Trece - Roberto J. Payró




Roberto Jorge Payró nació en Mercedes, provincia de Buenos Aires, Argeniona, en 1867.
Periodista y escritor costumbrista. Utilizaba el lenguaje propio de la época, pero de forma irónica. Utiliza personajes típicos y relata situaciones comunes, mostrando a los inmigrantes italianos, o el Entre sus personajes siempre estan ael pícaro criollo.
También fue considerado el primer correspinsal de guerra argentino.
Murió en 1928.
Su obra:
Diarios de viaje: La Australia Argentina, En las tierras del Inti.
Novelas: Sobre las ruinas, El casamiento de Laucha, El falso Inca, Pago Chico, Violines y toneles, Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira, El capitán Vergara, Fuego en el rastrojo, Mientraiga, El mar dulce.
Ediciones póstumas: Nuevos cuentos de Pago Chico, Canción Trágica, Chamijo, Los tesoros del Rey Blanco y Por qué no fue descubierta la Ciudad de los Césares, Evocaciones de un porteño viejo.


Trece

—A propósito de supersticiones —dijo Albornoz—, ustedes han de haber conocido (o por lo menos oído hablar de él) a mi viejo amigo Amadeo Talamón. Pues han de saber que, a pesar de su piadoso nombre de pila, Amadeo pretendía ser más escéptico que Pirrón sino más ateo que Spinoza, ajeno, por lo tanto, a toda clase de preocupaciones religiosas o de cualquier otro género. "Sé demasiado para ser espiritualista, decía, y no lo bastante para ser materialista, así es que me abstengo". Quizá se hiciera ilusiones en cuanto a su deber pero estaba realmente convencido de no prestar fe sino a lo que alcanza la razón y demuestra la ciencia o la experiencia. Más de una vez —y voy al cuento— le oí hablar con lástima y sarcasmo de los supersticiosos que consideran fatídico y maléfico al inofensivo número trece. Imitando a Grimod de la Reyniére, decía que sentarse trece a la mesa era, efectivamente, muy malo... cuando sólo había de comer para doce.
"Lo único que hay de verdad en tan necia superstición —agregaba— es que forzosamente uno de los trece comensales ha de morir antes que los otros doce, si no cuadra la poca probable casualidad de que varios o todos mueran al mismo tiempo. Pero cuando, sin mayor malicia, uno de ellos no puede esperar y muera antes del año, todo el mundo considera suficientemente comprobada la verdad de la superstición, olvidándose de los mil y un casos que la desmienten... " Y se reía de los crédulos y, a la vez de su propia chuscada. Pues, hete aquí, que cierta noche Amadeo Talamón cenaba conmigo y con otras personas de nuestra íntima amistad, en un saloncito del viejo Café de París, cuando, casi a los postres, uno de los presentes se incorporó de su asiento, exclamando con voz insegura:
—¡Caramba! ¡Somos trece!...
A varios sorprendí en actitud de levantarse y escapar, pero aquello que los sacerdotes llamaban el “respeto humano" les detuvo y todos, entre burlas y veras, comentamos el hecho.
—¡Vaya! ¡vaya! — recuerdo que dijo espiritualmente Talamón. — Si eso era lo que nos había de matar, ya no hay remedio posible. Resignémonos y... acabemos de cenar alegremente.
Pero no conseguimos que renaciera la animación. Un soplo helado acababa de pasar como una corriente eléctrica. Hasta para los más escépticos se había evocado la muerte en pleno regocijo...
Amadeo Talamón mantuvo, sin embargo, su bandera, encogiéndose despreciativamente de hombros, riendo, burlándose de los que podían admitir "ni por un momento" semejante dislate, de su credulidad de niños, o de hombres primitivos". Estaba espléndido, de buen humor, pero no duró mucho la sobremesa y la reunión se disolvió más temprano que de costumbre...
Pasaron varios días sin que volviera a ver a Talamón, contra lo habitual, pero al fin le encontré y, conversando de bueyes perdidos, aludió a nuestra cena del Café de París y a los recelos ridículos de los que temían al trece fatal. No paré entonces mientes en ello, ni había por qué; pero una semana más tarde me habló otra vez de la "paparrucha del trece" y de la debilidad mental de los supersticiosos.
—Pero, con todo —le dije sonriendo y mirándolo bien de frente—, el caso es que tú sigues pensando en ello.
Se ruborizó, hizo un vago ademán y después, como quitando toda importancia al asunto:
—Te confesaré —me dijo— que la actitud de nuestros amigos al contarse aterrados me hizo tanta gracia que no me puedo olvidar... ¡Y la persistencia de ese recuerdo acaba poniéndome de mal humor, porque no es razonable... porque se parece a la obsesión de ciertas musiquillas que suelen sonarle a uno días enteros en los oídos! ¡Y hay tantas otras cosas más serias o más gratas en qué pensar! ...
Otra tarde, en el Club del Progreso, sin que viniera a cuento para nada, me preguntó:
—¿Recuerdas exactamente quiénes estábamos en el Café de París aquella famosa noche de los trece? ...
—No es difícil...
—Vamos a ver si coincidimos; tú y yo, dos; Serantes, tres; Jiménez, cuatro… —y continuó la enumeración.
—Olvidas a Rodas —agregué.
—Eso es, Rodas, tienes razón: era el que me faltaba.
—Pero, ¿qué interés tienes en recordar ese detalle? ¿Piensas reiterar el convite?
—No, no... Por saber, nada más... ¡Tonterías!...
Me pareció evidente que se acentuaba su preocupación y desde ese día lo observé más atentamente.
Era el mismo de siempre jovial, conversador, chusco a veces. Sus maneras seguían tan desembarazadas y su voz de timbre tan regocijado como de costumbre. Ya no volvía a hablarme de la cena, ni de los
trece, ni de nada que de cerca o de lejos tuviera relación con ello. Sin embargo —quizá porque mi ánimo prevenido me incitaba a la sospecha—, de vez en cuando me parecía que una nube desagradable turbaba fugazmente su placidez. Para salir de dudas, cierto día —éramos lo bastante amigos para permitirnos éstas y aún más graves indiscreciones— me resolví a preguntarle:
—¿Tienes algún disgusto, algo que ande mal, que te preocupe?...
—¡Qué ocurrencia! ¿Por qué?...
—Nada, nada... Suponía... me había parecido...
—¡Vaya una idea!
Pero esta vez sí que lo noté perplejo, con algo extraño —como sofocado—, en la voz, y un gesto de disciplencia que jamás había tenido para mí...
Olvidado ya, en el curso normal de quehaceres y distracciones, de esta observación y de los hechos que la provocaron, una tarde, en el mismo club, Amadeo, que acababa de tomar "El Diario", lanzó una ruidosa exclamación:
—¡Rodas ha muerto!
Pero, ¡qué acento el suyo! ¡No era de dolor, ni de pena, ni aún de esa lástima fugaz que provoca la muerte de un hombre todavía joven, aunque sea desconocido... ¡Era de alegría! Como ustedes lo oyen. ¡Era de alegría, y Talamón estaba ligado a Rodas, si no por estrecha amistad, por una relación tan antigua como frecuente! ¡Rodas había muerto! Es decir: el número fatídico, demostrando su virtud, acababa por eso mismo de perderla, y ya no había nada que temer...
—¿Te preocupaba? —le pregunté en tono de, confidencia, acercándome y poniéndole la mano sobre el hombre—. Te preocupaba el trece, ¿no es verdad?
Enrojeció, vaciló; por fin, haciendo un gran esfuerzo:
—Contra toda razón, rechazando hasta con rabia ese disparate, lo cierto es que iba convirtiéndose en idea fija, en torturadora obsesión... Nunca he creído, todavía, no creo, nunca creeré en la influencia del trece! ¡Eso jamás!
Y después de una pausa, sonriente, burlándose de su flaqueza y de la del género humano:
—Pero ahora estoy más tranquilo... ¡Pobre Rodas!...

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