Una esperanza - Amado Nervo




Amado Nervo nació en México en 1870. Falleció en Montevideo, Uruguay en 1919.
En su juventud quiso ser clérigo, pero su amor a la poesía más la influencia de Gutiérrez Nájera, «La revista azul» y «Revista moderna», lo llevaron a integrar el ímpetu del modernismo americano.
Sus libros más destacados son: «Serenidad» «Elevación», «Plenitud» y «La amada inmóvil».

 


Una esperanza

I


En un ángulo de la pieza, habilitada de capilla, Luis, el joven militar y, abrumado por el paso su mala fortuna, pensaba.

Pensaba en los viejos días de su niñez, pródiga en goces y rodeada de mimos, en la amplia y tranquila casa paterna, uno de esos caserones de provincia, sólidos, vastos, con jardín, huerta y establos, con espaciosos corredores, con grandes ventanas que abrían sobre la solitaria calle de una ciudad de segundo orden (no lejos, por cierto, de aquella en que él iba a morir), sus rectángulos cubiertos por encorvadas y potentes rejas, en las cuales lucía discretamente la gracia viril de los rosetones de hierro forjado.

Recordaba su adolescencia, sus primeros ensueños, vagos como luz de estrellas, sus amores cristalinos, misteriosos, asustadizos como un cervatillo en la montaña y más  pensados que dichos, con la güerita de enagua corta, que apenas deletreaba los libros y la vida...

Luego desarrollábase ante sus ojos el claro paisaje de su juventud fogosa; sus camaradas alegres y sus relaciones ya serias con la rubia de marras, vuelta mujer y que ahora reza sin duda porque vuelva.

¡Ay!, en vano, en vano...

Y, por último, llegaba a la época más reciente de su vida, al

período de entusiasmo patriótico, que le hizo afiliarse al Partido Liberal, amenazado de muerte por la Reacción, ayudada en esta vez de un poder extranjero y que, después de varias escaramuzas y batallas, le había llevado a aquel espantoso trance.

Cogido con las armas en la mano, hedió prisionero y ofrecido con otros compañeros a trueque de las vidas de algunos oficiales reaccionarios había visto desvanecerse su última esperanza, en virtud de que la proposición, cuando correligionarios, habían fusilado ya a los prisioneros conservadores.

Iba, pues, a morir. Esta idea que había salido por un instante de la zona de su pensamiento, gracias a la excursión amable por los sonrientes recuerdos de la niñez y de la juventud, volvía de pronto, con todo su horror, estremeciéndole de pies a cabeza.

Iba a morir... ¡a morir! No podía creerlo, y, sin embargo, la verdad tremenda se imponía: bastaba mirar alrededor: aquel altar improvisado, aquel Cristo viejo y gesticulante sobre cuyo cuerpo esqueletado caía móvil y siniestra la luz amarillenta de las velas, y, ahí cerca, visibles a través de la rejilla de la puerta, las cantinelas de vista... Iba a morir, así, fuerte, joven, rico, amado... ¡Y todo por qué! Por una abstracta noción de patria y de partido... ¿Y qué cosa era la patria? Algo muy impreciso, muy vago para él en aquellos momentos de turbación, en tanto que la vida, la vida que iba a perder, era algo real, realismo, definido... ¡era su vida!

¡La Patria! ¡Morir por la Patria! —pensaba—. Pero es que ésta, en su augusta y divina inconsciencia, no sabrá siquiera que he muerto por ella...

“¡Y que importa, si tú lo sabes!” —le replicaba allá dentro un subconsciente misterioso—. “La Patria lo sabrá por tu propio conocimiento, por tu pensamiento propio, que es un

pedazo de su pensamiento y de su conciencia

colectiva... Eso basta...”.

No, no bastaba eso... y sobre todo, no quería morir: su vida era “muy suya” y no quería que se la quitaran. Un formidable instinto de conservación se sublevaba en todo su ser y ascendía incontenible, torturador y lleno de protestas.

A veces, la fatiga de las prolongadas vigilias, la intensidad de aquella sorda fermentación de su pensamiento, el exceso

mismo de la pena, le alumbraban y dormitaban un poco; pero

entonces, su despertar brusco y la inmediata, clarísima y repentina noción de su fin, un punto perdida, eran un tormento inefable, y el cuitado, con las manos sobre el rostro, sollozaba con un sollozo que llegando al oído de los centinelas, hacíales asomar por la rejilla sus caras atezadas, en las que se leía la secular indiferencia del indio.



II

Se oyó en la puerta un breve cuchicheo y en seguida ésta se abrió dulcemente para dar entrada a un sombrío personaje, cuyas ropas se diluyeron casi en el Negro de la noche, que vencía las últimas claridades crepusculares.

Era un sacerdote.

El joven militar, apenas lo vio, se puso en pie y extendió hacia él los brazos como para detenerle, exclamando:

—¡Es inútil, padre, no quiero confesarme!

Y sin aguardar a que la sombra aquella respondiera, continuó con exaltación creciente:

—No, no me confieso, es inútil que venga usted a molestarme. ¿Sabe usted lo que quiero? Quiero la vida, que no me quítenla vida: es mía, muy mía y no tienen derecho de

arrebatármela... Si son cristianos, ¿por qué me matan? En vez de enviarle a usted a que me abra las puertas de la vida eterna, que empiecen por no cerrarme las de ésta... No quiero morir, ¿entiende usted?, me rebelo a morir: soy joven, muy sano, soy rico, tengo padres y una novia que me adora; la vida es bella, muy bella para mí... Morir en el campo de batalla, en medio del estruendo del combate, al lado de los compañeros que luchan, enardecida la sangre por el sonido del clarín... ¡bueno, bueno! Pero morir, oscura y tristemente, pegado a la barda mohosa de una puerta, en el rincón de una

sucia plazuela, a las primeras luces del alba, sin que nadie sepa siquiera que ha muerto uno como los hombres... ¡padre, padre, eso es horrible!

Y el infeliz se echó en el suelo, sollozando.

—Hijo mío —dijo el sacerdote cuando comprendió que podía ser oído—: yo no vengo a traerle a usted los consuelos de la religión; en esta vez soy emisario de los hombres y no de Dios, y si usted me hubiese oído con calma desde un principio, hubiera usted evitado esa exacerbación de pena que le hace sollozar de tal manera. Yo vengo a traerle justamente la vida, ¿entiende usted?, esa vida que usted pedía hace un instante con tales extremos de angustia... ¡la vida que es para usted tan preciosa! Óigame con atención, procurando dominar sus nervios y sus emociones, porque no tenemos tiempo que perder: he entrado con el pretexto de confesar a usted y es preciso que todos crean que usted se confiesa: arrodíllese, pues, y escúcheme. Tiene usted amigos poderosos que se interesan por su suerte; su familia ha hecho hasta lo imposible por salvarlo, y no pudiendo obtenerse del jefe de las armas la gracia de usted, se ha logrado con graves dificultades e incontables riesgos sobornar al jefe del pelotón encargado de fusilarle. Los fusiles estarán cargados sólo con

pólvora y taco; al oír el disparo, usted caerá como los otros, los que con usted serán llevados al patíbulo, y permanecerá inmóvil. La oscuridad de la hora le ayudará a representar esta comedia. Manos piadosas —las de los Hermanos de la Misericordia, ya de acuerdo—le recogerán a usted del sitio en cuanto el pelotón se aleje, y le ocultarán hasta llegada la

noche, durante la cual sus amigos facilitarán su huida. Las tropas liberales avanzan sobre la ciudad, a la que pondrán sin duda cerco dentro de breves días. Se unirá usted a ellas sí gusta. Conque... ya lo sabe usted todo: ahora rece en voz alta el “Yo pecador”, mientras pronuncio la formula de la absolución, y procure dominar su júbilo durante las horas que faltan para la ejecución, a fin de que nadie sospeche la verdad.

—Padre —murmuró el oficial, a quien la impresión de una alegría loca permitía apenas el uso de la palabra—, ¡que Dios lo bendiga! –y luego, presa súbitamente de una duda terrible—: Pero... ¿todo esto es verdad?... —añadió temblando—. ¿No se trata de un engaño piadoso, destinado a endulzar mis últimas horas? ¡Oh, eso sería inicuo, padre!

—Hijo mío, un engaño de tal naturaleza constituiría la mayor de las infamias, y yo soy incapaz de cometerla...

—Es cierto, padre, perdóneme, no sé lo que digo, ¡estoy loco de júbilo!

—Calma, hijo, mucha calma y hasta mañana; yo estaré con usted en el momento solemne.



III

Apuntaba apenas el alba, una alba desteñida y friolenta de febrero, cuando los reos —cinco por todos— que debían ser ejecutados, fueron sacados de la prisión y conducidos, en  compañía del sacerdote, que rezaba con ellos, a una plazuela terregosa y triste, limitada por bardas semiderruidas y donde era costumbre llevar a cabo las ejecuciones.

Nuestro Luis marchaba entre ellos con paso firme, con erguida frente; pero llena el alma de una emoción desconocida y de un deseo infinito de que acabase pronto aquella horrible farsa.

Al llegar a la plazuela, los cinco reos fueron colocados en fila, a cierta distancia, y la tropa que los escoltaba, a la voz de mando, se dividió en cinco grupos de a siete hombres, según

previa distribución hecha por el cuartel.

El coronel del cuerpo, que asistía a la ejecución, indicó al sacerdote que desde la prisión había ido exhortando a los reos, que los vendara y se alejase luego a cierta distancia. Así

lo hizo el padre y el jefe del pelotón dio las primeras órdenes con voz seca y perentoria.

La leve sangre de la aurora empezaba a teñir con desmayo melancólico las nubecillas del oriente y estremecían el silencio de la madrugada los primeros toques de una campanita cercana que llamaba a misa.

De pronto una espera rubricó el aire, una detonación formidable y desigual llenó de ecos la plazuela, y los cinco ajusticiados cayeron trágicamente en medio de la penumbra semirrosada del amanecer.

El jefe del pelotón hizo en seguida desfilar a los soldados con la cara vuelta hacia los reos y con breves órdenes organizó el regreso al cuartel, mientras que los Hermanos de la Misericordia se apercibían a recoger los cadáveres.

En aquel momento, un granuja de los muchos mañaneadores que asistían a la ejecución, gritó con voz destemplada, señalando a Luis, que yacía cuan largo era al pie del muro:

—¡Ese está vivo! ¡Ese está vivo! Ha movido una pierna...

El jefe del pelotón se detuvo, vaciló un instante, quiso decir algo al pillete; pero sus ojos se encontraron con la mirada interrogadora, fría e imperiosa del coronel, y desnudando la gran pistola Colt que llevaba ceñida, avanzó hacia Luis, que presa del terror más espantoso, casi no respiraba, apoyó el cañón en su sien izquierda e hizo fuego.







Cuento de horror - Juan José Arreola






 Juan José Arreola Zúñiga, escritor mexicano. Nació en Zapotlán el Grande —hoy Ciudad Guzmán—, Jalisco en 1918.
Murió en 2001 en Guadalajara.
Fue escritor, académico y editor.
Su obra: Varia invención, Confabulario, La feria, Palindroma, Bestiario, Inventario, Confabulario personal.
 






Cuento de horror


La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones.



Los estornudos - Conrado Nalé Roxlo

 
Conrado Nalé Roxlo nació en Buenos Aires en 1898. 
Fue escritor, periodista, guionista y humorista. 
Recibió el premio Nacional de Literatura y el Gran Premio de Honor de la SADE. 
Falleció en 1961.
Cultivó también la poesía y la literatura juvenil y dirigió la revista Don Goyo y el semanario Esculapión
Obra: El grillo y otros poemas, La escuela de las hadas, Estraño accidente, Mi pueblo y Las puertas del purgatorio.



 Los estornudos



Los estornudos no suelen traer nada bueno, decían las viejas de antes, y tenían razón; pues lo que traen o anuncias, rapé aparte, es un resfriado. Pero yo sé de unos estornudos que fueron el soplo inspirador de cierta notable pieza literaria; y eso que no fueron musicales expresiones de una nariz célebre por su belleza, como la de Cleopatra, cosa que habría justificado un madrigal, sino rotundas explosiones de las de un chinito, bastante retobado él, inspector de escuelas provinciales. Misterios de la poesía que la ciencia no se explica.

Las cosas ocurrieron así.

El señor inspector penetró en el aula, y, tras de retribuir con una sonrisa de vinagre de luto los almíbares que se desparramaban por la bondadosa cara de la señorita Italia Migliavacca, mi inolvidable maestra de primeras letras, subió a la tarima, tarima que crujió gentilmente para ponerse a tono con los zapatos amarillos del señor inspector. Y vino, naturalmente, una alocución, como ellos dicen.

—Niños que en este ámbito del saber primario sorbéis las materias como la enredadera sorbe el sol... ¡atchís!

—¡Salud, señor inspector! —prorrumpió la clase en pleno.
El inspector pasó una mirada furibunda por los bancos mientras se llevaba a su importante apéndice nasal un pañuelito muy bien planchado, que luego volvió a doblar y colocar en el bolsillo superior de su saco negro con trencilla, y retomó el hilo del discurso:
—¡El sol!..., ¡el sol!... ¡atchís!
Martirena me dijo por lo bajo, pero de modo que sonó bien alto:
—Debe ser un resfrío de sol...
El inspector intentó matarlo de una mirada y continuó:
—El sol o, mejor dicho, sus rayos, llamados también irradiación febea... ¡atchís!
—¡Salud, señor inspector! —volvimos a decir a coro, creyendo proceder muy correctamente. La señorita nos hacía señas de que no insistiéramos, pero nosotros éramos muy bien educados y no perdonábamos estornudo. Y éstos se sucedían cada vez con mayor frecuencia, y el inspector, par retomar el hilo de la perorata, tenía antes que retomar el hilo del pañuelo, suponiendo que lo fuera. Hasta que, con un violento "buenas tardes", se despidió y se fue como una tromba a ponerse sinapismos, sin duda.
Ya alejado el ogro, la clase en pleno soltó la carcajada, y muchos se pusieron a estornudar por burla.
—Niños —dijo severamente la señorita Italia—, nunca debemos burlarnos de los defectos físicos del prójimo.
Y para aleccionarnos trajo al día siguiente, pues era repentista, la fábula que va a leerse y que felizmente guardo entre mil cuadernos escolares.
EL CANARIO Y EL JAMELGO
Cierto coche de punto,
también puede llamárselo de plaza,
que formaba conjunto
con un jamelgo de raída traza,
y un anciano cochero, en el pescante,
detúvose delante
de una pajarería en cuya puerta
un canario, infatuado tenorino,
con sutil artificio,
sacaba dulce trino
de melodías rico
de su órgano bucal al orificio
también llamado pico.
El equino aludido,
cuyo nombre vulgar era "Pirincho",
no con mala intención, de distraído,
dejó escapar un natural relincho.
(Expresión incorrecta, sea dicho,
mas perdonable en tan humilde bicho).
La gente que lo oyó, de baja estofa,
elogiando al canario melodioso
cubrió al jamelgo de improperio y mofa.
Pasó el tiempo premioso,
y ambas bestias murieron a su hora,
y escuchad, niños, lo que viene ahora.
El canario, ya inútil, fue a parar
a infecto muladar,
y, en cambio, con las tripas del rocín
hicieron varias cuerdas de violín,
en que un artista joven
interpretó a Mozart, Verdi, Beethoven.
MORALEJA
No desprecies, ¡oh, niño!, al que algún día
estornudó en momento inadecuado,
pues, como aquel caballo mal juzgado,
puede esconder torrentes de armonía.



 




Tan Hombre - Alejandra D'Atri



Nació en Buenos Aires, en el barrio de Palermo. Es Traductora Pública y Profesora Universitaria de Inglés. Especializada en español para extranjeros, dirige una escuela de español desde 2004. Si bien su relación con la literatura comenzó de muy joven, su paso por la universidad definió su vocación. Actualmente corrige su novela Selma. Fue jurado en el concurso "Cuentos en Acción", organizado por el Colegio IMEI de Cañuelas en 2008.

Obra:

Es coautora —junto a Paula Jansen, Victoria Fargas, Gladis Lopez Riquert y Claudia Cortalezzi— del libro Cinco mujeres y otra cosa, editorial La Letra M, 2014.

Tan Hombre



¿Cómo hago? —se preguntó Estela—. ¿Cómo hago para ocultar el moretón que se me desparrama debajo del ojo?
Y bueno, la trompada de la mañana vaya y pase. Pero, cuando volviese Joaquín, ella ya sabría cómo evitar la trompada de la tarde: por estúpida que fuese, Estelita había concebido un plan.
Pegó un vistazo alrededor, esa pieza rasposa. Qué ironía. Toda su vida esperando la fiesta, el vestido, el anillo de matrimonio. ¿Y para qué? ¿Para tener vergüenza de salir a la calle?
Pero las cosas no iban a quedar así, no podían quedar así. Ya le enseñaría ella a tratar a las mujeres. La plancha ya debía estar a punto.
Viernes, Joaquín. Hoy es viernes. Llegarás a las ocho.
Estela se acercó a la puerta de calle y la cerró con doble vuelta. Y dejó la llave en la cerradura.
Tus pesados pasos se detendrán del otro lado, en el umbral. Y no podrás entrar así nomás. Tendrás que hacer lo que tanto te enfurece: tendrás que tocar el timbre, me llamarás a voz en cuello, darás puñetazos contra la puerta… Pero será inútil: yo no saldré a tu encuentro. Entonces patearás la puerta, volverás a llamarme, a putearme de arriba a abajo. Y esta vez la pelotuda —pelotuda que quizá también sea cornuda, dicho sea de paso— no acudirá al llamado del amo, no señor. Buscarás un cigarrillo en tu bolsillo derecho y te quedarás esperando. Te sacarás la campera —por hacer algo, nomás—, la tirarás al piso, volverás a gritar abrí pedazo de yegua de mierda y la reputa madre que te parió. Pero yo no saldré a tu encuentro. En cambio, te estaré esperando detrás de la puerta, con esta plancha para bifes en la mano, como la empuño ahora y la levanto antes de abrirte, la plancha bien calentita después de una hora de hornalla, en seco.
Primero, repuesto de la sorpresa —no todos los días la puerta de calle se abre sola—, asomarás la punta de tu bota, cauteloso —Buenos Aires está terrible, ¿no?—. Después pronunciarás mi nombre en voz baja —yo, bien detrás de la puerta como en las películas, ni bola—, extenderás un brazo tanteando el interruptor de la luz. Tratarás de empujar la puerta bien abierta para darte paso, no te explicarás por qué no cede. Y cuando te vuelvas hacia mí… te voy a estampar la plancha caliente en medio de tu linda carita, de tu carita de mierda de machista inmundo, mirá. Y entonces vamos a ver quién es el más maricón de los dos. Porque yo no sabré aguantar tus “fuertes caricias”, pero vos… no creo que puedas resistir la mía, y encima si te la encajo de canto. No sólo te quedará hecha bosta esa carita de ángel por el machucón: el hierro al rojo vivo no perdona a los carilindos.
Abro. Ya estás —ya estoy— a punto. 
—¡Estela! —la voz del bruto llegó hasta ella como un latigazo—. Estela, y la puta madre, dónde carajo te metiste, pelotuda. ¡Estela!
—Aquí, querido, aquí estoy. Justo me agarraste de camino a la cocina. Pensaba hacerte unos bifecitos, mi amor.
No hay caso, pensó Estelita. Cada vez que lo veo, tan hombre, este tipo me puede.


Una carta a Dios - Gregorio López y Fuentes


 Gregorio López y Fuentes nació en 1899, en El Mamey, rancho cercano a Zontecomatlán, en Veracruz, México.
Incursionó en la novela, la poesía, el periodismo y la crónica, donde se refirió a la Revolución mexicana.
Fue maestro de literatura en la Ciudad de México. Escribió para el diario El Universal, bajo el seudónimo "Tulio F. Peseenz". 
El nombre del municipio en donde nació fue renombrado como Zontecomatlán de López y Fuentes en su honor.
Primer Premio Nacional de Literatura en 1935 por su novela El indio
Falleció en la ciudad de México, en 1966.
Su obra: Claros de selva, El vagabundo, El alma del poblacho, Campamento, Tierra, Mi general, El indio, Arrieros, Huasteca, Una carta a Dios.

 Una carta a Dios


La casa —única en todo el valle— estaba subida en uno de esos cerros truncados que, a manera de pirámides rudimentarias, dejaron algunas tribus al continuar sus peregrinaciones... Entre las matas del maíz, el frijol con su florecilla morada, promesa inequívoca de una buena cosecha.
Lo único que estaba haciendo falta a la tierra era una lluvia, cuando menos un fuerte aguacero, de esos que forman charcos entre los surcos. Dudar de que llovería hubiera sido lo mismo que dejar de creer en la experiencia de quienes, por tradición, enseñaron a sembrar en determinado día del año.
Durante la mañana, Lencho —conocedor del campo, apegado a las viejas costumbres y creyente a puño cerrado— no había hecho más que examinar el cielo por el rumbo del noreste.
—Ahora sí que se viene el agua, vieja.
Y la vieja, que preparaba la comida, le respondió:
—Dios lo quiera.
Los muchachos más grandes limpiaban de hierba la siembra, mientras que los más pequeños correteaban cerca de la casa, hasta que la mujer les gritó a todos:
—Vengan que les voy a dar en la boca...
Fue en el curso de la comida cuando, como lo había asegurado Lencho, comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia. Por el noreste se veían avanzar grandes montañas de nubes. El aire olía a jarro nuevo.
—Hagan de cuenta, muchachos —exclamaba el hombre mientras sentía la fruición de mojarse con el pretexto de recoger algunos enseres olvidados sobre una cerca de piedra—, que no son gotas de agua las que están cayendo: son monedas nuevas: las gotas grandes son de a diez y las gotas chicas son de a cinco...
Y dejaba pasear sus ojos satisfechos por la milpa a punto de jilotear, adornada con las hileras frondosas del frijol, y entonces toda ella cubierta por la transparente cortina de la lluvia. Pero, de pronto, comenzó a soplar un fuerte viento y con las gotas de agua comenzaron a caer granizos tan grandes como bellotas. Esos sí que parecían monedas de plata nueva. Los muchachos, exponiéndose a la lluvia, correteaban y recogían las perlas heladas de mayor tamaño.
—Esto sí que está muy malo —exclamaba el hombre— ojalá que pase pronto...
No pasó pronto. Durante una hora, el granizo apedreó la casa, la huerta, el monte, la milpa y todo el valle. El campo estaba tan blanco que parecía una salina. Los árboles, deshojados. El maíz, hecho pedazos.
El frijol, sin una flor. Lencho, con el alma llena de tribulaciones.
Pasada la tormenta, en medio de los surcos, decía a sus hijos:
—Más hubiera dejado una nube de langosta... El granizo no ha dejado nada: ni una sola mata de maíz dará una mazorca, ni una mata de frijol dará una vaina...
La noche fue de lamentaciones:
—¡Todo nuestro trabajo, perdido!
—¡Y ni a quién acudir!
—Este año pasaremos hambre...
Pero muy en el fondo espiritual de cuantos convivían bajo aquella casa solitaria en mitad del valle, había una esperanza: la ayuda de Dios.
—No te mortifiques tanto, aunque el mal es muy grande. ¡Recuerda que nadie se muere de hambre!
—Eso dicen: nadie se muere de hambre...
Y mientras llegaba el amanecer, Lencho pensó mucho en lo que había visto en la iglesia del pueblo los domingos: un triángulo y dentro del triángulo un ojo, un ojo que parecía muy grande, un ojo que, según le habían explicado, lo mira todo, hasta lo que está en el fondo de las conciencias.
Lencho era hombre rudo y él mismo solía decir que el campo embrutece, pero no lo era tanto que no supiera escribir. Ya con la luz del día y aprovechando la circunstancia de que era domingo, después de haberse afirmado en su idea de que sí hay quien vele por todos, se puso a escribir una carta que él mismo llevaría al pueblo para echarla al correo.
Era nada menos que una carta a Dios.
“Dios —escribió—, si no me ayudas pasaré hambre con todos los míos, durante este año: necesito cien pesos para volver a sembrar y vivir mientras viene la otra cosecha, pues el granizo...”
Rotuló el sobre “A Dios”, metió el pliego y, aún preocupado, se dirigió al pueblo. Ya en la oficina de correos, le puso un timbre a la carta y echó esta en el buzón.
Un empleado, que era cartero y todo en la oficina de correos, llegó riendo con toda la boca ante su jefe: le mostraba nada menos que la carta dirigida a Dios. Nunca en su existencia de repartidor había conocido ese domicilio. El jefe de la oficina —gordo y bonachón— también se puso a reír, pero bien pronto se le plegó el entrecejo y, mientras daba golpecitos en su mesa con la carta, comentaba:
—¡La fe! ¡Quién tuviera la fe de quien escribió esta carta! ¡Creer como él cree! ¡Esperar con la confianza con que él sabe esperar! ¡Sostener correspondencia con Dios!
Y, para no defraudar aquel tesoro de fe, descubierto a través de una carta que no podía ser entregada, el jefe postal concibió una idea: contestar la carta. Pero una vez abierta, se vio que contestar necesitaba algo más que buena voluntad, tinta y papel. No por ello se dio por vencido: exigió a su empleado una dádiva, él puso parte de su sueldo y a varias personas les pidió su óbolo “para una obra piadosa”.
Fue imposible para él reunir los cien pesos solicitados por Lencho, y se conformó con enviar al campesino cuando menos lo que había reunido: algo más que la mitad. Puso los billetes en un sobre dirigido a Lencho y con ellos un pliego que no tenía más que una palabra a manera de firma: DIOS.
Al siguiente domingo Lencho llegó a preguntar, más temprano que de costumbre, si había alguna carta para él. Fue el mismo repartidor quien le hizo entrega de la carta, mientras que el jefe, con la alegría de quien ha hecho una buena acción, espiaba a través de un vidrio raspado, desde su despacho.
Lencho no mostró la menor sorpresa al ver los billetes —tanta era su seguridad—, pero hizo un gesto de cólera al contar el dinero... ¡Dios no podía haberse equivocado, ni negar lo que se le había pedido!
Inmediatamente, Lencho se acercó a la ventanilla para pedir papel y tinta. En la mesa destinada al público, se puso a escribir, arrugando mucho la frente a causa del esfuerzo que hacía para dar forma legible a sus ideas. Al terminar, fue a pedir un timbre el cual mojó con la lengua y luego aseguró de un puñetazo.
En cuanto la carta cayó al buzón, el jefe de correos fue a recogerla. Decía:
“Dios: Del dinero que te pedí, solo llegaron a mis manos sesenta pesos. Mándame el resto, que me hace mucha falta; pero no me lo mandes por conducto de la oficina de correos, porque los empleados son muy ladrones. Lencho”.