La tercera orilla del río - João Guimarães Rosa


João Guimarães Rosa, escritor y diplomático brasileño. Miembro de la Academia Brasileña de letras.
Naió en Cordisburgo, Minas Gerais en 1908 y falleció en Río de Janeiro en 1967.
Obra: Caçador de camurças, Chronos Kai Anagke, O mistério de Highmore Hall, Makiné, Magma, Sagarana, Com o Vaqueiro Mariano, Corpo de Baile, Gran Sertón: Veredas (Grande Sertão: Veredas), Primeiras Estória, Tutaméia – Terceiras Estórias, Em Memória de João Guimarães Rosa,Estas Estórias y Ave, Palavra.


La tercera orilla del río

Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven, incluso desde niño, según me lo testimoniaron diversas personas serias, cuando les pedí información. Por lo que yo recuerdo, él no parecía más raro ni más triste que otros conocidos nuestros. Sólo tranquilo. Nuestra madre era la que mandaba y la que peleaba día a día con nosotros -mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre mandó hacerse una canoa.

Iba en serio. Encargó una canoa especial, de madera de viñátigo, pequeña, con sólo la tablilla de popa, como para que cupiera sólo el remero. Hubo de fabricarse con una madera dura y arqueada en seco para que durara en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre maldijo la idea. ¿Sería posible que él, que no era ducho en esas artes, fuera a dedicarse ahora a pescatas y cacerías? Nuestro padre no decía nada. Nuestra casa, por entonces, aún estaba más cerca del río, a menos de un cuarto de legua: por allí el río se extendía grande, profundo, navegable como siempre. Muy ancho, que no podía divisarse la otra ribera. Y no puedo olvidarme del día en que la canoa estuvo preparada.
Sin alegría ni preocupación, nuestro padre se caló el sombrero y nos dirigió un adiós a todos. No dijo nada más; ni se llevó comida ni ropa ni hizo ninguna recomendación. Todos pensaron que nuestra madre iba poner el grito en el cielo, pero permaneció impávida, se mordió los labios y gritó: “Usted se vaya o usted se quede, no vuelva usted nunca”. Nuestro padre no respondió. Me miró tranquilo, invitándome a que le siguiera unos pasos. Temí la ira de nuestra madre, pero le obedecí en seguida de buena gana. Aquello me animaba, tuve una idea y pregunté: “Padre, ¿me lleva con usted en su canoa?”. Él solamente se volvió a mirarme, me dio su bendición y con un gesto me mandó que regresara. Hice como que me iba, pero aún me escondí en la gruta del matorral para enterarme. Nuestro padre subió a la canoa y desamarró, se puso a remar. La canoa comenzó a alejarse -su sombra como la de un yacaré, totalmente alargada.
Nuestro padre no volvió. No se había ido a ninguna parte. Solamente realizaba su idea de permanecer en aquel espacio del río, justo en el medio, siempre dentro de la canoa, para no salir de ella nunca más. Lo extraño de aquella situación nos espantó totalmente a todos. Ocurría lo que nunca había pasado. Nuestros parientes, vecinos y conocidos se reunieron en consejo.
Nuestra madre, avergonzada, se comportó con mucha cordura; por eso, todos pensaron de nuestro padre lo que no querían decir: que había enloquecido. Sólo algunos se inclinaban por que también podría ser por el cumplimiento de una promesa; o que, nuestro padre, quién sabe, por vergüenza de padecer alguna fea dolencia, como pudiera ser la lepra, se retiraba a otro modo de vida, cerca y lejos de su familia. Las noticias que nos llegaban de algunas personas -viajeros, habitantes de las riberas, hasta de lo más apartado de la otra orilla- informaban de que nuestro padre nunca desembarcaba, en ningún lugar, ni de día ni de noche, de modo que navegaba por el río, libre y solitario. Entonces, pues, nuestra madre y nuestros parientes pensaron que el alimento que tuviera, oculto en la canoa, se acabaría; y él, o desembarcaba y se marchaba para no volver jamás, que sería lo más probable, o se arrepentía, por fin, y volvía a casa.
Se engañaban. Yo mismo me las ingeniaba para llevarle, cada día, un poco de comida robada: la idea se me ocurrió después de la primera noche, cuando nuestra gente encendió hogueras en la ribera del río, en tanto que, a la luz de ellas, se rezaba y se le llamaba. Después, al día siguiente, aparecí, con dulce de caña, pan de maíz, penca de bananas. Espié a nuestro padre, durante una hora, difícil de soportar: solo así él, a lo lejos, sentado en el fondo de la canoa, detenida en la tabla del río. Me vio, no remó para acá, no hizo ninguna señal. Le mostré la comida, la dejé en el hueco de piedra del barranco, a salvo de alimañas y al resguardo de la lluvia y del rocío. Eso hice y volví a hacerlo durante mucho tiempo. Más tarde me llevé una sorpresa: nuestra madre sabía lo que yo hacía, sólo que simulando no saberlo; ella misma dejaba fácilmente sobras de comida a mi alcance. Nuestra madre no era muy expresiva.
Mandó venir a nuestro tío, hermano de ella, para ayudar en la hacienda y en los negocios. Mandó venir al maestro, para nosotros, los niños. Le pidió al cura que un día se revistiera, en la playa de la orilla, para conjurar y gritarle a nuestro padre el deber de desistir de tan loca idea. En otra ocasión, por decisión de ella, vinieron dos soldados. Todo lo cual no sirvió de nada. Nuestro padre se paseaba por el río, a la vista o escondido, cruzando en la canoa, sin dejar que nadie se le acercara o le hablara. Incluso cuando, no hace mucho, dos periodistas, que habían traído la lancha y trataban de sacarle una foto, no pudieron: nuestro padre desaparecía hacia la otra orilla, guiaba la canoa en el brezal que hay, leguas y leguas, por entre juncos y matorrales, y sólo él lo conocía, palmo a palmo, en la oscuridad, por entonces.
Tuvimos que acostumbrarnos a aquello. Pero, realmente, a ello nunca nos acostumbramos, de verdad. Lo digo por mí que, quisiera o no, siempre tenía a nuestro padre en mis pensamientos. Era tan duro, que no se entendía de ninguna manera, cómo él aguantaba. De día y de noche, con sol o aguaceros, calor, escarcha, y en los terribles fríos del invierno, sin protección, sólo con el sombrero viejo en la cabeza, durante todas las semanas, y meses y años -sin darse cuenta de que se le iba la vida. No atracaba en ninguna de las dos riberas, ni en las islas y bajíos del río; nunca más pisó suelo ni hierba. Aunque, al menos, para dormir un poco, él amarrara la canoa en algún islote, escondiéndose. Pero no encendía ni un fueguito en la playa, ni aprovechaba los ya encendidos, ni nunca más rascó una cerilla. Lo que comía era sólo un poco; más o menos lo que le dejábamos entre las raíces de la ceiba o en el hueco de la piedra del barranco, él recogía poco, nunca lo bastante. ¿No enfermaba? Y la constante fuerza de los brazos, para mantener la canoa, resistiendo, lo mismo en el empuje de las crecidas, al subir el río, ahí, cuando en el ímpetu de la enorme corriente del río, todo remolinos y peligroso, aquellos cuerpos de animales muertos y troncos de árbol descendiendo -de espanto del encontronazo. Y nunca más habló ni una palabra, con nadie. Tampoco nosotros hablábamos de él. Sólo se pensaba en él. No, nuestro padre no podía caer en el olvido; y si, en algunos momentos, hacíamos como que lo olvidábamos, era sólo para despertar de nuevo, de repente, con su recuerdo, al paso de otros sobresaltos.
Mi hermana se casó; nuestra madre no quiso fiesta. Pensábamos en él cuando comíamos una comida más sabrosa; así como, en el abrigo de la noche, en el desamparo de esas noches de mucha lluvia, fría, fuerte, nuestro padre sólo con la mano y una calabaza para ir achicando la canoa del agua del temporal. A veces, algún conocido nuestro notaba que yo me iba pareciendo a nuestro padre. Pero yo sabía que él ahora se había vuelto greñudo, barbudo, con las uñas crecidas, débil y flaco, renegrido por el sol y la pelambre, con el aspecto de una alimaña, casi desnudo, apenas disponiendo de las piezas de ropa que nosotros de vez en cuando le proporcionábamos.
Ni quería saber de nosotros; ¿es que no nos tenía cariño? Pero, por el cariño mismo, por respeto, siempre que, a veces, alguien me elogiaba por alguna cosa bien hecha, yo decía: “Fue mi padre el que un día me enseñó a hacerlo así…”; lo que no era cierto, exacto; sino una mentira piadosa. Y es que, si él no se acordaba más, ni quería saber de nosotros, ¿por qué, entonces, no subía o descendía por el río, hacia otros lugares, lejos, a donde fuera inencontrable? Sólo él lo sabría. Pero mi hermana tuvo un niño, y ella se empeñó en que quería mostrarle el nieto. Fuimos, todos, al barranco; fue un día bonito, mi hermana con un vestido blanco, que había sido el de la boda, levantaba en los brazos a la criatura, su marido sostenía la sombrilla, para protegerlos a los dos. Le llamamos, esperamos. Nuestro padre no apareció. Mi hermana lloró, todos nosotros lloramos allí, abrazados.
Mi hermana se mudó, con su marido, lejos de aquí. Mi hermano se decidió y se fue a una ciudad. Los tiempos cambiaban con el rápido devenir del tiempo. Nuestra madre acabó yéndose también, para siempre, a vivir con mi hermana; ya había envejecido. Yo me quedé aquí, el único. Yo nunca habría podido querer casarme. Yo permanecí, con las cargas de la vida. Nuestro padre me necesitaba, lo sé -en la navegación por el río, en el yermo-, sin dar razones de su actitud. O sea que, cuando quise saber e indagué en firme, me dijeron que habían dicho que constaba que nuestro padre, alguna vez, había revelado el motivo al hombre que le había preparado la canoa. Pero, ahora, ese hombre ya había muerto; nadie sabría, aunque tratara de recordar, nada más. Sólo las falsas conversaciones, sin sentido, ocasionales, al comienzo, en la venida de las primeras crecidas del río, con lluvias que no escampaban; todos habían temido el fin del mundo; decían que nuestro padre había sido el elegido, como Noé, por lo que él había dispuesto la canoa con antelación; pues ahora medio lo recuerdo. Mi padre, yo no podía maldecirlo. Y ya me apuntaban las primeras canas.
Soy hombre de tristes palabras. ¿De qué era de lo que yo tenía tanta, tanta culpa? Si mi padre siempre estaba ausente; y el río -río-río, el río- perpetuo pesar. Yo sufría ya el comienzo de la vejez -esta vida era sólo su demora. Ya tenía achaques, ansias, de aquí abajo, cansancios, molestias del reumatismo. ¿Y él? ¿Por qué? Debía padecer demasiado. De tan viejo que se sentiría no iba, día más día menos, a flaquear su vigor, a dejar que la canoa volcara o que vagara a la deriva, en la crecida del río, para despeñarse horas después, con estruendo y en la caída de la cascada, brava, con el hervor y la muerte. Se me encogía el corazón. Él estaba allá, sin mi tranquilidad. Soy el culpable de lo que ni sé, de un abierto dolor, dentro de mí. Lo sabría -si las cosas fueran otras. Y fui madurando una idea.
Sin mirar atrás. ¿Estoy loco? No. En nuestra casa, la palabra loco no se decía, nunca más se dijo, en todos aquellos años, no se condenaba a nadie por loco. Nadie está loco. O, entonces, todos. Sólo hice que ir allá. Con un pañuelo para hacerle señas. Yo estaba totalmente en mis cabales. Esperé. Por fin apareció, ahí y allá, su rostro. Estaba allí, sentado en la popa. Estaba allí, a un grito. Le llamé, unas cuantas veces. Y dije lo que me urgía, lo que había jurado y declarado, tuve que levantar la voz: “Padre, usted es viejo, ya cumplió lo suyo… Ahora, vuelva, no ha de hacer más… Usted regrese y yo, ahora mismo, cuando ambos lo acordemos, yo tomo su lugar, el de usted, en la canoa...”. Y, diciendo así, mi corazón latió ciertamente al compás.
Él me oyó. Se puso en pie. Movió el remo en el agua, puso proa para acá, asintiendo. Y yo temblé, con fuerza, de repente: porque, antes, él había levantado el brazo y hecho un gesto de saludo -¡el primero, después de tantos años transcurridos! Y yo no podía… Espantado, erizados los cabellos, corrí, huí, me alejé de allí, de un modo desatinado. Porque me pareció que él venía del Más Allá. Y estoy pidiendo, pidiendo, pidiendo perdón.
Sufrí el profundo frío del miedo, enfermé. Sé que nadie supo más de él. ¿Soy un hombre, después de esa traición? Soy el que no fue, el que va a quedarse callado. Sé que ahora es tarde y temo perder la vida en los caminos del mundo. Pero, entonces, al menos, en el instante de la muerte, que me cojan y me depositen también en una canoíta de nada, en esa agua que no para, de anchas orillas; y yo, río abajo, río afuera, río adentro -el río.
“A terceira margem do rio”, 1962.
Primeiras estórias, 1962. Trad. Paz Díez Taboada .

Comentario del cuento de Guimarães Rosa, “La tercera orilla del río”
Paz Díez Taboada


Para Guimarães Rosa, el más destacado e innovador estilista de los escritores brasileños del siglo XX, la libertad de forma y expresión literarias fue una constante preocupación. Su prosa posee una serie de características cercanas al lenguaje poético: ritmo, sonoridad, musicalidad, uso de aliteraciones y metáforas, etc. Además, su estilo se nutre del habla rural de la región brasileña del Sertão (del portugués desertão, “desierto”), tanto en tono como en vocabulario, con expresiones y frases cortas; si a esto se añade el uso de audaces estructuras sintácticas y de un vocabulario erudito y arcaico, a un tiempo, más los neologismos rosianos y el recurso a otras lenguas, no es de extrañar lo que afirman los estudiosos de su obra: la dificultad de la traducción a otro idioma, pues la de Guimaraes Rosa es una prosa de tan alta calidad que su lectura resulta difícil incluso para los propios lectores brasileños.

En la traducción de este cuento he pretendido, modestamente, que el texto brasileño-portugués pueda ser leído en un español correcto e inteligible, pero lo más cercano posible al muy dificultoso original, porque, además de lo anteriormente dicho sobre el estilo del autor, se añade en este caso el habla balbuceante, entrecortada y confusa del atormentado narrador-protagonista, que, en general, se expresa coloquialmente.

“La tercera orilla del río” es tal vez el relato más famoso y representativo del autor brasileño, el más complejo y misterioso, hasta alcanzar consideración mítica. Cualquier lector avispado en seguida se da cuenta de que, más allá de la historia externa, con sus notas realistas y regionalistas, la narración entera es simbólica. El propio autor, refiriéndose al libro Primeiras estórias, al que pertenece este relato, decía que debía leerse desde un ángulo “poético, antirracionalista y antirrealista”. Y en una carta a su traductor alemán, Curt Meyer-Clason, decía Guimarães Rosa: “Todos mis libros son simples tentativas de rodear y desvelar un poquito el misterio cósmico, esta cosa inestable, imposible, perturbante, rebelde a cualquier lógica, que es llamada “realidad”, que es la gente misma, el mundo, la vida. […] Toda lógica contiene una inevitable dosis de mistificación. Toda mistificación contiene una buena dosis de inevitable verdad. Precisamos también de lo oscuro”.

Como en los otros veinte relatos de Primeiras estórias -y también en su famosa novela Gran Sertón: Veredas-, el escenario del cuento es un territorio y un ambiente marcadamente rural al que Rosa siempre se sintió muy apegado: el Brasil profundo del Sertão, extensa comarca natural perteneciente a varios estados del nordeste del país, desértica y despoblada, alejada de la costa y de las grandes ciudades. El eje que vertebra dicha región y también este relato es el caudaloso São Francisco, río que nace en el estado de Minas Gerais, atraviesa otros varios y desemboca en el Atlántico, después de un recorrido de casi 3.000 kms. En una entrevista, el autor brasileño afirmó que le habría gustado ser un yacaré que viviera en el San Francisco, porque el yacaré es un maestro de la metafísica al vivir en ese río, que es como un océano, un mar de sabiduría.

Un padre y su hijo son los protagonistas del cuento. Un día, el padre innominado -en todo el relato no hay ni un nombre propio- decide abandonar a la familia y a sus conocidos e irse a vivir en medio del río, en una canoa que nunca más tocará tierra. Pero -según su hijo, que es el narrador de la historia- nunca se fue del todo, pues se mantenía siempre en medio del cauce, sin comunicarse con nadie, aunque sin desaparecer totalmente. Esa canoa detenida en medio del río puede entenderse, en estructura superficial, como “la tercera orilla” en donde el padre asienta su morada para no estar ni próximo ni alejado. Y la imagen de este hombre que, durante años y años y en mitad del río, permanece solitario en su canoa, sin explicación posible, se graba persistente en la imaginación del lector.

El hijo narra en primera persona -con frecuencia en el plural familiar- la extraña historia de la marcha de su padre desde muchos años antes hasta cuando ya el propio narrador está “al comienzo de la vejez”. En tono confidencial y sin un ápice de diálogo, ¿a quién va dirigido este monólogo?, ¿a sí mismo, como necesidad de desahogo, justificación o aclaración personal?, o, tal vez e indirectamente, ¿al propio padre, como si necesitara imperiosamente explicarse y romper la incomunicación insoportable? Toda su vida es la búsqueda del padre ausente al que necesita y al que también quiere ayudar; pero ¡está tan lejos, invisible e inalcanzable!… Al final, cuando parece que va a producirse el encuentro y que el padre será reemplazado en la canoa por el hijo, éste huye despavorido.

Todos los personajes del cuento son sencillas gentes del campo, casi siempre aludidas con el posesivo plural más el nombre de la relación familiar: nuestro padre, nuestra madre, nuestro tío… La madre, sensata y práctica, era la que gobernaba a los hijos y dirigía la casa, sobre todo, después de la marcha del padre. El deseo de la hermana casada de mostrarle a su padre su hijito recién nacido y la frustración consiguiente, es un momento clave en la historia porque marca el definitivo rompimiento con el padre -excepto el hijo narrador- y la separación de la familia.

Todos los sucesos narrados en esta historia caben dentro de lo posible, salvo la tan dura y prolongada permanencia del padre en la canoa en medio del río. Pero esto es lo de menos, pues el relato de Guimarães Rosa apunta a un plano más profundo, a una segunda y soterrada historia, simbólica y misteriosa, que, como es normal en este tipo de relatos, ha suscitado muy diversas interpretaciones.

Tratando de esclarecer su simbolismo, dice Lenina M. Méndez que el cuento narra la visión de un hijo que, de niño, ha perdido a su padre y que, por el dolor de la pérdida, lo ha revestido de un halo de misterio insondable, llegando incluso a truncar su vida entera por permanecer fiel a su recuerdo, hasta llegar al momento final en que el padre anuncia la propia muerte del hijo al señalarle su lugar en la canoa.

El padre jamás vuelve al seno familiar porque es tan sólo una sombra que ya no pertenece a este mundo; pero, al mismo tiempo, se resiste a abandonarlo completamente, porque permanece obsesivamente presente en la mente de su hijo, como un espectro intangible que él cree ver dentro de la canoa y en el medio del río aún muchos años después de su marcha: “…apareció, ahí y allá, el rostro. Estaba allí, sentado en la popa. Estaba allí, a un grito…”. Como dijo Valle-Inclán, nadie muere por completo mientras es recordado.

Tanto o más obsesiva que la figura del padre lo es la insoslayable y perenne presencia del río, que todo lo inunda, como también la mente del hijo narrador que, desde el comienzo de su relato rememorativo y el momento mismo de la marcha del padre, los identifica, superponiéndolos, de tal manera que ambos, padre y río, resultan ser uno y lo mismo. Aquel “hombre cumplidor, de orden, positivo”, con su sombrero en la cabeza…, aquel “hombre que era un árbol, ya es un río” -como dijo Blas de Otero-; y en el río está “como un yacaré”, el filósofo del río, según dice Rosa.

Pero esta amplia corriente de agua, dadora de vida, es también el peligroso espacio de frío y hambre, de crecidas y remolinos, por el que descienden “aquellos cuerpos de animales muertos y troncos de árboles” cuyo encontronazo da espanto sólo de pensarlo, o sea, que es el río de la muerte en que habita el padre para siempre. Para el narrador, el río es, sobre todo, el “pondo perpetuo” -curioso neologismo de Rosa sobre el latino pondus-, el constante pesar o la permanente pesadumbre de su vida, que es el tiempo que fluye constante como el río. Así que tanto el padre como el hijo habrían podido decir con Borges: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es el río que me arrebata, pero yo soy el río…”.

Al fin, el lector llega a comprender que Guimarães Rosa está contando cómo la angustiosa obsesión por la muerte y consiguiente ausencia del padre, que fluía pertinaz en la memoria de su hijo -como, ante sus ojos, fluían constantes las aguas del caudaloso São Francisco-, arruina para siempre la vida de un hombre.


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