La creciente - Juan Carlos Dávalos



Juan Carlos Dávalos nació en Salta, Argenina,  en 1887. A los dieciséis años, junto con David Michel Torino, fundó el periódico "Sancho Panza". 
Fue profesor de Literatura y luego vice-Rector en el Colegio Nacional de Salta. Director del Archivo General de la Provincia y Director de la Biblioteca Provincial "Dr. Victorino de la Plaza". Falleció en Salta, en 1959. 
Su obra:
Poemas: De mi vida y de mi tierra, Cantos agrestes, Cantos de la montaña, Otoño, Salta, su alma y sus paisajes, Últimos Versos.
Narrativa: Salta, El viento Blanco, Airampo, Los buscadores de oro, Los Gauchos, Los casos del zorro, Relatos lugareños, Los valles de Cachi y Molinos, Estampas lugareñas, La Venus de los Barrial, Cuentos y relatos del norte argentino, El sarcófago verde y otros cuentos, La Cola Del Gato.
Tearo: Don Juan de Viniegra Corazones, Águila Renga, comedia política, La tierra en armas (en coautoría con Ramón Serrano).


La creciente



Don Ventura Perdigones era un gallego verdulero que había en Salta.
Desde Vaqueros, donde tenía su hortaliza, llevaba todas las mañanas al pueblo una arganada de verduras frescas para vender por las calles.
Vaqueros es un lugar que dista dos leguas de la ciudad, y está situado en la margen izquierda del río de ese nombre.
Y digo río, porque se llama así en mi tierra, mal que pese al estricto sentido del vocablo, lo que en invierno apenas parecen arroyos apacibles, y en verano se tornan con las lluvias, en formidables avalanchas de barro y piedras.
Una mañana venía el Vaqueros por demás crecido, como dice la gente de mi provincia. La noche anterior había caído una tormenta en los cerros, y, con tumultuoso estrépito, las turbias aguas arrastraban gruesos troncos y pesados pedrones.
A lo largo de la orilla, numeroso paisanaje a caballo esperaba que pasase lo recto de la crecida para atravesarlo. Perdigones, encaramado en su asno, estaba allí con las árganas repletas de repollos y lechugas. Quería pasar cuanto antes, sin atender a los consejos de algunos que le señalaban el peligro; y porfiadamente taloneaba a su bestia, y se paraba en los estribos a ver por dónde se lanzaría.
Y Perdigones que sí y el jumento que no, bruto y hombre pugnaban por hacer cada cual su gusto, con grande regocijo y mofa de los presentes.
—No dentre, don Ventura. Mire que la creciente lo va a trapiar— decía uno.
—De ande lo han de convencer, si este gallego es más porfiao que una clueca gritaba otro.
—Asojítese bien, no sea que pierda los yolis —vociferaba un tercero.
—¡Vaya, vaya, hombre! —contestaba Perdigones—. Paréceme a mi que no hay motivo pa' tanta alharaca. 
—Por lo que es éste, a mí no me gana —decía del asno y lo molía de firme.
Al fin triunfó Perdigones, si bien más le valiera no haber triunfado; porque zamparse el burro, desquiciarse de la montura los yolis, y hacerse una balumba de hombre y bestia, y reatas y verduras, todo fue uno. La rápida corriente los arrastraba.
Los gauchos armaron al punto sus lazos y se los arrojaron al infeliz de don Ventura, que a manotones y zambullidas y vuettas de carnero en medio del agua, ni pudo, ni atinó con los auxilios.
Y mal acaba el lance, si no logra prenderse, con todas las fuerzas que le restaban, a las raíces de un sauce ribereño.
Y ya en tierra firme, pasado el susto, un paisano le dice al gallego:
—Velay, pues, ño Ventura, aura que se ha salvao, dé gracias a Dios; porque esto ha sido un milagro.
Y el gallego malhumorado y tiritando le contestó:
—Hombre, dí tú gracias al sauce; que las intenciones de Dios fueron ahogarme.



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