El crucificado - Mario Levrero


Jorge Mario Varlotta Levrero nació en Montevideo, Uruguay, en 1940. 

Fue escritor, fotógrafo, librero, guionista de cómics, columnista, humorista y también creador de crucigramas y juegos de ingenio. 

Supo mezclar la ciencia ficción y el policial, y su propia vida en su obra. 

Falleció en 2004 en su ciudad natal.

 Su obra: Gelatina,  La ciudad, La máquina de pensar en Gladys, Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, París, Manual de parapsicología, El lugar, Todo el tiempo, Aguas salobres, Caza de conejos, Los muertos, Santo Varón/I, Fauna/Desplazamientos, Espacios libres, El sótano, Los profesionales, Los Jíbaros, El alma de Gardel, El discurso vacío, Dejen todo en mis manos, Ya que estamos, La Banda del Ciempiés, Los carros de fuego, Trilogía unvoluntaria, La novela luminosa.



El crucificado



A Nilda y Mario


Fue lo bastante astuto o estúpido como para deslizarse entre nosotros sin hacerse notar, y cuando Eduardo lo advirtió tuvo que aceptarlo, porque había una ley tácita de que las cosas debían permanecer o desenvolverse así como estaban o transcurrían; si en cambio hubiera pedido permiso, sin duda lo habríamos rechazado.

Tenía pocos dientes, era flaco y barbudo, muy sucio, la cara amarronada, de transpiración grasienta, y el pelo enmarañado y largo. Un olor mezcla de halitosis, sudor y orina. Llevaba un saco hecho jirones, demasiado grande, y pantalones mugrientos y rotos. Lo que en él más llamaba la atención, sobre todo al principio, era la posición de los brazos perpetuamente abiertos y rígidos. Después se supo que tenía las manos clavadas a una madera y, examinándolo más a fondo, descubrimos que la madera formaba parte de una cruz (cubierta por el saco), rota a la altura de los riñones, y que terminaba cerca de la nuca. Las heridas de las manos estaban cicatrizadas, una mezcla de sangre seca y cabezas de clavos oxidados.

Al reconstruir la historia, imagino que alguien, y supongo quién, le alcanzaría algo de comer; porque la posición de los brazos le impedía pasar por el agujero que daba al comedor, y siempre estaba, por lógica, ausente de nuestra mesa. Yo me inclino a pensar que en realidad no comía.

En ese entonces estábamos dispersos y desconectados, no se llevaba ningún control ya sobre las acciones de nadie, y apenas Eduardo, de vez en cuando, sacaba cuentas. Hablábamos poco, y el Crucificado no llegó a ser tema. Sospecho que todos pensábamos en él, pero por algún motivo no lo discutíamos. Don Pedro, el más ausente, siempre en babia o con su juego de bolitas metálicas, fue el único que en un principio se le acercó, para advertirle con voz un tanto admonitoria que tenía la bragueta desabrochada. El Crucificado esbozó algo parecido a una sonrisa y le dijo que se fuera a la putísima madre que lo recontramilparió, con lo cual el diálogo entre ellos quedó definitivamente interrumpido.

Se mantenía al margen, con esa pose de espantapájaros, y más de una vez pensé con maldad en sugerirle que cumpliera esa función en los sembrados (que dicho sea de paso habíamos descuidado bastante; sólo la gorda se ocupaba del riego, pero a esa altura ya no valía la pena).

De noche entraba al galpón, necesariamente de perfil por lo estrecho de la puerta y le daba mucho trabajo tenderse para dormir. al fin me decidí a ayudarlo en este menester, cosa que nunca me agradeció en forma explícita, y no imagino cómo se levantaba por las mañanas, porque yo dormía hasta mucho más tarde.

Era por todos sabido que el 1° de setiembre Emilia cumpliría los quince, y se aceptaba sin discusión que sería desflorada por Eduardo, como todas ellas. Después Eduardo se desinteresaba, y las muchachas pasaban, o no, a formar alguna pareja más o menos estable con cualquiera del resto.

Emilia era la más deseable y desarrollada: sus 14 años y nueve meses nos tenían enloquecidos. Ella, sin altanería coqueta, dejaba fluir su indiferencia sobre nosotros, incluyendo a Eduardo.

Tenía el pelo negro mate, largo y lacio, un rostro ovalado perfecto, ojos grandes y verdes, y un perfume natural especialmente turbador.

El 21 de julio, a la madrugada, me despertó el revuelo infernal, inusual, del galpón. Cuando logré despejarme vi que estaban en la etapa de fabricar los grandes objetos de madera. Habían encontrado a Emilia montada encima del Crucificado, los dos desnudos. Ahora, a ellos los tenían sujetos, por separado, con cables de antena de televisión. La gorda se ocupaba de los discos, doña Eloísa, baldada como estaba, se había levantado gozosa a preparar mate y tortas fritas, Eduardo dirigía las operaciones, un hervidero de gente en actividad febril.

Finalizados los preparativos la gorda puso la Marsellesa, y a ellos les desataron los cables y cargaron a Emilia con las dos cruces, porque evidentemente el Crucificado no tenía cómo cargar la suya nueva. A mitad del camino del cerro comenzó a insinuarse el amanecer. Era un cortejo nutrido y silencioso, y yo iba a la cola y no pude ver bien lo que pasaba, pero era evidente que les tiraban piedras y los escupían. Algunos transeúntes casuales se sumaron al cortejo, otros siguieron de largo. Yo no estaba conforme con lo que se hacía, pero no es justo que lo diga ahora; en ese momento me callé la boca.

Trabajaron como negros para afirmar las cruces en la tierra, en especial la de Emilia, que era en forma de X. A ella le ataron las muñecas y los tobillos con alambre de cobre, a él simplemente le clavaron la madera de su cruz rota sobre la nueva.

Los pusieron enfrentados, muy próximos entre sí, como a un metro y medio o dos metros. Emilia tenía sangre seca en las piernas y magullones en todo el cuerpo. El cuerpo del Crucificado era una mezcla imposible de marcas viejas y nuevas, cicatrices y cardenales.

Los demás se sentaron sobre el pasto. Comían y escuchaban la radio a transistores. Don Pedro jugaba con sus bolitas. Yo busqué la sombra de un árbol cercano, y miraba el conjunto con mucha pena, y también remordimientos.

Me quedé dormido. Cuando desperté era plena tarde. La escena seguía incambiada. Me acerqué y vi que se miraban, el Crucificado y Emilia, como hipnotizados, los ojos de uno en los ojos del otro. Emilia estaba más linda que nunca, y sin embargo no me despertaba ningún deseo. Los otros se sentían incómodos. De vez en cuando, sin ganas, proferían insultos o les tiraban piedras o alguna porquería, pero ellos parecían no darse cuenta.

Alguien, luego, con un palo, le refregó al Crucificado una esponja con vinagre por la boca. El Crucificado escupió y después dijo, con voz clara y joven que no puedo borrar de mi memoria:

—La otra vez fue un error, me habían confundido, ahora está bien.

Y ya nadie los sacó de mirarse uno a otro, y parecían hacer el amor con la mirada, que se poseían mutuamente, y nadie se animaba ya a decir o hacer nada, querían irse pero no podían, nos sentíamos mal.

Al caer la tarde Emilia había alcanzado el máximo posible de belleza, y sonreía. El Crucificado parecía más nutrido, como si hubiera engordado, y la sangre empezó a manar de sus viejas heridas de los clavos en las manos y de las cicatrices que nunca habíamos notado en los pies; también, por debajo del pelo, manaban hilitos rojos que le corrían por la frente y las mejillas. El cielo se oscureció de golpe. El Crucificado volvió a hablar.

—Padre mío —dijo— por qué me has abandonado.

Y después rió.

La escena quedó estática, detenida en el tiempo. Nadie hizo el menor movimiento. Hubo un trueno, y el Crucificado inclinó la cabeza muerto.

Todos parecían muertos, todos habían quedado en las posiciones en que estaban, la mayoría ridículas. Don Pedro con un dedo metido en la caja de las bolitas.

Me acerqué a la cruz de Emilia y le desaté los pies y las manos, con un trabajo enorme para que no se me cayera y se lastimara. Ella seguía como hipnotizada, la sonrisa en los labios y con su nueva belleza que parecía excederla, como un halo.

Sin querer tuve que manosearla un poco para sacarla de allí; pensé que debería sentirme excitado, pero no era posible, era como si yo no tuviera sexo. A pesar de mi tradicional haraganería la cargué en mis brazos, como a una criatura, y la llevé a la casa. Fue un camino largo, penoso, que mil veces quise abandonar por cansancio, y sin embargo no podía detenerme. Tenía los brazos acalambrados y me dolía la cintura, transpiraba como un caballo. En el galpón la deposité en la cama de Eduardo, que era la mejor, y después me tiré en el suelo, en mi lugar de siempre.

Al otro día Emilia me despertó con un mate. Yo lo tomé, todavía dormido, y después advertí que seguía desnuda y sonriente.

—¿Y ahora qué hacemos? —le pregunté cuando estuve más despierto. Pensaba en el cadáver del Crucificado, en toda la gente momificada allá, en el cerro. Ella se encogió de hombros y me respondió con voz infinitamente dulce:

—Ya nada tiene importancia.

Hizo una pausa, y agregó:

—Espero un hijo. Nacerá dentro de tres días.

Noté, en efecto, que su vientre se había abultado en forma notoria. Me asusté un poco.

—¿Busco un médico? —pregunté, y me contestó con la voz clara, grave y joven del Crucificado.

—No tienes más nada que hacer aquí. Ve por el mundo y cuenta lo que has visto.

Y me dio un beso en la boca.

 Fui al casillero y saqué los guantes blancos y el pullover; me los puse.

—Adiós —dije; y Emilia, sonriendo, me acompañó hasta la puerta. Era una día primaveral y fresco, lleno de luz, hermoso. A los pocos pasos me di vuelta y miré. Ella seguía en la puerta.

No me hizo adiós con la mano. Pero más tarde, en el camino, descubrí que hacía jugar los dedos de mi mano derecha con el tallo de una rosa, roja.


Viven porque están muertos - Francisco Coloane



 Francisco Coloane Cárdenas nació en Quemchi (Chile), en 1910.
Fue cuentista y novelista. Obtuvo, entre otros, los premios: Nacional de Literatura, de Novela Infantil, Municipal de Cuento, de la sociedad de escritores de Chile. También se lo reconoció con: Orden al Mérito Gabriela Mistral y Orden de las Artes y Letras de Francia.. Fue nombrado hijo ilustre de Quemchi.
Falleció en Santiago, en 2002.
 Su obra: El último grumete de la Baquedano, Cabo de Hornos, La Tierra del Fuego se apaga (teatro), Golfo de Penas, Los conquistadores de la Antártica, Tierra del Fuego, Viaje al Este, El camino de la ballena, El chilote Otey y otros relatos, Rastros del guanaco blanco, Crónicas de la India, Velero anclado, Cuentos completos, Los pasos del hombre (memorias), Papeles recortados (escritos sobre su vida en China), Última carta.


Viven porque están muertos 

—El amor es un estado patológico que dura más en los débiles y menos en los fuertes —dijo el joven mirando fijamente a la señora de más o menos cuarenta y cinco años de edad, que estaba a su frente.

La otra mujer, de tipo extranjero, que escuchaba la conversación en el departamento, levantó sus bellos ojos verdes con un parpadeo en el que no se podría decir si había coquetería o súplica.

—No he querido decir precisamente que cuanto menos dure esa afección el hombre sea más fuerte; en algunos la flor del amor no nace por falta de sensibilidad, por estupidez o cretinismo en otros. Hay, pues, en resumen, una escala mínima, un período de duración "standard" para las gentes normales. No se podría decir que ese período fuera de un mes, seis meses o un año; el poeta Daniel de la Vega ha dicho "el amor eterno dura tres meses", tendrá el hombre sus razones para hacer afirmación tan categórica...

El joven hablaba de pie, con cierto escepticismo pedante, a veces, en el que decía "afección", "estado", por amor, y con algún temblor emocionado en la voz, a ratos, cuando se refería a "esa tierna flor". Pero en todo daba la sensación de un hombre exaltado que trataba de no caer en la vulgaridad. Había también algo de hombre herido, cuando se dirigía a la mujer madura, cuyos ojos brillantes miraban altos y fijos escrutando con sinceridad. La dama joven escuchaba con la cabeza baja, al parecer ajena a la charla, pero un temblor imperceptible de la barbilla hubiera revelado a un observador lo hondo que la afectaba aquella conversación.

—Me parece que amé durante veinte años; a veces tal vez por costumbre; pero no sé de amores que han durado toda una vida —contestó la señora.

—Sí, el amor de las solteronas —­replicó el joven­—, de esas solteronas que cuando alguna sobrina indiscreta les pregunta por qué no te casaste, tía, dan un suspiro consabido y responden invariablemente: porque he amado solo a un hombre en mi vida y ese hombre murió en plena juventud.

—Sí, señora ­—continuó—­, esa solterona no tuvo oportunidad de volver a encontrar un amor en su vida, porque se aferró a un fantasma, a una ilusión, a un sentimiento falso, de falsedad absoluta, y que sobrevivía a la ley de los "tres meses" del poeta, solo porque estaba muerto.

—No es prudente aplicar filosofía y leyes al amor ­respondió la dama con aire de superioridad.

El charlador cogió una silla con el ademán del aventurero que llega cansado de un largo viaje y se dispone a contar una de sus aventuras; se sentó, sacó un cigarrillo, lo encendió, afirmó los codos sobre sus rodillas, echó el cuerpo hacia adelante, recogió con un gesto peculiar un mechón rebelde, y dijo:

—Voy a narrarle una historia real, brevemente, en la que se demuestra cómo a veces queda prendido en el ser un vestigio de amor, la colilla de un cariño, a veces una cicatriz y, a pesar de que todo ha concluido, ese ser empieza a construir sobre esa leve base un fuerte sentimiento, una pasión falsa que puede durar toda la vida, como en el caso de aquella solterona, y que en un instante desaparece totalmente al contacto con la realidad.

"Es la historia de un error, el caso de un hombre aferrado a una ilusión que un día la realidad exterminó; pero vamos por parte, comencemos por donde se debe empezar.

"Ella era una extranjera, una joven austríaca de origen judío, que vino a Chile huyendo de los látigos que han arreado a tanta gente desde Europa hacia Occidente.

"La necesidad de tener un apoyo en esa inmensa aventura que significa para una mujer europea atravesar el Atlántico y penetrar en las vastedades de América, hizo que se casara, antes de partir, con un emigrante de su raza y de su ciudad.

"No fue feliz. El hombre era mediocre y no reunía las condiciones de ese espíritu valiente, delicado y audaz que parecía poseer la bella austríaca.

"La travesía del inmenso océano, la llegada a las costas americanas, la primera visión de estos vergeles, encendieron en la hija de la decrépita Europa una luz de vida nueva, la sensación de algo maravilloso que debía realizarse bajo estos nuevos cielos, detrás de estas montañas y de estas selvas que escondían el misterio. Y el marido quedó rezagado, convertido en su justa proporción: la de una cosa que servía solo para cruzar el 'gran charco'.

"¿Sabe usted lo difícil que es realizar la leyenda de la 'media naranja', encontrarse un hombre y una mujer que acoplen en lo material y en lo espiritual, en la misma forma que las mitades de una naranja se junten y establezcan las corrientes de sus fibras y jugos dando vida a un fruto maravilloso?

"Pues bien ­continuó el narrador­, en una casa residencial de Santiago se produjo ese encuentro. Una mañana clara, en el pasillo, se encontraron frente a frente la europea y un joven estudiante de provincia.

"El choque de los ojos fue como el de dos platillos de banda refulgentes al sol, y el amor estalló, súbito, como una nota vibrante entre esos dos seres que de un extremo a otro de la tierra habían venido obedeciendo a una ley de la naturaleza.

"Describir el desarrollo de ese amor sería materia de una labor larga e interesante; pero voy a concretar en una comparación que te parecerá insólita, lo que eran él y ella. Uno un vergel agreste de esta América y la otra una paloma de la civilización un poco cansada con el vuelo a través del mar.

"Eso eran él y ella; en el vergel faltaba cernir la tierra y en la paloma de albas plumas había reminiscencias de aleros milenarios; pero a pesar de ello la naturaleza se había dado el capricho de fabricar a esos dos seres el uno para el otro como las dos medias naranjas del cuento.

"¿Qué sucedió? Pues algo muy sencillo o vulgar: en el amor, cosa tan antigua, ya no hay nada original.

"Siempre he imaginado la pasión como una hoguera al borde de la cual andan rondando una mujer y un hombre; se miran, se invitan, tienen miedo a las llamas; hay un instante supremo en que solo un vaivén los haría caer en el centro del fuego a quemarse, a pulverizarse, a perderse o a renacer, depende de que en ellos haya paja, metal o ave fénix.

"En ese instante de oscilación a veces cae uno solo y el otro queda al borde del abismo. En nuestra historia él cayó dentro de la hoguera, ella se conservó salva en el borde y, con un gran sentido práctico o especulativo, fue alejándose del fuego donde aquél se consumía."

El joven se detuvo para encender otro cigarrillo; en su rostro se notaban las reacciones de una lucha interior que libraba a través del relato. Hablaba como si la dama de los ojos verdes no estuviera en el cuarto. Impetuoso, exaltado, elevaba el hilo de la narración hasta un punto en que parecía una propia confesión, y, otras veces, como esos cambios del sol y sombra que producen las nubes primaverales, retomaba el tono seco, sin emoción, con que comenzara su relato.

—He hecho este símbolo de la hoguera —siguió el narrador— para expresar en síntesis el fondo de los hechos, pues en la superficie el asunto ocurrió de la siguiente manera: Él le pidió que se divorciara y se uniera a él, y ella vaciló.

"Esto es complicadísimo, mi querida amiga ­continuó el joven­ una vez más se comprobó la teoría marxista de que lo espiritual está sometido a lo económico y no olvidemos que ella ascendía de la raza más pragmática del mundo...

"La súplica, el llanto, la humillación, etc., lo hicieron descender ante los ojos de la mujer, la cual se dio cuenta de que el amor desaparecía rápidamente para dar paso a la indiferencia y por último al fastidio.

"¡Sí, señora, al fastidio; el amor puede terminarse por demasiado amor! ¡No hay nada más fastidioso para la víctima que una persona enloquecida por el amor; es como un carnero enfermo que trata de romper a cabezazos una muralla de piedra hasta que cae con los sesos destrozados!

"Cayó en la bebida, en la droga, en la degeneración; pero no era de paja, había en él metales y, como el ave fénix, surgió de nuevo a la vida.

"Hay seres que se levantan del fango más limpios: del vicio resucitan con una retina a través de la cual las cosas adquieren un nuevo color: del dolor con otro sentido para apreciar el valor de la vida.

"Pasaron los años, finalizó sus estudios y se recibió de abogado.

"Otros tiempos, otras paredes, otras caras. Pero hay algunas plantas que son rebeldes al traslado de almácigo, nuestro héroe tuvo varios reventones sentimentales; buscó, le pareció encontrar tierras aptas, pero al final el retoño de amor fatalmente se secaba.

"No pudo encontrar aquel temblor emocional de otros tiempos y este fracaso hacía surgir más fuerte aquella época de pasión y gozo pasada junto a la bella mujer.

"Al fondo de todos los caminos por donde iba en busca de otros amores, surgía inexorable la imagen de aquella, hasta que se convenció de que estaba tarado para amar; de que la única mujer, tal vez, que pudo haber amado fue la fatal austríaca.

"Hombre templado al fin, resolvió realizar el camino de este mundo con esa tara sentimental como a quien le ha salido una verruga en la nariz y la lleva con tal resolución, que pasa a tomar parte de su personalidad. Así llevó esa especie de melancolía que lo acompañó desde entonces, como una característica natural de su persona.

"¡Y aquí viene mi teoría, señora! —dijo el joven frotándose las manos y pasando a un tono risueño—. ¡Necesitaríamos vivir mil años para establecer las leyes de un solo corazón humano!
Un buen día recibe un llamado telefónico. A través de la vibración mecánica de una voz, reconoció el timbre cálido de ella, que lo citaba para la tarde siguiente.

"Nuestro protagonista pasó una noche inquieta. Una mujer que no veía durante años, la bella austríaca a cuyo recuerdo se había acostumbrado como una cosa sucedida en otra vida, surgía de pronto, en aquel llamado telefónico, con los mismos fuegos donde él quemara su vida.

"¿Me necesita simplemente para algún asunto que nada tiene que ver con aquel amor? ¿Me habrá amado en la misma forma en que yo la he amado y hoy una crisis ha quebrado su resistencia, llamándome?

"A medida que se formulaba estas preguntas notaba que su reciedumbre se iba desplomando. El hilo telefónico se le había incrustado en los nervios, y la voz de la mujer, como una carga galvánica allá en el otro extremo del cobre hacía resucitar aquel cadáver de amor, aquella pasión muerta, cual una rata de laboratorio revivida por ese procedimiento.

"¿Y si una cruel curiosidad femenina, comprobar que aún tenía influencia sobre ese corazón de varón, era la causa de la cita?

"Por fin llegó la hora de despejar todas las dudas.

"El encuentro fue sereno. Dos miradas intensas trataron de pulsar los estados de ánimo. Un saludo cortés y empezaron a pasear por un sendero del parque de Providencia, entre remansos de follajes arreglados con una elegante rusticidad.

"Un silencio presente como un ser los acompañaba. La tarde poco a poco fue cayendo con su penumbra. El silencio se convirtió en un estado tenso que cada cual esperaba que el otro interrumpiera; pero ninguno se atrevía a romper aquello con una palabra que hubiera sonado con el tono hueco y deshumanizado de los ecos en algunos oquedales.

"Él paliaba aquella tensión mirando al cielo donde las primeras estrellas empezaban a rutilar y ella, con la cabeza baja, contemplaba la tierra oscura y cercana.

"De pronto, suavemente, apoyó su mano en el brazo de él. Estuvo a punto de temblar, apretó los dientes y los puños hasta hundirse las uñas en las carnes y así contuvo el temblor que pudo haberlo traicionado. Pero un hormigueo inundó todo su cuerpo. Una presión voluntariosa fue librándolo hasta adquirir otra vez su aplomo.

"Ella, por suerte, no notó el estado de angustia por el que acababa de pasar su acompañante; si lo hubiera notado, se habría salvado de caer vencida en esa lucha por la dominación que encierra todo amor.

"Usted verá, señora, que el amor es recíproco solo en su primera etapa; después, uno ama más y el otro solo se deja amar; la pasión generalmente empieza cuando ya existe una completa indiferencia en uno de los sujetos —afirmó el joven.

"Una luna brillante ascendió por detrás de la cordillera, del río vino una brisa suelta que se perdió entre el follaje, removiéndolo, y todo pareció complotarse para un instante romántico.

"Eran dos inteligencias despiertas que entablaron una lucha para no ceder a ese instante; una lucha en la que intervenían la naturaleza, el ambiente de aquella hora y esos dos corazones debilitados por un estado de ánimo especial.

"Trataron así de no ser cogidos por la oleada romántica del caer de la noche.

"Para descargarse de la espesa fuerza sentimental que provenía de la tierra, de las sombras, de los juegos de luz del follaje, etc., se detuvieron de súbito y se miraron, interrogantes, a los ojos.

"Los dos tenían una palabra fría, tal vez vulgar, sin importancia ni asunto, para quebrar aquel embrujo de la hora, pero se les quedó atravesada en la garganta ante el encuentro de los ojos y no resistieron. La naturaleza, la hora, el ambiente, triunfaron.

"Un beso largo y sostenido contuvo todos aquellos años de separación y dio salida a la tensión del momento.

"Ella confesó haber sido un poco cruel, calculadora. Dijo que una seguridad demasiado grande en el amor de él, se había desviado en un extraño sentimiento de crueldad, algo parecido al goce de los flagelados.

"¡Sí, señora ­se interrumpió el joven­ hay flageladores del espíritu, de los sentimientos, que flagelan a los seres que aman! ¡El amor lleva un pequeño engendro de odio, y ay del día en que el diminuto monstruo se desarrolle o se refuerza en ciertos apasionantes temperamentos!

"Se había divorciado, y el conocimiento de otros hombres le había demostrado la grandeza de ese primer amor, dándose cuenta del error que había cometido al dejarlo.

"Se entregaron esa noche con todo el bagaje de recuerdos y sentimientos que había acumulado el pasado; pero al día siguiente, nuestro protagonista amaneció como uno de esos cajones cordilleranos que un día despejado, aparecen al otro revueltos de nubes.

"¿Era la felicidad que se había desplomado tan de golpe sobre él, atontándolo? ¿Era un resabio cauteloso ante una posible nueva jugada de la flageladora? ¿Qué había, pues, en esa desazón sentida solo en algunos días melancólicos de la lejana adolescencia? ¿Amaba ahora solo la carne de aquella mujer y no al espíritu que la animaba?

"Recordaba que algo, en un instante, había pasado esa noche. Algo terrible, semejante solo a esa desesperanza que nos produce la muerte cuando nos arrebata el misterio que amábamos, dejándonos solo la basofia de la carne inerte.

"A través de los días fue sedimentándose una verdad: ¡No la amaba!

"El tiempo había hecho desaparecer aquel amor; pero la quemadura de la hoguera había dejado su cicatriz y sobre ella se había construido un sentimiento falso, una creencia que se encargó la propia causante de destruir. Fue un fantasma que se esfumó al primer contacto con la realidad.

"¡Sí, señora! ­continuó el narrador, subiendo el tono de la voz, ya exaltado, para finalizar proclamando la tesis de su historia­. El amor eterno dura tres meses, como dijo el poeta, los otros son amores falsos que se fincan en una herida, en una cicatriz, como hongos malsanos de los cuales debemos precavernos! ¡Son, en fin, el caso de las solteronas cuyos amores viven, porque están muertos! ¡Si un día se levantara de la tumba alguno de esos adolescentes amados, estoy seguro de que estas viejas ya no sentirían nada por él! ¡Sí, solo viven porque están muertos!"

Oculto el rostro con un pañuelo, la mujer de los ojos verdes atravesó presurosa el departamento y fue a encerrarse en su cuarto.

­¡Es usted cruel, tenía la cara arrasada de lágrimas y no sé cómo pudo resistir hasta el final el relato! —dijo la dama y continuó dirigiéndose al joven— . Más cruel que ella, porque ella lo ama intensamente y usted, al parecer de su teoría, no la quiere ya...

El joven tomó su sombrero y se despidió de la señora.

Pero al llegar a la calle una brisa refrescó su faz, y junto a la agradable reacción nació una duda:

¿Y si todo lo que he dicho no fuera ahora cierto? ¿Acaso uno odia, sufre o goza permanentemente? ¿Acaso en una sola hora uno puede tener todas las variaciones del alma, todas las contradicciones del corazón humano, mientras la forma, la acción, es una sola y permanente, y por lo tanto, falsa también?

Dio media vuelta y volvió sobre sus pasos.


Rompecabezas - Gabriel García Márquez


 Gabriel José de la Concordia García Márquez nació en Aracataca, Colombia, el 6 de marzo de 1927.

  Es escritor, guionista y periodista. Se lo reconoce mundialmente por su incursión en el realismo mágico.

Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1982. 
Falleció en México, en 2014.


Su obra:

 La tercera resignación,  La otra costilla de la muerte, Eva está dentro de su gato, Amargura para tres sonámbulos, Diálogo del espejo, Ojos de perro azul, La mujer que llegaba a las seis, Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles; Alguien desordena estas rosas, La noche de los alcaravanes, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, La siesta del martes, Un día de éstos, En este pueblo no hay ladrones, La prodigiosa tarde de Baltazar, La viuda de Montiel, Un día después del sábado, Rosas artificiales, Los funerales de la Mamá Grande, Un señor muy viejo con unas alas enormes, La luz es como el agua, El mar del tiempo perdido, El ahogado más hermoso del mundo, El último viaje del buque fantasma, Blacamán el bueno vendedor de milagros, Muerte constante más allá del amor, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, Doce cuentos peregrinos, La hojarasca, El coronoel no tiene quien le escriba, La mala hora, Los funerales de mamá grande, Cien años de soledad, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, Relato de un náufrago, Cuando era feliz e indocumentado; Chile, el golpe y los gringos; El otoño del patriarca, De viaje por los países socialistas, Noticia de un secuestro, Crónica de una muerte anunciada, Del amor y otro demonios, El amor en los tiempos de cólera, La aventiura de Miguel Littín clandestino en chile, El general y su laberinto, Del amor y otro demonios, Vivir para contarla, Memoria de mis putas tristes, No vengo a decir un discurso, Textos costeños, Entre cachacos, De Europa y América, Por la libre, Notas de prensa, Viva Sandin,  El secuestro, El olor de la guayaba, El asalto.

Rompecabezas


Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos...

Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas.

Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su atención.

De repente se encontró con una revista, en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo:

—Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie.

Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así.

Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente:

—Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo.

Al principio el padre no creyó en el niño. Pensó que sería imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares.

¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz?

De esta manera, el padre preguntó con asombro a su hijo:

—Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo lograste?

—Papá —respondió el niño—, yo no sabía como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo.

El horno - Joaquín Gómez Bas


Joaquín Gómez Bas nació en Cangas de Onís, Asturias, España, en 1907.
Escritor, pintor y guionista de cine español. Residió en la Argentina, y fue miembro de la Academia Porteña del Lunfardo.
Murió en Argentina en 1984.
Su obra: 
Narrativa: Barrio gris, Oro bajo, La Comparsa, La Gotera, La Resaca, La Guitarra, Faroles en la niebla, Suburbio.
Poesía: Birlibirloque, La tarántula ciega. 




El horno

Era un invierno criminalmente frío. La idea se le ocurrió al abrir la tapa del horno y sentirse envuelto en una ola de aire caliente, achicharrante. Sería un verdadero negocio envasarlo y venderlo.

Lo puso en práctica en seguida. Salió a la calle con un carrito de mano y casa por casa fue adquieriendo a precios de pichincha centenares de botellas vacías. Ya en su casa, encendió el gas del horno y aguardó a que se elevara la temperatura interior. Cuando consideró logrado el punto conveniente, abrió, metío la cabeza dentro, aspiró el aire abrasante y lo sopló en la primera botella, que tapó justamente con un corcho. Repitió el procedimiento con unas cuantas y salió a venderlas.

Hizo un negocio redondo. Las vendía en cajones de doce botellas cada uno y no daba abasto. Lo único en contra era que de tanto meter la cabeza en el horno había perdido en reiteradas chamusquinas, el pelo de la cabeza, de las cejas y del bigote. Sin embargo, no desistía. Ganaba mucho dinero. No era cuestión de abandonar semejante ganga por pelos de más o de menos.

Un día sintió cierta picazón en una oreja y al intentar rascársela se le desprendió convertida en ceniza. Lo mismo le pasó con la otra a la semana siguiente, y más tarde con la nariz, el cuero cabelludo, la piel de la cara y los párpados. Inexplicablemente, conservó hasta el final los labios. Cuando éstos también se le cayeron le resultó imposible soplar el aire caliente dentro de las botellas. Y se le acabó el negocio.

El Anti-Lázaro - Nicanor Parra


 
Nicanor Parra Sandoval nació en San Fabián, provincia de Ñuble, Chile, en 1914. 
Poeta y matemático.  Su obra literaria ha tenido una profunda influencia en la literatura hispanoamericana. Se lo concidera el creador de la antipoesía. 
Ganó el "Premio Nacional de Literatura" y el "Premio Cervanres".  
Su obra: Cancionero sin nombre, Poemas y antipoemas, La cueca larga, Antipoemas, Versos de salón, Manifiesto, Canciones rusas, Los vicios del mundo moderno, Obra gruesa, Los profesores, Artefactos, Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, Nuevos sermones y prédicas del Cristo de Elqui, El anti-Lázaro, Poema y antipoema de Eduardo Frei; Cachureos, ecopoemas, guatapiques, últimas prédicas; Chistes pa/r/rá desorientar a la policía/poesía, Coplas de Navidad, Poesía política, Hojas de Parra, Poemas para combatir la calvicie, Objetos prácticos, más tarde calificados de Artefactos visuales, Nicanor Parra tiene la palabraPáginas en blanco; Artefactos visuales, dirección obligada, Lear Rey & Mendigo,  Discursos de sobremesa.


 El Anti-Lázaro

Muerto no te levantes de la tumba qué ganarías con resucitar
una hazaña
                          y después
                                            la rutina de siempre
no te conviene viejo no te conviene

el orgullo la sangre la avaricia
la tiranía del deseo venéreo
los dolores que causa la mujer

el enigma del tiempo
las arbitrariedades del espacio

recapacita muerto recapacita
que no recuerdas cómo era la cosa?
a la menor dificultad explotabas
en improperios a diestra y siniestra

todo te molestaba
no resistías ya
ni la presencia de tu propia sombra

mala memoria viejo ¡mala memoria!
tu corazón era un montón de escombros
-estoy citando tus propios escritos-
y de tu alma no quedaba nada

a qué volver entonces al infierno del Dante
¿para que se repita la comedia?
qué divina comedia ni qué 8/4
voladores de luces - espejismos
cebo para cazar lauchas golosas
ese sí que sería disparate

eres feliz cadáver eres feliz
en tu sepulcro no te falta nada
ríete de los peces de colores

aló - aló me estás escuchando?

quién no va a preferir
el amor de la tierra
a las caricias de una lóbrega prostituta
nadie que esté en sus 5 sentidos
salvo que tenga pacto con el diablo

sigue durmiendo hombre sigue durmiendo
sin los aguijonazos de la duda
amo y señor de tu propio ataúd
en la quietud de la noche perfecta
libre de pelo y paja
como si nunca hubieras estado despierto

no resucites por ningún motivo
no tienes para qué ponerte nervioso
como dijo el poeta
tienes toda la muerte por delante

 

El hambre - Manuel Mujica Láinez


 
Manuel Bernabé Mujica Láinez nació en Buenos Aires, Argenitna, en 1910. 
Fue escritor, biógrafo, crítico de arte y periodista. 
Falleció en Córdoba, Argentina, en 1984.
 Premios: Gran Premio de Honor de la SADE a su novela La casa, Premio Nacional de Literatura en por su novela Bomarzo, La Legión de Honor del Gobierno de Francia, Ciudadano ilustre de Buenos Aires.
Su obra: Luis XVII; Glosas castellanas, ensayos; Don Galaz de Buenos Aires; Miguél Cané (padre), biografía; Canto a Buenos Aires, poemas. Edición Kraft Ltda.; Vida de


El hambre

Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.
Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.
Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador.
El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.
¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.

Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?
El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay... no lo hay... Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.
El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces...
Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.

Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas... Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más...
Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto.A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester...
Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.
El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.

Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.
Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación... Si el genovés se fuera de una vez por todas... de una vez por todas... ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad...
No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.