Una partida de tenis - Daniel Moyano



Daniel Moyano nació en Córdoba en 1930. Luego se radicó an La Rioja donde ejerció como profesor de música e integró el Cuarteto de Cuerdas de la Dirección de Cultura de esa provincia. Aquí formó su familia y escribió gran parte de su obra literaria.
Fue encarcelado en 1976 en La Rioja, por la dictadura militar. Y, una vez liberado, se exilió en España, donde vivió hasta 1992, cuando falleció.



Una partida de tenis

Aunque él se acostaba esa noche contento y satisfecho, pues al día siguiente jugaría al tenis con María, no pudo evitar, al meterse entre las sábanas, cierta inquietud por algo que había visto esa mañana.
Hacía mucho tiempo que existían motivos para inquietarse, pero los eludía con una simple operación mental. Para qué preocuparse. Algún día se arreglaría todo. Si se casaba con María el problema se reduciría a su base. Ahora lo importante era seguir aguantando. Siempre lograba eludir con una simple operación mental lo que no estaba previsto en sus planes. Hacía mucho que no abría las cartas que recibía y que suponía sin interés.El objeto único de su vida era por ahora casarse con María para dejar de ser un sumergido. Sobre una mesa en desuso había una gran cantidad de ellas, las más con membretes de abogados. En los días tensos se limitaba a cubrirlas con un mantel para no verlas. Con esa operación borraba otros puntos acuciantes de su vida.
Siempre pensó que su vida se desarrollaba en ciclos ascendentes, desde la horrible miseria que tuvo que soportar durante su infancia y adolescencia hasta ahora, en que la gente a la que había logrado vincularse y cierta cultura adquirida aquí y allá lo habían hecho llegar un poco más arriba. Pero esa noche pensaba, después de ver lo que vio, que esos ciclos eran idénticos entre sí; la cronología les había dado un tenue calor ascendente. Ahora sabía que había soportado situaciones casi milagrosas. Al fin de cada ciclo el derrumbe llegaba y ya no había nada que esperar. Pero he aquí que siempre aparecía el milagro, una persona, un rostro inadvertido, y se iniciaba así un nuevo tiempo de salvación. De esta manera habían pasado por sus retinas muchos seres que él hubiera olvidado para siempre si ellos no se hubieran prestado a ese juego.
Pero el más triste de todos, que ya no era ningún ciclo sino un comienzo irreductible, fue su larga permanencia en la casa de sus tíos, únicos parientes que tenía y que lo habían adoptado en su infancia. Cómo logró evadirse de ese infierno le parecía un sueño. Había sido todo tan absurdo. Ya casi lo había olvidado, a esa altura de su vida, cuando los recuerdos más verdaderos, los que creía poseer para siempre, se iban transformando en fantasmas. Su verdad era solamente aquello: misería y depravación. Lo demás, ficción pura, lenta acumulación de ciclos idénticos.
Había sido en Santa Fe, hacía mucho tiempo. El había huído lo más lejos posible para no verlos nunca más. Hubiera querido que el límite entre Santa Fe y la provincia donde ahora vivía fuese por lo menos la Cordillera de los Andes o algún enorme río lleno de caimanes hambrientos. Desde su lejana fuga de la casa. que ahora se convertía en un suceso reciente, no los había vuelto a ver. En verdad parecía existir ese límite infranqueable entre la ciudad donde vivían los monstruos y la plácida ciudad de María. Pero esa mañana, al bajar de un ómnibus, alcanzó a ver un rostro terrible para él. Era Pedro, uno de sus primos. Pedro era deforme y tenía una risa calculada. Imposible haberse equivocado.
¿Qué haría aquí ese maldito? ¿Lo habría visto, reconocido? ¿No lo habría seguido para averiguar dónde vivía y extorsionarlo sin duda? Aunque siempre había aplicado a sus parientes sus famosos recursos mentaíes para olvidarlos, no siempre con éxito, ahora, mientras se disponía a dormir, notó que le costaba apartar a Pedro de su mente. ¿A qué habría venido? O quizás estuviese aquí toda su parentela. Eso sí que sería terrible. porque no tardarían en buscarlo, en ubicarlo, en violar su vida, en recordarle que él también era uno como ellos o que por lo menos lo había sido. Y sobre todo estaría su tío. esa entidad implacable que él
había temido siempre. No olvidaba que su tío solía tener siempre razón, sólo porque era su tío o porque, aunque no tuviera méritos para serlo, era importante y porque su desorden, o mejor su esquizofrenia, era en aquella casa un orden absoluto que había que respetar.
Mientras trataba no ya de dormir sino de olvidarse de Pedro. le pareció que quizás otra vez lo había visto fugazmente. Quizás, pensó, lo había olvidado en el acto, gracias a su capacidad para evadir la realidad intolerable. Quizás hacía mucho tiempo que sus parientes vivían en la ciudad y lo andaban buscando para atormentarlo. Ahora se acordaba de todo, de los escándalos que había en la casa. del mal nombre que tenían, de las tribulaciones de la policía para hacer valer ante ellos el código de faltas. Él mismo no había podido evitar muchas veces el contagio, el fuego del infierno, y había producido por sí mismo esos hechos absurdos ante los cuales el comisario. un hombre que podía recordar por sus largos bigotes, reía solapadamente. O quizás no hubo jamás tal contagio porque él fue siempre igual que ellos. y ahora era sólo un evadido. ¿De qué le valía entonces haber huído y ordenado su vida para sí. cuando los otros existían, habían existido siempre y trabajaban secr,etamente para su destrucción? Si se enteraban donde estaba sin duda lo buscarían y entonces
ya no le darían paz. Los conocía bien. Sobre eso no cabían dudas.
Ya casi dormido pensó que vivía en una ficción. que había cambiado el traje pero era un condenado. y que como estaba solo apenas lo advertía. Todos los ciclos de su vida, ilusoriamente ascendentes, se parecían a la base, a ese primer día que no podría olvidar jamás. En realidad había vivido siempre con ellos, pese a la fuga y a los ciclos. Todo estaba en su mismo punto y jamás podría dejar de ser lo que fue. Y pensó que fue una verdadera suerte que él ya se bajase del ómnibus cuando vio a Pedro, porque si no éste habría hablado con su voz absurda, le habría preguntado por cosas de entonces, y él hubiera tenido que responder. Pedro
lo habría oído hablar y sin duda se habría burlado de él, de su refinamiento, de su "nueva" manera de pronunciar las eses. y, sobre todo, habría usado a cada instante la terrible admonición ¿te acordás?; ¿te acordás?
Al día siguiente, cuando despertó, todo había pasado. Sólo tuvo que tomar el mantel y cubrir las cartas que yacían polvorientas sobre la mesa. A las diez debía encontrarse con María.
Ella estaba muy comunicativa ese día y, según vio, proplcla para las confidencias. Sin duda lo que hablaran al terminar el juego sería muy importante para el futuro.
La cancha tenía un tejido demasiado bajo, de modo que la pelota salía afuera en lapsos más o menos frecuentes y él tenía que ir a buscarla. Cada vez que lo hacía advertía que estaba pensando en Pedro. Durante los veinte o treinta pasos que daba, la imagen de Pedro trataba de inclinarse sobre él, especialmente cuando se agachaba para alzar la pelota. A la fuerza de evasión que él poseía, la imagen oponía una resistencia tenaz. Pero él siempre ganaba. Recogía la pelota y volvía a ver a María, volvía al juego y se sentía otra vez libre, como si acabara de evadirse nuevamente de la casa de sus parientes.
De pronto, mientras acariciaba la amable gamuza de la pelota, los ojos no hubieran querido ver, pero palparon. El rabillo del ojo empezó a gritarle por dentro, a obligarle a girar la cabeza y mirar hacia la calle. Pero miraba la pelota, rápidamente disparada por la raqueta, que iba
más rápido que la imagen que trataba de fijar el ojo. Durante un tiempo interminable el resto del ojo calculó los instantes, cuidadosamente contados, para que pudiera pensar después: "el monstruo acaba de pasar; ya no me dará paz". Y si la cabeza hubiese podido girar, si la pelota no hubiese ido tan rápido y el resto de sus ojos hubiera podido ver hacia la calle, habría sabido si Pedro lo vio o no, si Pedro sabía que él abara jugaba al tenis. Sin duda el monstruo buscaría alguna forma para atormentarlo, sin saber cuánto 1o habia torturado ya.
Pedro, al pasar, había enlazado dos mundos, la base y el último ciclo. Y él veía, porque esto iba más rápido que la pelota, no sólo 1o que había sido, en un plano puramente evocativo, sino lo que era, la ropa que tenía puesta, las palabras que decía, la maldita circunstancia de que la cancha diera a la calle, justamente para que Pedro 1o viera, y pensaba que no habría que hacer nada adonde a uno lo vieran; todo debería realizarse entre cuatro paredes o en un desierto. Se le ocurrió que miles de rostros conocidos 1o observaban para censurarlo. Miró ahora sin temor hacia la calle, y la calle estaba vacía y llena de luz.
En eso María dio un golpe falso y la pelota fue a dar lejos, a una casa del otro extremo de la calle. El empezó entonces a buscar a alguien para que fuese por ella, pero María, sonriendo alegremente, le gritó vaya usted, vaya usted. Salió, pues, obligado a contrariarse, dobló en la esquina y llamó a la puerta de la casa donde suponía que había caído la pelota. Enseguida oyó adelante. Abrió la puerta tímidamente. En el centro de un patio grande de tierra, sentados a una mesa enorme, estaban todos sus parientes. Pedro, en la cabecera, 10 saludó familiarmente con su horrible brazo corto. Los demás empezaron a dar exclamaciones de júbilo. Algunos chicos, que él no conocía, se prendían de su ropa y le pedían monedas. Su tío, que no habían envejecido nada, se abría paso entre todos para saludarlo.



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