había descendido y, con una palidez de muerte, temblaba agarrado a un rollizo tronco.
—¡Hebe! ¡Casi me caigo al cielo!
—Tonterías. No puedes caerte al cielo. Nadie se cae al cielo. ¿Qué te ha pasado?
Pedro explicó la cosa a su mujer y ésta, sin asombro, le convino:
—Te sucede por hacerte el acróbata. Ya te lo he prevenido. El día menos pensado te desnucarás en una de tus piruetas.
—¡No, no! —insistió Pedro—. Ahora es diferente. Me resbalé. El cielo es un precipicio, Hebe.
Pedro soltó el tronco que lo anclaba pero se asió fuertemente a su mujer. Así abrazados volvieron a la casa.
—¡Hombre! —le dijo Hebe, que sentía el cuerpo de su marido pegado al suyo como el de un animal extrañamente joven y salvaje, con ansias de huir—. ¡Hombre, déjate de hacer fuerza, que me arrastras! Das unas zancadas como si quisieras echarte a volar.
—¿Has visto, has visto? Algo horrible me está amenazando, Hebe. Un esguince, y ya comienza la ascensión.
Esa tarde, Pedro, que estaba apoltronado en el patio leyendo las historietas del periódico, se rió convulsivamente, y con la propulsión de ese motor alegre fue elevándose como un ludión, como un buzo que se quita las suelas. La risa se trocó en terror y Hebe acudió otra vez a las voces de su marido. Alcanzó a agarrarle los pantalones y lo atrajo a la tierra. Ya no había duda. Hebe le llenó los bolsillos con grandes tuercas, caños de plomo y piedras; y estos pesos por el momento dieron a su cuerpo la solidez necesaria para tranquear por la galería y empinarse por la escalera de su cuarto. Lo difícil fue desvestirlo. Cuando Hebe le quitó los hierros y el plomo, Pedro, fluctuante sobre las sábanas, se entrelazó con los barrotes de la cama y le advirtió:
—¡Cuidado, Hebe! Vamos a hacerlo despacio porque no quiero dormir en el techo.
—Mañana mismo llamaremos al médico.
—Si consigo estarme quieto no me ocurrirá nada. Solamente cuando me agito me hago aeronauta.
Con mil precauciones pudo acostarse y se sintió seguro.
—¿Tienes ganas de subir?
—No. Estoy bien.
Se dieron las buenas noches y Hebe apagó la luz.
Al otro día cuando Hebe despegó los ojos vio a Pedro durmiendo como un bendito, con la cara pegada al techo.
Parecía un globo escapado de las manos de un niño.
—¡Pedro, Pedro! —gritó aterrorizada.
Al fin Pedro despertó, dolorido por el estrujón de varias horas contra el cielo raso. ¡Qué espanto! Trató de saltar al revés, de caer para arriba, de subir para abajo. Pero el techo lo succionaba como succionaba el suelo a Hebe.
—Tendrás que atarme de una pierna y amarrarme al ropero hasta que llames al doctor y vea qué pasa.
Hebe buscó una cuerda y una escalera, ató un pie a su marido y se puso a tirar con todo el ánimo. El cuerpo adosado al techo se removió como un lento dirigible.
Aterrizaba.
En eso se coló por la puerta un correntón de aire que ladeó la leve corporeidad de Pedro y, como a una pluma, la sopló por la ventana abierta. Ocurrió en un segundo. Hebe lanzó un grito y la cuerda se le desvaneció, subía por el aire inocente de la mañana, subía en suave contoneo como un globo de color fugitivo en un día de fiesta, perdido para siempre, en viaje al infinito. Se hizo un punto y luego nada.



El tercero de la lista - Hebe Monges



Hebe Monges, escritora argentina. Se crió en un campo cerca de Serodino, en la provincia de Santa Fe. Luego se mudó a Rosario.
Estudió en la facultad de Filosofía y Letras, donde luego fue jefa de Trabajos Prácticos.
Trabajó como profesora de secundario y escribió varios prólogos.





El tercero de la lista




La vida era una partida perdida
Macedonio Fernández
 


Cuando Masramón salió de la cárcel, empezó el descrédito de la seguridad. Baigorria, que con los otros cuatro había oído las palabras que les dirigiera, a todos y a cada uno, y retenido su manera de pronunciar las palabras, con un odio sin énfasis, pero de precisa certidumbre, la manera con que les había dicho que los mataría, como quien promete algo difícil, pero irrevocable, y por lo tanto posible, Baigorria, entonces, empezó a tener miedo.

Porque Masramón había estado cinco años en la cárcel por ser su testaferro en todos los negociados que les habían resultado tan lucrativos y en los que ellos no se comprometieron nunca, porque para eso estaba él, que ponía la firma, seguro hasta el final de que lo protegerían, sus amigos, sus cómplices. Pero no hubo manera de comprobarles nada y ellos dejaron que se hundiera. Lo abandonaron a su suerte, nomás, eso fue todo. Y ahora había salido de la cárcel. Baigorria habló con Aquino, para ver qué pensaba, porque el otro había dicho: “por orden alfabético”. Y hasta se habían reído de eso, una salida casi cómica. Las palabras desechables de un hombre desesperanzado.

Aquino no creía que sucediera nada: recordaba las palabras, pero había pasado mucho tiempo, y las palabras le parecían bravatas. Un desahogo, caramba. Además, que ellos no eran gangsters, ni el contador Masramón, un asesino.

−Pero nosotros le arruinamos la vida… −Baigorria vio en la cara de Aquino que no le gustaban las viejas historias.
Pero a los dos días a Aquino lo llevó por delante un auto, cuyo conductor huyó sin detenerse, y el gordo Aquino, el cerebro de tantas artimañas financieras que los habían enriquecido, quedó muerto en la calle de su casa, en Devoto, ante los ojos desorbitados de una pareja que se había estado besando, un minuto antes, y que no se había fijado ni podía por lo tanto recordarlo, en el tipo de coche.

Baigorria trató de reunirse con los otros: Aznares, Donaire, Gornatti. Los vio, sí, en el entierro, pero no quisieron ni considerar la idea de que el “accidente de Aquino tuviera algo que ver con Masramón”. El bueno de Gornatti se echó a reír según su costumbre. Baigorria se sorprendió amargamente. ¿Acaso era el único en tener miedo? Hasta que creyó intuir detrás de esa evasiva indiferencia un íntimo acobardamiento, que eludían manifestar, como por cábala. Esa intuición lo consoló.

Habló del asunto con su mujer, pero el paso de los días le hizo pensar que había mezclado torpemente una coincidencia con sus fantasías culpables.

Hasta que murió Aznares. Aznares rodó inexplicablemente por las escaleras de su casa, un día en que el ascensor estaba descompuesto y no había nadie cerca. El portero lo encontró con la cabeza destrozada, cuando llegaba de la calle, pero hacía rato que había muerto y no se había visto ni oído nada extraño, ni siquiera fugazmente.

Fue inútil intentar comunicarse con Donaire: no atendía el teléfono. Con Gornatti sí: rezumaba sentido común.

−¡Qué tendrá que ver Masramón! ¿Cómo podía saber que justo ese día el ascensor no andaba? ¿O creés que tiene una cuadrilla trabajando con él? Si debe estar más pobre que una laucha.

Baigorria sintió una pérdida de afecto por Gornatti: su sencillez le resultó afectación. Lo que antes le había atraído en él le pareció intolerable.

Intentó una última familiaridad: −Claro, como vos sos Gornatti. Pero yo soy Baigorria. Ahora me toca a mí.

Y se arrepintió de haberlo dicho. Menos mal que, en el túnel del temor en que estaba entrando su vida, su mujer lo acompañaba. Hubiera sido lacerante, insoportable, que ella hubiera mantenido la calma. Pero también tenía miedo, y aunque comprendía que era absurdo en ese miedo se apoyaba.

Empezó a lanzar miradas de nerviosa aprehensión y a tratar de no estar solo nunca. El miedo le hinchaba el rostro y le daba expresión de desamparo. Contaba los días que habían pasado entre la muerte de Aquino y de Aznares. ¿Cómo le llegaría a él? Tomó gestos de maniático y conocidos y desconocidos lo miraron con sorpresa y asombro. El miedo había crecido y se había descompuesto en él como el gusano en la manzana, y era constante, abrumador e inevitable, hasta quitarle el aliento. Su figura se consumía y se devastaba su energía vital: el miedo había arruinado su salud, su carrera y su vida. Se volvió malo: no soportaba ver reír a nadie. Era un hombre condenado a muerte.

Una noche su mujer le dijo, indecisa:

−La tensión nos aniquila. Tenemos que buscar un remedio, vámonos a Europa.

Él la miró, agitado: −¿Te parece?

−¿Qué crees que ha hecho Donaire?

Baigorria pensó que tenían dinero para hacerlo. El dinero que le correspondía a Masramón.

Habló con voz endurecida: −¿Por qué no lo pensaste antes?
La mujer suspiró, resignada. Él sintió que la rabia lo sacaba de su estupor. Al día siguiente fue a sacar los pasajes.

Hizo los trámites en un estado de exasperación y aturdimiento, pero cuando concluyó experimentó cierto alivio. Se dio vuelta y ahí estaba Masramón, a unos pasos, mirándolo fijamente. Era el mismo, tal vez también más flaco; pensó que lo iba a hablar, pero lo dejó pasar, sin dejar de mirarlo.

Baigorria volvió a su casa con algo de su antiguo aire de firmeza. La espera había terminado. Le contó a su mujer y rompió los pasajes. Ella se echó a llorar, débilmente.

−A vos no te hará nada. De eso estoy segura. No tiene nada contra vos…
 −Su mujer trató de retenerlo, con piedad y pena.

−No −dijo él. No aguantaba más.

Subió las escaleras, escribió, por las dudas, la consabida carta aclaratoria, y se pegó un tiro.


Casi un año después, la mujer de Baigorria visitaba su tumba, como todos los domingos, en Chacarita. Sintió que alguien la miraba y levantó la vista. Era la mujer de Masramón.

La miraba con cierta timidez, casi con dulzura. No podía odiarla: ella no era culpable.

−¿Cómo te va, Magdalena? −se sorprendió al oír su propia voz.

−Y… −dijo la otra− no sabés que yo también perdí a mi marido. Yo supe lo del tuyo.

−¿Cómo? ¿Tu marido murió?

−Sí. En un viaje. Se fue a España. Porque aquí, desde que salió de la cárcel, nadie le quiso dar trabajo. Fue un calvario. Pero tuvo tan mala suerte. El avión se accidentó y…

−No sabía nada. −La mujer de Baigorria estaba confusa.

−Claro, fue un día después de lo de tu marido. Él me contó esa noche, antes de irse, que lo había visto en la agencia y que estuvo a punto de hablarlo. Quería decirle que no le guardaba rencor. A ninguno. Pero no se animó. Tu marido parecía muy alterado.






La excavación - Augusto Roa Bastos


Augusta Roa Bastos nació en Asunción, Pargauay, en 1917.
 Novelista, cusntista y guionista, es considerado el escritor más importante de su país, aunque escribió gran parte de su obra en el exilio, en Argentina y Francia. Ganó el Premio Cervantes de literatura en 1989. 
Falleció en 2005.
  Su obra:  
Novelas: Hijo de Hombre, Yo el supremo, Vigilia del Almirante, El fiscal, Contravida, Madama Sui. 
Cuentos: El trueno entre las hojas, El baldío, Madera quemada, Los pies sobre el agua, Moriencia, Cuerpo presente y otros cuentos, El pollito de fuego, Los Congresos, El somnámbulo, Lucha hasta el alba, Los Juegos, Contar un cuento, y otros relatos, Metaforismos, La tierra sin ma. 
Poesía: El ruiseñor de la aurora, y otros poemas, El naranjal ardiente, nocturno paraguay. 
Guionista: El trueno entre las hojas, Sabaleros, La sangre y la semilla, Shunko, Hijo de hombre, Alias Gardelito, El último piso, El terrorista, La boda, Soluna, Ya tiene comisario el pueblo, Don Segundo Sombra, La Madre María, Yo el supremo.

La excavación

El primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a sus espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente una veta blanda del terreno de arriba. Las tinieblas apenas se pusieron un poco más densas en el angosto agujero por el que únicamente arrastrándose sobre el vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía detenerse ahora. Siguió avanzando con el plato de hojalata que le servía de perforador. La creciente humedad que iba impregnando la tosca dura lo alentaba. La barranca ya no estaría lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros, lo que representaba unos veinticinco días más de trabajo hasta el boquete liberador sobre el río.

Alternándose en turnos seguidos de cuatro horas, seis presos hacían avanzar la excavación veinte centímetros diariamente. Hubieran podido avanzar más rápido, pero la capacidad de trabajo estaba limitada por la posibilidad de desalojar la tierra en el tacho de desperdicios sin que fuera notada. Se habían abstenido de orinar en la lata que entraba y salía dos veces al día. Lo hacían en los rincones de la celda húmeda y agrietada, con lo que si bien aumentaban el hedor siniestro de la reclusión, ganaban también unos cuantos centímetros más de "bodega" para el contrabando de la tierra excavada.

La guerra. civil había concluido seis meses atrás. La perforación del túnel duraba cuatro. Entre tanto, habían fallecido, por diversas causas, no del todo apacibles, diecisiete de los ochenta y nueve presos políticos que se hallaban amontonados en esa inhóspita celda, antro, retrete, ergástula pestilente, donde en tiempos de calma no habían entrado nunca más de ocho o diez presos comunes.

De los diecisiete presos que habían tenido la estúpida ocurrencia de morirse, a nueve se habían llevado distintas enfermedades contraídas antes o después de la prisión; a cuatro, los apremios urgentes de la cámara de torturas; a dos, la rauda ventosa de la tisis galopante. Otros dos se habían suicidado abriéndose las venas, uno con la púa de la hebilla del cinto; el otro, con el plato, cuyo borde afiló en la pared, y que ahora servía de herramienta para la apertura del túnel.

Esta estadística era la que regía la vida de esos desgraciados. Sus esperanzas y desalientos. Su congoja callosa, pero aún sensitiva. Su sed, el hambre, los dolores, el hedor, su odio encendido en la sangre, en los ojos, como esas mariposas de aceite que a pocos metros de allí -tal vez solamente un centenar- brillaban en la Catedral delante de las imágenes.

La única respiración venía por el agujero aún ciego, aún nonato, que iba creciendo como un hijo en el vientre de esos hombres ansiosos. Por allí venía el olor puro de la libertad, un soplo fresco y brillante entre los excrementos. Y allí se tocaba, en una especie de inminencia trabajada por el vértigo, todo lo que estaba más allá de ese boquete negro.

Eso era lo que sentían los presos cuando escarbaban la tosca con el plato de hojalata, en la noche angosta del túnel.



Un nuevo desprendimiento le enterró esta vez las piernas hasta los riñones. Quiso moverse, encoger las extremidades atrapadas, pero no pudo. De golpe tuvo exacta conciencia de lo que sucedía, mientras el dolor crecía con sordas puntadas en la carne, en los huesos de las piernas enterradas. No había sido una simple veta reblandecida. Probablemente era una cuña de tierra, un bloque espeso que llegaba hasta la superficie. Probablemente todo un cimiento se estaba sumiendo en la falla provocado por el desprendimiento.

No le quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas sus fuerzas, sin respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran cinco metros los que faltaban, quizá no eran veinticinco días de zapa los que aún lo separaban del boquete salvador de la barranca del río. Quizá eran menos, sólo unos cuantos centímetros, unos minutos más de arañazos profundos. Se convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado. Su esperanza crecía con la asfixia Un poco de barro tibio entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito casi feliz. Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante tiniebla del túnel lo envolvía de tal modo, que no podía darse cuenta de que no era la proximidad del río, de que no eran sus filtraciones las que hacían ese lodo tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas y en las yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era ahora la que, en el epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo, lo gastaba a él sin fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente. De pronto, pareció alejarse un poco. Manoteó al vacío. Era él quien se estaba quedando atrás en el aire como piedra que empezaba a estrangularlo. Procuró avanzar, pero sus piernas ya irremediablemente formaban parte del bloque que se había desmoronado sobre ellas. Ya ni las sentía. Sólo sentía la asfixia. Se estaba ahogando en un río sólido y oscuro. Dejó de moverse, de pugnar inútilmente. La tortura se iba transformando en una inexplicable delicia. Empezó a recordar.



Recordó aquella otra mina subterránea en la guerra del Chaco, hacía mucho tiempo. Un tiempo que ahora se le antojaba fabuloso. Lo recordaba, sin embargo, claramente, con todos los detalles.

En el frente de Gondra, la guerra se había estancado. Hacia seis meses que paraguayos y bolivianos, empotrados frente a frente en sus inexpugnables posiciones, cambiaban obstinados tiroteos e insultos. No había más de cincuenta metros entre unos y otros.

En las pausas de ciertas noches que el melancólico olvido había hecho de pronto atrozmente memorables, en lugar de metralla canjeaban música y canciones de sus respectivas tierras.

El altiplano entero, pétreo y desolado, bajaba arrastrado por la quejumbre de las cuecas; toda una raza hecha de cobre y castigo, desde su plataforma cósmica bajaba hasta el polvo voraz de las trincheras. Y hasta allí bajaban desde los grandes ríos, desde los grandes bosques paraguayos, desde el corazón de su gente también absurda y cruelmente perseguida, las polcas y guaranias, juntándose, hermanándose con aquel otro aliento melodioso que subía desde la muerte. Y así sucedía porque era preciso que gente americana siguiese muriendo, matándose, para que ciertas cosas se expresaran correctamente en términos de estadística y mercado, de trueques y expoliaciones correctas, con cifras y números exactos, en boletines de la rapiña internacional.



Fue en una de esas pausas en que en unión de otros catorce voluntarios, Perucho Rodi, estudiante de ingeniería, buen hijo, hermano excelente, hermoso y suave moreno de ojos verdes, había empezado a cavar ese túnel que debía salir detrás de las posiciones bolivianas con un boquete que en el momento señalado entraría en erupción como el cráter de un volcán.

En dieciocho días los ochenta metros de la gruesa perforación subterránea quedaron cubiertos. Y el volcán entró en erupción con lava sólida de metralla, de granadas, de proyectiles de todos los calibres, hasta arrasar las posiciones enemigas.

Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido a la masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba terminado. Dos silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de los astros había producido la mutación de una breve secuencia. Todo estaba igual. Salvo los restos de esa espantosa carnicería que a lo sumo había añadido un nuevo detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje nocturno.

Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido a sus víctimas, abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de una pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible, esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero en ese momento todavía no podía saberlo.

Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y ficticios, que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre.

Aquel túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido cavar en el suelo de la cárcel, que él personalmente había empezado a cavar y que, por último, sólo a él le había servido de trampa mortal; este túnel y aquél eran el mismo túnel; un único agujero recto y negro con un boquete de entrada pero no de salida. Un agujero negro y recto que a pesar de su rectitud le había rodeado desde que nació como un círculo subterráneo, irrevocable y fatal. Un túnel que tenía ahora para él cuarenta años, pero que en realidad era mucho más viejo, realmente inmemorial.

Aquella noche azul del Chaco, poblada de estruendos y cadáveres había mentido una salida. Pero sólo había sido un sueño; menos que un sueño: la decoración fantástica de un sueño futuro en medio del humo de la batalla

Con el último aliento, Perucho Rodi la volvía a soñar; es decir, a vivir. Sólo ahora aquel sueño lejano era real. Y ahora sí que avistaba el boquete enceguecedor, el perfecto redondel de la salida.

Soñó (recordó) que volvía a salir por aquel cráter en erupción hacia la noche azulada, metálica, fragorosa. Volvió a sentir la ametralladora ardiente y convulsa en sus manos. Soñó (recordó) que volvía a descargar ráfaga tras ráfaga y que volvía a arrojar granada tras granada. Soñó (recordó) la cara de cada una de sus víctimas. Las vio nítidamente. Eran ochenta y nueve en total. Al franquear el límite secreto, las reconoció en un brusco resplandor y se estremeció: esas ochenta y nueve caras vivas y terribles de sus víctimas eran (y seguirán siéndolo en un fogonazo fotográfico infinito) las de sus compañeros de prisión. Incluso los diecisiete muertos, a los cuales se había agregado uno más. Se soñó entre esos muertos. Soñó que soñaba en un túnel. Se vio retorcerse en una pesadilla, soñando que cavaba, que luchaba, que mataba. Recordó nítidamente el soldado enemigo a quien había abatido con su ametralladora, mientras se retorcía en una pesadilla. Soñó que aquel soldado enemigo lo abatía ahora a él con su ametralladora, tan exactamente parecido a él mismo que se hubiera dicho que era su hermano mellizo.

El sueño de Perucho Rodi quedó sepultado en esa grieta como un diamante negro que iba a alumbrar aún otra noche.

La frustrada evasión fue descubierta; el boquete de entrada en el piso de la celda. El hecho inspiró a los guardianes.



Los presos de la celda 4 (llamada Valle-i), menos el evadido Perucho Rodi, a 1a noche siguiente encontraron inexplicablemente descorrido el cerrojo. Sondearon con sus ojos la noche siniestra del patio. Encontraron que inexplicablemente los pasillos y corredores estaban desiertos. Avanzaron. No enfrentaron en la sombra la sombra de ningún centinela. Inexplicablemente, el caserón circular parecía desierto. La puerta trasera que daba a una callejuela clausurada, estaba inexplicablemente entreabierta. La empujaron, salieron. Al salir, con el primer soplo fresco, los abatió en masa sobre las piedras el fuego cruzado de las ametralladoras que las oscuras troneras del panóptico escupieron sobre ellos durante algunos segundos.

Al día siguiente, la ciudad se enteró solamente de que unos cuantos presos habían sido liquidados en el momento en que pretendían evadirse por un túnel. El comunicado pudo mentir con la verdad. Existía un testimonio irrefutable: el túnel. Los periodistas fueron invitados a examinarlo. Quedaron satisfechos al ver el boquete de entrada en la celda. La evidencia anulaba algunos detalles insignificantes: la inexistente salida que nadie pidió ver, las manchas de sangre aún frescas en la callejuela abandonada.

Poco después el agujero fue cegado con piedras y la celda 4 (Valle-í) volvió a quedar abarrotada.



La oveja negra - Augusto Monterroso


 Augusto Monterroso Bonilla nació en Tegucigalpa, Honduras, en diciembre de 1921.  

De madre hondupadrereña y  guatemalteco, pasó su infancia y juventud en Guatemala. En 1944, se exilió en México, donce falleció, en 2003.
Su obra: La oveja negra y demás fábulas, Movimiento perpetuo, Lo demás es silencio, Viaje al centro de la fábula, La palabra mágica, La letra e: fragmentos de un diario, Los buscadores de oro, La vaca, Pájaros de Hispanoamérica, Literatura y vida.
 


La oveja negra 

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.



Aguafuerte - Rubén Darío


Félix Rubén García Sarmiento, conocido como Rubén Darío nació en Nicaragua (en Metapa, hoy Ciudad Darío) en 1867, murió en 1916.
Fue el máximo representante del Modernismo literario en la lengua española.
Si bien no fue él quien dio nacimeinto al modernismo, con la publicación de su libro Azul marcaría su inicio, y su libro Prosas profanas sería considerado el triunfo de este movimiento en las letras hispanoamericanas.




 Aguafuerte

De una casa cercana salía un ruido metálico y acompasado. En un recinto estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras, muy negras, trabajaban unos hombres en la forja. Uno movía el fuelle que resoplaba, haciendo crepitar el carbón, lanzando torbellinos de chispas y llamas como lenguas pálidas, áureas, azulejas, resplandecientes. Al brillo del fuego en que se enrojecían largas barras de hierro, se miraban los rostros de los obreros con un reflejo trémulo. Tres yunques ensamblados en toscas armazones resistían el batir de los machos que aplastaban el metal candente, haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los forjadores vestían camisas de lana de cuellos abiertos y largos delantales de cuero. Acanzábaseles a ver el pescuezo gordo y el principio del pecho velludo, y salían de las mangas holgadas los brazos gigantescos, donde, como en los de Anteo, parecían los músculos redondas piedras de las que deslavan y pulen los torrentes. En aquella negrura de caverna, al resplandor de las llamaradas, tenían tallas de cíclopes. A un lado, una ventanilla dejaba pasar apenas un haz de rayos de sol. A la entrada de la forja, como en un marco oscuro, una muchacha blanca comía uvas. Y sobre aquel fondo de hollín y de carbón, sus hombros delicados y tersos que estaban desnudos hacían resaltar su bello color de lis, con un casi imperceptible tono dorado.




El viaje - Virgilio Piñera


Virgilio Piñera nació en La Habana, Cuba, en 1912.  
Fue escritor, poeta, dramaturgo. 
Falleció en 1979.

Su obra:

Poesía: Las furias,  La isla en peso, Poesía y prosa, "La vida entera", Una broma colosal, Poesía y crítica. 

Cuento: El conflicto, Cuentos fríos, "Oficio de tinieblas", El que vino a salvarme, Un fogonazo, Muecas para escribientes, Algunas verdades sospechosas,  El viaje, Cuentos de la risa del horror (antología), Cuentos fríos. El que vino a salvarme.


Novela: La carne de René, Pequeñas maniobras, Presiones y diamantes, El caso baldomero.


Teatro: Electra Garrigó, Aire frío, Dos viejos pánicos, Una caja de zapatos vacía.


El viaje

Tengo cuarenta años. A esta edad, cualquier resolución que se tome es válida. He decidido viajar sin descanso hasta que la muerte me llame. No saldré del país, esto no tendría objeto. Tenemos una buena carretera con varios cientos de kilómetros. El paisaje, a uno y otro lado del camino, es encantador. Como las distancias entre ciudades y pueblos son relativamente cortas, no me veré precisado a pernoctar en el camino. Quiero aclarar esto: el mío no va a ser un viaje precipitado. Yo quiero disponer todo de manera que pueda bajar en cierto punto del camino para comer y hacer las demás necesidades naturales. Como tengo mucho dinero, todo marchará sobre ruedas...
A propósito de ruedas, voy a hacer este viaje en un cochecito de niños. Lo empujará una niñera. Calculando que una niñera pasea a su crío por el parque unas veinte cuadras sin mostrar señales de agotamiento, he apostado en una carretera, que tiene mil kilómetros, a mil niñeras, calculando que veinte cuadras, de cincuenta metros cada una, hacen un kilómetro. Cada una de estas niñeras, no vestidas de niñeras sino de choferes, empuja el cochecito a una velocidad moderada. Cuando se cumplen sus mil metros, entrega el coche a la niñera apostada en los próximos mil metros, me saluda con respeto y se aleja. Al principio, la gente se agolpaba en la carretera para verme pasar. He tenido que escuchar toda clase de comentarios. Pero ahora (hace ya sus buenos cinco años que ruedo por el camino) ya no se ocupan de mí; he acabado por ser, como el sol para los salvajes, un fenómeno natural... Como me encanta el violín, he comprado otro cochecito en el que toma asiento el célebre violinista X; me deleita con sus melodías sublimes. Cuando esto ocurre, escalono en la carretera a diez niñeras encargadas de empujar el cochecito del violinista. Sólo diez niñeras, pues no resisto más de diez kilómetros de música. Por lo demás, todo marcha sobre ruedas. Es verdad que a veces la estabilidad de mi cochecito es amenazada por enormes camiones que pasan como centellas y hasta en cierta ocasión a la niñera de turno la dejó semidesnuda una corriente de aire. Pequeños incidentes que en nada alteran la decisión de la marcha vitalicia. Este viaje ha demostrado cuán equivocado estaba yo al esperar algo de la ida. Este viaje es una revelación. Al mismo tiempo me he enterado de que no era yo el único a quien se revelaban tales cosas. Ayer, al pasar por uno de los tantos puentes situados en la carretera, he visto al famoso banquero Pepe sentado sobre una cazuela que giraba lentamente impulsada por una cocinera. En la próxima bajada me han dicho que Pepe, a semejanza mía, ha decidido pasar el resto de sus días viajando circularmente. Para ello ha contratado los servicios de cientos de cocineras, que se relevan cada media hora, teniendo en cuenta que una cocinera puede revolver, sin fatigarse, un guiso durante ese lapso. El azar ha querido que siempre, en el momento de pasar yo en mi cochecito, Pepe, girando en su cazuela, me dé la cara, lo cual nos obliga a un saludo ceremonioso. Nuestras caras reflejan una evidente felicidad.



 

La carta - José Luis González



José Luis González nació en Santo Domingo, República Dominicana, en 1926. Su  padre era puertorriqueño y su madre, dominicana.
Ensayista, narrador y periodista, portorriqueño, recibió el Premio Xavier Villaurrutia 1978, con la novela Balada de otro tiempo (México: Alfaguara, 1997), y también recibió dos premios nacionales en Puerto Rico. 
Falleció en 1997.
 Su Obra: En la sombra que habla con su perro, Cinco cuentos de sangre que nunco funcionaron, El hombre de la calle sin zapatos, Paisa. Un relato de la emgración cosmica, En el fondo del caño hay un negrito barbu, En este lado no paso nasa, La galería y otros cuentos sin sentido, Mambrú se fue a la guerra sin mí, Cuento de cuentos y once más del amor, En Nueva York y otras desgracias inoportunas, El oído de Dios, Las caricias del tigre, La caja de plomo que no se podia abrir, Balada de otro tiempo, La llegada. 
Ensayos, memorias: Poesía negra de América, Conversación con José Luis González, El país de cuatro pisos y otros ensayos, La luna no era de queso. Memorias de infancia, Literatura y sociedad de Puerto Rico. De los cronistas de Indias a la Generación del 98, Nueva visita al cuarto piso.


La carta

San Juan, puerto Rico
8 de marso de 1947

Qerida bieja:

Como yo le desia antes de venirme, aqui las cosas me van vién. Desde que llegé enseguida incontré trabajo. Me pagan 8 pesos la semana y con eso bivo como don Pepe el alministradol de la central allá.

La ropa aqella que quedé de mandale, no la he podido compral pues quiero buscarla en una de las tiendas mejores. Digale a Petra que cuando valla por casa le boy a llevar un regalito al nene de ella.

Boy a ver si me saco un retrato un dia de estos para mandálselo a uste.

El otro dia vi a Felo el ijo de la comai María. El está travajando pero gana menos que yo.

Bueno recueldese de escrivirme y contarme todo lo que pasa por alla.

Su ijo que la qiere y le pide la bendision.


Juan




Después de firmar, dobló cuidadosamente el papel ajado y lleno de borrones y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Caminó hasta la estación de correos más próxima, y al llegar se echó la gorra raída sobre la frente y se acuclilló en el umbral de una de las puertas. Dobló la mano izquierda, fingiéndose manco, y extendió la derecha con la palma hacia arriba.

Cuando reunió los cuatro centavos necesarios, compró el sobre y el sello y despachó la carta.