El Dios - Hécor A. Murena




 Héctor A. Murena —Héctor Alberto Álvarez— nació en Buenos Aires,  Argentina, en 1923. 
Fue narrador, poeta, ensayista y traductor. Escribió unos 20 libros de todos los géneros literarios, colaboró en la revista Sur y en el suplemento cultural del diario La Nación. 
Falleció en Buenos Aires, en 1975.
Su obra: Primer testamento, Fragmentos de los anales secretos, La fatalidad de los cuerpos, Homo atómicus, Ensayos sobre subversión, El pecado original de América, El nombre secreto, Epitalámica, La cárcel de la mente, La metáfora y lo sagrado, El centro del infierno.
Póstumas: El secreto claro, Diálogos con D. J. Vogelman, Visiones de Babel.

El Dios

Me contaron una historia que puede no ser real; sin embargo, resulta verosímil. Su protagonista es un ingeniero apellidado Krauss, que cumple tareas de investigación en un laboratorio no se sabe si meteorológico o astronómico. Se vacila también en cuanto a situar los hechos en Córdoba o en la provincia de Buenos Aires. Pero se asegura que el hombre es obeso y enérgico: está casado con una mujer diez años menor que él, Ana. En apariencia se trata de un matrimonio bien avenid, hasta feliz; lo cierto es que Ana detesta a su marido, acaso porque es hermético y le teme, acaso porque se ha negado a darle hijos, acaso porque hay en él una veta de vulgaridad (quien me narra la historia recuerda que quien se la narró recordaba a Krauss camino a su casa, calzado en sandalias y es saco bajo el brazo, mostrando tiradores y una camisa manchada de sudor).

Un viejo amigo —¿de Krauss? ¿de Ana?—, a quien no ven desde hace años, los visita. Lo invitan a permanecer unos días. Ana no tarda en provocarlo. Lo hace ostensiblemente, a la hora de las comidas, en los paseos en común: una noche en que están los tres en el jardín Ana le toma al amigo una mano se la estrecha con vehemencia.
Es obvio que el hombre –sonriente, de mirada intensa aunque huidiza— no carece de experiencia en estas lides y lo previsible acontece. En las largas en que Krauss está ausente los abrazos se suceden: Ana se abandona, se descuida hasta lo temerario y esto no deja de envanecer a su amante, que ahora canturrea.

Krauss parece no ver, no oír, no percibir nada; cumple los mismos gestos con gentileza, formula los sólitos comentarios convencionales. Las pálidas relaciones íntimas del matrimonio han cesado, pero diríase que por acuerdo tácito. Ana contrae la costumbre de beber y en una ocasión en que ha abusado del vino deja el dormitorio común y marcha al cuarto del huésped, en el primer piso. Allí prosigue bebiendo y, extraviada, da un golpe contra el suelo, según declara “para que a Krauss (que duerme abajo) no le queden dudas”. Su amante la contempla con alarma inocultable: a la mañana siguiente Ana comprueba que el hombre ha huido.
Con terror, espera las represalias de Krauss. Éste, sin embargo, no se altera, halla incluso una explicación plausible para la fuga del hombre.
Durante dos meses, tres, una pacífica incomunicación reina entre los dos habitantes de la casa. Ana a veces siente vergüenza, vago agradecimiento hacia su marido. Una noche la relación conyugal se reanuda y la mujer imagina que puede olvidar su aventura como un mal sueño. Al cabo de un lapso debe comunicar a su marido que se halla embarazada. Krauss recibe la nueva sonrisa quizá fría, pero se diestra gentil, solícito. Transcurren meses de placidez.

La última escena se desarrolla de noche.

El matrimonio ha terminado de comer. Krauss enciende un cigarro, lo deja en el cenicero. Mi narrador quiere que en ese instante Ana esté pensando que es feliz. Krauss se levanta entonces y marcha hacia ella, la toma por un brazo. Ana (muy manifiestas señales del embarazo) está desconcertada. Krauss la conduce hasta la puerta, la abre, extiende el brazo señalando el vacío, susurra con palidísima boca:
—Fuera.
Vertiginosamente Ana entiende el fabuloso castigo mediante la creación concebido por alguien que mira el cielo con cólera, entiende todo, sale, se pierde en la sombra.




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