Qilco en la raya del horizonte - Porfirio Díaz Machicao

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Porfirio Díaz Machicao, nació en La Paz, Bolivia, en 1909.
Escritor, historiador y periodista. Intelectual comprometido en la lucha contra las desigualdades sociales y de convicciones pacifistas.
Falleció en su ciudad natal en 1981.
Su obra:
Novelas:
El estudiante enfermo; El Vocero; El rey chiquitoTupac Catari, la sierpe; María del Valle y sus cruces; La bestia emocional
Cuentos:
Cuentos de dos climas; Trópico; Quilco en la raya del horizonte.




Qilco en la raya del horizonte

Claro, como era nieto de indios le llamaban Quilco, por burlarse de él, por arañarle el alma. Él no hacía caso. Le sacaba joroba, como los gatos, a sus impulsos y contestaba con el brillo de sus ojos. Y nada más. Un gato asustado de los ratones... Luego, entraba resbalando, despacio, con susto en su desolación.
—¿Qué hará Quilco en la vida?
—¡Bah, a lo mejor nada!
Es muy difícil, a veces, llegar a la dificultosa y horrible decisión de no hacer nada. A Quilco lo sujetaba su raza, amarrado a la contemplación. Dentro de sí había algo que era como una dentadura que mascase coca. De rato en rato escupía un deseo. Pero era un deseo tan absurdo...
—¿Qué hará Quilco en la vida? —los colegiales reían.
Entonces él sacaba una uña interior y rasguñaba un anhelo:
Navegar... Pero no entre totoras del lago milenario y sagrado de su pampa, ni en la barquita frágil de las pajas secas, sino en los buques grandes, mecidos por la bravura de las olas en unos mares enormes, enormes como el tiempo, como su ansia, como él... Y despegarse de las orillas para ir fraternalmente con el aire infinito, encerrado por muros de horizontes y de charla con el agua frenética, vestida de experiencia y encanecida de espuma. Ir por el mar...
Quilco solía repetir:
—Ir por el mar...
Sin embargo, su pena inútil volvía a mascar sus hojas de coca. Ninguno de los suyos, hombres envueltos en el viento helado de las cordilleras, conoció el mar. El mar de los indios estaba seco, muerto bajo el cielo azul: el altiplano. Sin espumas, sin olas, sin playas, mar de tierra gris, rayado por la paciencia de los bueyes. Mar con mortaja. Por eso él quería navegar en los barcos de hierro para matar la angustia del mar muerto y cambiar la coca por el licor marinero. Para dejar de ser lombriz y convertirse en pez. Si él pudiera abrazar un paisaje nuevo... Si él pudiera enredar su corazón entre las algas mojadas y escuchar el secreto de otros mundos... Quilco quería ser Colón o Pizarro, o simplemente el último vagabundo de la tripulación, el que obedece, el que sufre, el que retuerce con la espina de la impotencia y del silencio.
¡Aunque fuese así! Pero del fondo de la sombra algo le tiraba fuertemente a la entraña de la tierra. Quilco se quedaba... y la nave de la ilusión se iba, se perdía en el confín, cayéndose y levantándose entre las olas. Los marineros limpiaban la sal de mar de sus fuentes sudorosas y reían sus corazones una carcajada de muchos cielos, y tenían ademán para recordar todos los puertos en donde habían anclado. Quilco abandonado en el puerto, guardaba el pañuelo de la despedida.
—¿Qué hará Quilco en la vida?
Derrochar... Sí, derrochar locuras y riquezas. Llegar un día a Nueva York, comprar acciones, venderlas y volverlas a comprar según el diagnóstico de los juegos de bolsa. Y subir en un coche y correr la carretera de fiebre de la vida moderna, quitándose un segundo de tiempo para sonreír por un recuerdo romántico o dedicando nada más que tres minutos para pensar en la humildad, el amor y la belleza. Y a saludar a Dios si el buen humor se lo permitía. Y ponerle al cocktail unas gotas de transacción y la alegría de un 10% al cigarrillo. Mientras tanto, él vería crecer su fortuna como un nene robusto, con mejillas de crédito, ojos de prosperidad y abdomen de cuenta corriente…
—¡Míster Kilko, el gran Kilko, el rey de la maderas...! ¡Míster Kilko!
Quinta avenida, Nueva York, Estados Unidos de Norteamérica metiendo las manos en una bolsa de oro y echando también el oro por las ventanas del rascacielos, con cimiento de sindicato o de sociedad anónima.
Míster Kilko asegurado. Míster Kilko, la astilla viviente de la Bolivian Madera Society Corp. ¡Míster Kilko, un hombre de oro...! Pero una mano insistente le atraía para abrazarlo a la traición: la raza, la raza fuerte, imperdonable, asesina del ensueño. Ninguno de los suyos fue usufructurario ni jamás conoció el derroche, menos aún la locura. Eran indios que para recorrer un camino vacío ponían en él la humildad de una pisada esclava. Y tenían por reloj el sol en las jornadas sin fin de las penas largas. No hubo nunca en sus vidas el más leve intento de locura. Al contrario, pequeños de acción, no comerciaban porque horadaban la tierra para hacerla germinar con una lágrima en el tiempo de un silencio crecido. ¡Indios, pobres indios...! Quilco entraba sobresaltado, huraño, en el ritmo doliente de la realidad.
—¿Qué hará Quilco en la vida?
Amar... amar con todas las fuerzas. Vivir entregado a una pasión. Conquistar a una mujer, como fruta extraordinaria, y saborearla en el triunfo de la nueva independencia. Una mujer blanca, una castellana de gran mundo, una dama... No la Lurpila del campo, ni la Kantuta pastora, con los dedos pegados a la rueca, recortándose en el confín del yermo. No, Quilco quería una señora, una matrona. Ya no serían para él los roces de los Phullus tejidos con lana de ovejas, sino la caricia de la seda sensual... Mas, nuevamente, con tenacidad, volvía hundirse en la miseria de su resignación. Todos sus ensueños se deshacían. La sangre oculta en su carne bronceada lo llamaba a la cordura, al retorno paciente. Nunca un corazón aimará había latido por una mujer de otra raza. Nunca fue cálida la mente para abandonar su frontera de siglos. ¡Ay de aquel que deseara ver detrás del horizonte límite! Solamente la Lurpila y la Kantuta, la rueca y las ovejas para los hombres rudos de la raza fuerte. Mientras se va tejiendo un poncho, se va, a la par, tejiendo el destino, va sin poncho, desnudo a la intemperie del olvido.
—¿Qué hará Quilco en la vida?
—¡Bah, a lo mejor nada…! —los colegiales reían de la timidez del compañero.
Entonces él, crucificado a los suyos, hincó las rodillas en su tercera caída y su alma absorbió el polvo del suelo.
—¿Qué será Quilco en la vida?
Él respondió resuelto:
—¡Nada!
Y tomó el camino de regreso, entregándose a los brazos abiertos de su solar nativo. Surcó con pies recios el lomo del mar endurecido de la pampa, se peinó la cabellera con el viento y aplacó su sed en el arroyo tímido. Se santiguó con la cruz de los cuatro puntos cardinales y se santificó con el aire de las cordilleras. Se envolvió en la pampa y se puso frente al horizonte, camino de su hogar.
Entonces el asno le mostró su fatiga y la majada le contó los secretos de la pastora.
Y cuando Quilco se hubo reintegrado a sus campos, puso las manos en los hombros de su padre y le habló en aimara:
Tatay, me he regresado…